Una lección repetida, aquel 17 de octubre
Octubre de 2003 maduró en algo más de tres años. Desde marzo de 2000, los abusos de la clase política de entonces y una crónica crisis económica habían provocado reacciones populares cada vez mayores. Se desataron tres niveles de crisis: había una crisis de Gobierno porque los...
Octubre de 2003 maduró en algo más de tres años. Desde marzo de 2000, los abusos de la clase política de entonces y una crónica crisis económica habían provocado reacciones populares cada vez mayores. Se desataron tres niveles de crisis: había una crisis de Gobierno porque los gobernantes iban perdiendo el control del país. Había una crisis de sistema porque la “democracia pactada” ya no representaba ni por casualidad al pueblo, ningún líder político llegaba al 20 por ciento de popularidad. Y había una crisis de Estado porque las estructuras sociales, políticas y económicas del país estaban desarticuladas o ya no servían. Y pese a que durante ese trienio la violencia y el descontento crecían, la ceguera de aquellos políticos seguía campante. Ni siquiera valoraron que cuando Hugo Banzer, en abril de 2000, quiso repetir sus “hazañas” de la dictadura, sus propios subordinados le aconsejaron calmarse. El país había cambiado y el Estado no tenía la capacidad represiva como para frenar multitudinarios bloqueos de caminos y convulsiones sociales. Banzer perdió la “guerra del agua” y fue forzado a negociar nada menos que con sindicatos liderados por el ex guerrillero Felipe Quispe. Más de un testimonio recuerda su profunda frustración encerrado en las paredes de Palacio Quemado. Banzer también perdió las riendas de la economía y acabó su mandato precozmente debido a una enfermedad que evitó otro tipo de catastrófico final. Y eso no entendió la clase política. No entendía que ni aun repartiendo el poder entre toda la comparsa de partidos le alcanzaba para gobernar al país. Le pasó a Banzer y le pasó Gonzalo Sánchez de Lozada y sus megacoaliciones gubernamentales. La sinvergüenzura y la angurria dieron hasta que aquellos partidos ya sin ideología y sin moral (por mínimas que sean) perdieran hasta la brújula. Tres grandes fogatas iluminaban particularmente las noches de aquel octubre en La Paz: eran las llamas de las sedes políticas de Acción Democrática Nacionalista (ADN), el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR). Y, pese a ello, durante el siguiente año y medio, alguno que otro político del viejo cuño seguían pensándose presidenciables. Tuto Quiroga (ADN), por ejemplo, aparecía en lambisconas notas de televisión trotando por las calles, en triste parodia de lo que hizo Bill Clinton en EEUU. Hormando Vaca Diez (MIR) quiso dar un golpe parlamentario en 2005 y por poco no causa que arda la ciudad de Sucre. Si hay una lección que quienes quieren ser políticos deberían aprender, es que todo pueblo, por conformista que sea, constituye un león dormido. Y cuando ha despertado no conviene hacerse ni el vivo ni el malo. Es simplemente, hora de escapar o morir (también políticamente hablando). Desde enero de 2006 se conformó un nuevo orden en Bolivia. Ese reacomodo histórico coincidió además, para fortuna de sus responsables, con la mayor bonanza económica de la historia. A más de diez años de aquel proceso, y bajo los nuevos moldes, los elementos que precipitaron otras crisis de Estado, de Gobierno y de sistema, aparecen como tímidas sombras. Al margen del balance que se le pueda hacer al llamado “proceso de cambio” el gran desafío de los políticos de hoy será conjurar esas sombras. Pasó no sólo con el final del llamado periodo “neoliberal” en 2003, pasó ya antes con el final del periodo “nacionalista- estatal” y antes con el fin de la rosca minero feudal. En cada tiempo, corrupción desvergonzada, fracaso económico, desempleo, soberbia, pugnas intestinas antecedieron a la inestabilidad política, y ésta al despertar del león dormido. Si no hay reacción virtuosa, en unos años, quién sabe, todo será cuestión de tiempo. La recurrencia suele ser fatal y en Bolivia con cierta indeseable frecuencia.


