Cuestiones de Estado
Hay demasiados procesos desatados que le cuestan a esta sociedad muy caro. Son procesos que parecen incontenibles, inmanejables y, lo peor de todo, merecedores de un silencio alarmante por parte de las autoridades. Eso en el mejor de los casos, porque en otros o surgen evidencias de una...
Hay demasiados procesos desatados que le cuestan a esta sociedad muy caro. Son procesos que parecen incontenibles, inmanejables y, lo peor de todo, merecedores de un silencio alarmante por parte de las autoridades. Eso en el mejor de los casos, porque en otros o surgen evidencias de una ignorancia supina o una especie de tolerancia que raya en la complicidad.¿Hace cuánto no era hora ya de frenar, por ejemplo, la producción excedentaria cocales? Incontables declaraciones de todos los sectores, en su tiempo, coincidían en el factor pobreza. Advertían que los cultivadores de la coca habían apelado a esa producción como opción frente al hambre. Sin embargo, el país tuvo una década para brindarles a esos cultivadores, funcionales al narcotráfico, opciones de supervivencia distintas. Sin embargo, paradójicamente, en estos momentos, el Gobierno se halla avanzando disposiciones que ampliarán el área destinada a la producción de coca. En suma, éste es un Estado tan débil que, de partida, se rinde a una dinámica conectada a un delito que lacera a la humanidad.Se trata de un cultivo, además, que va causando graves daños mediambientales en zonas cuyo potencial agropecuario merecería mucha mayor atención. Pero, ése es apenas el principio de los males. Ahí en los trópicos bolivianos los ritmos de depredación no dejan de superar sus propias marcas año tras año. Desde los bosques de Pando hasta el Chaco la deforestación maderera raya en enfermedad. Según estudios satelitales citados por la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), en Bolivia cada hora se destruye el equivalente a 30 canchas de fútbol. En Tarija, cada día se pierde una extensión similar a 24 canchas del “rey de los deportes”. ¿Y el Estado? Bien gracias.La depredación luego se ensaña con las especies, diversos reportes han señalado en meses recientes virtuales fases de exterminio, por ejemplo, de los jaguares. Son víctimas de mafias organizadas que apuestan a proveer a los mercados asiáticos de colmillos y huesos del gran felino americano. Ello, tras el exterminio del tigre en ese continente precisamente debido al uso que se hace de sus órganos en la medicina tradicional y la joyería. El acelerado exterminio de este félido no sólo implica un aspecto paisajístico o simbólico. Se trata de un gran regulador de la vida silvestre y su muerte desatará catástrofes en los ecosistemas. ¿Y las autoridades? Casi nada. Reportaron que se ha registrado la muerte de 200 jaguares en los últimos dos años. Sus propios informes muestran que se trata de casos descubiertos en aeropuertos y aduana, mientras el tráfico se desata en los bosques.Sólo en el tema ecológico se podrían ocupar volúmenes y volúmenes de casos en los que se ve la debilidad aterradora del Estado boliviano. Pero hay mucho más. En el área de la seguridad, sea narcotráfico, sea trata y tráfico de personas, la impotencia es ostensible. Basta ver la desproporción entre responsables del control antidrogas en las fronteras y la vigencia desvergonzada de las mafias. Basta recordar que sólo en la población de la Rinconada, Perú, existen 2.500 menores bolivianas explotadas sexualmente. Caso reconocido por el Ministerio de Gobierno boliviano. Sin embargo, también ha reconocido su impotencia de poder organizar junto a su par peruano los necesarios operativos para la recuperación de víctimas de semejante delito. La fragilidad del Estado boliviano es perceptible también en la Educación o en la salud. Víctimas de clanes sindicales tanto o más nocivos que las organizaciones citadas anteriormente. Los resultados de lo que pasa en esos escenarios son igualmente catastróficos. ¡Y no hay autoridad que valga! ¡Una crisis atroz, crónica ha subsistido antes, durante y, al parecer, luego de la bonanza del gas!Mientras, la oposición, vía algunos de sus parlamentarios, y el Gobierno, vía su Ministra de Comunicación, andan en un feroz debate por un sombrero.


