La democracia pide justicia

“Hola, hola…, por favor, les ruego por favor…”, se escucha decir a Illanes en el documento fílmico de 2 minutos y un segundo de duración, en contacto telefónico con alguna persona no identificada.Aunque la calidad del audio del video es deficiente, es posible escuchar varias voces de...

“Hola, hola…, por favor, les ruego por favor…”, se escucha decir a Illanes en el documento fílmico de 2 minutos y un segundo de duración, en contacto telefónico con alguna persona no identificada.Aunque la calidad del audio del video es deficiente, es posible escuchar varias voces de sus captores que tienen un siniestro mensaje en común: son palabras despiadadas que desprecian la vida, son palabras llenas de odio, son palabras llenas de muerte.“¡Es de vida o muerte!”, vocifera de entre el tumulto un sujeto y da paso a un colega suyo que grita para que la víctima la escuche: “Ya me están matando. Dígalo”, mientras que un tercer captor amenaza: “Diez minutos, sino carneado”.Son palabras de terror que anteceden a otras como aquella que arenga al gentío y clama por más violencia: “Al compañero le han matado, ¿por qué yo no voy a morir por mi gente?”, lo que denota que en ese momento los cooperativistas ya conocían de la muerte de un tercer minero en los enfrentamientos con la Policía cerca de Panduro.De pronto, uno de los captores de Illanes amenaza: “Haber (traigan) un palo, yo le voy a hacer gritar (a la víctima)” y arranca risas macabras entre algunos presentes. No obstante, un cooperativista lo interrumpe y advierte: “Esperen, esperen un cachito”, mientras otro pide que “esperen pues” y un tercero remata: “Guarden sus ganas”. ¿Qué ganas, ganas para asesinar a su rehén?Pero la guadaña de la muerte ya merodeaba entre un tumulto de seres, en el que algunos agitaban la violencia y otros miraban impasibles la cruel tortura psicológica a la que sometían a un hombre, cuyo único pecado fue ir a su encuentro para intentar allanar un proceso de acercamiento y persuadirlos para que busquen soluciones al conflicto en una mesa de diálogo.En medio de esa escena dantesca, nuevamente se escucha la estremecida voz de la víctima: “Hola, hola…”, dice Illanes y de entre el grupo de sus captores alguien a gritos pide “silencio”. “Hola, hola”, vuelve a decir Illanes, pero uno de los secuestradores lanza un dardo dirigido a su víctima: “No tiene importancia ese pelotudo, no…”, y mientras el rehén clama desesperado: “Hola, hola…, apúrense, pero…”, otra voz, que resuena como sentencia de muerte, lo interrumpe: “Ya me quieren matar, dile…”.Es la última vez que el audio del video permite escuchar el grito de auxilio de quien luego sería flagelado hasta la muerte. Al examen forense, el cuerpo martirizado de Illanes desvelaría el horror que le habían deparado sus verdugos.Y las causas de su muerte confirmarían el sadismo con el que acabaron con su vida sus secuestradores: equimosis múltiples con derrame cerebral y varias costillas fracturadas producto de la brutal golpiza.Nadie es dueño de decidir quien vive o quien muere y el derecho a la vida es un derecho consagrado por la Constitución Política del Estado y por normas internacionales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la que Bolivia es signataria.En ese contexto, es imprescindible investigar, esclarecer y sancionar con el mayor rigor posible de la ley, a los autores materiales e intelectuales, encubridores y cómplices de la tortura y la muerte de Rodolfo Illanes, y de los cooperativistas Rubén Aparaya, Fermín Mamani y Severino Ichota, fallecidos en enfrentamientos con la Policía, y de Fredy Ambrosio, muerto tras quedar gravemente herido por la explosión de una dinamita.Es que la vida de cinco bolivianos víctimas de la violencia desenfrenada clama porque se haga justicia, es decir, hacer justicia caiga quien caiga, sin importar las consecuencias y sin privilegios ni miramientos para con nadie. Si se hace justicia, la democracia cumplirá su principal función: castigar a los culpables y proteger a los inocentes para reivindicar el respeto por la vida y la vigencia plena de los derechos humanos. Sólo así daremos algo de consuelo a cinco atribuladas familias bolivianas.


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