Memoria de una tragedia nacional

Sin duda, a Bolivia, a la dignidad Patria le causará un eterno dolor el asesinato de estudiantes, de obreros, de intelectuales, de campesinos... Aquel régimen fue tan criminal que en sus masacres y torturas llegó a incluir a varios de los propios camaradas golpistas. Bastara recordar lo que la...

Memoria de una tragedia nacional
Memoria de una tragedia nacional

Sin duda, a Bolivia, a la dignidad Patria le causará un eterno dolor el asesinato de estudiantes, de obreros, de intelectuales, de campesinos... Aquel régimen fue tan criminal que en sus masacres y torturas llegó a incluir a varios de los propios camaradas golpistas. Bastara recordar lo que la historia relata sobre la muerte del coronel Andrés Selich Schop a manos de un grupo de seguridad del Presidente. O tal vez bastará pensar en el asesinato, en París, del coronel Joaquín Zenteno Anaya. Ambos jefes militares habían respaldado el golpe, pero paulatinamente empezaron a cuestionar la conducta de Banzer y su entorno.        Banzer llegó al poder en el momento menos indicado. Los precios de las materias primas de exportación, especialmente del estaño y el petróleo, subieron aceleradamente entre 1971 y 1974. El barril de petróleo subió de 2,5 dólares a 14 dólares. Petróleo que Bolivia exportaba en desmedro del agotamiento de sus reservas. El precio de la libra fina de estaño subió de 1,5 dólares a 6 dólares. Y, para entonces, ese mineral era, de lejos, el principal sostén de la economía boliviana. El régimen banzerista gozó de ingresos más de tres veces superiores a los que habían recibido los dos gobiernos que lo antecedieron.  Pero fue una administración marcada por la incapacidad. Sirva citar que, pese a semejante alza de precios y a una gran demanda internacional, los volúmenes de exportación de los minerales descendieron. Y en ese escenario surgieron los otros grandes males que el banzerato dejó a Bolivia. Los años de altos ingresos básicamente fueron aprovechados para la corrupción descarada y una gestión enmascarada en obras de cemento. Se desató el derroche dispendioso de recursos a manos de empresarios privados asociados al régimen y decenas de nuevos ricos militares.Hubo un auge de importaciones suntuarias. Se llegó a registrar que uno de cada 10 automóviles que ingresaban al país era de lujo. El régimen no desarrolló ni la sombra de un aparato industrial ni productivo. Su fracaso llegó a tal extremo que una intentona de crear una industria algodonera en Santa Cruz derivó en la pérdida de cientos de millones de dólares prestados. Varios de los beneficiarios se convirtieron con el tiempo en connotados narcotraficantes.Y, claro, cuando cayeron los precios y además se agotaron las reservas de petróleo, la “brillante” administración económica acumuló una deuda externa inmanejable. El país pasó de deber 500 millones de dólares a 2.500 millones de dólares. Pese a semejante ingreso de dinero, los indicadores sociales se mantuvieron en niveles de vergüenza internacional. El analfabetismo superaba al 80 por ciento de la población. Una cuarta parte del país sobrevivía en la miseria, es decir, por debajo del nivel de la pobreza.Es decir que el régimen no sólo mataba por la vía de la represión armada, sino fundamentalmente de hambre y falta servicios elementales. Y eso no fue lo peor. Cuando Banzer, agobiado por las presiones, dejó el poder en 1978, el país se encaminaba a su segunda mayor debacle económica y social. A raíz de aquel desgobierno de siete años, se precipitó, paulatinamente la crisis. En 1983, cuando se recuperó la democracia, la economía boliviana se hallaba en estado de coma. Luego, llegarían la hiperinflación y, como “solución” oportuna el neoliberalismo que por poco no subastó y atomizó a Bolivia.Sobre el régimen de Banzer se podría escribir una antología de lo que significa que un Estado caiga en manos de delincuentes. Ahí se incluiría desde su directa relación con el narcotráfico hasta el tráfico de sangre de los conscriptos militares. Por ello, este 21 de agosto resulta tan doloroso en la memoria. Es muy doloroso en esa necia memoria boliviana que tantos delitos de Banzer ignoró voluntaria y torpemente. Desgraciadamente, no ha sido el único caso de este tipo en nuestra historia.


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