Una bomba de tiempo

En particular, en Bolivia la  delincuencia ha crecido y se ha incrementado con mayor ímpetu, lo que llama la atención  es que los jóvenes tienen un protagonismo especialmente marcado en el ámbito criminal que detenta poder y fuerza basados en su juventud y rebeldía, los que...

Una bomba de tiempo
Una bomba de tiempo

En particular, en Bolivia la  delincuencia ha crecido y se ha incrementado con mayor ímpetu, lo que llama la atención  es que los jóvenes tienen un protagonismo especialmente marcado en el ámbito criminal que detenta poder y fuerza basados en su juventud y rebeldía, los que asociados con armas, drogas y alcohol se convierten en enemigos potenciales de la sociedad.Un informe (julio 2016) del Ministerio de Gobierno ante la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados da cuenta que la población boliviana ha identificado a la presencia de las pandillas como el segundo factor de mayor inseguridad en el país, después de los asaltos y atracos. De acuerdo con la exposición, en Bolivia hay 269 de estos grupos y albergan a 7.731 miembros.El ministro Carlos Romero, explicó que las pandillas se concentran en Santa Cruz (69), La Paz (48), Cochabamba (44) y Chuquisaca (40). Le siguen, Tarija (21), Potosí (20), Oruro (13), Beni (8) y Pando (6).¿Qué ha provocado esto socialmente? La presencia irregular de la delincuencia juvenil  no pasa desapercibida para la población que la relaciona con la violencia y actividades delictivas, hechos que ocurren en las diferentes zonas de las ciudades. Estos grupos despiertan miedo y  desconcierto entre los ciudadanos que tienden a identificar el problema con la existencia de las pandillas en sus barrios.Pocos fenómenos traen consigo una alteración más aguda de la convivencia que el delincuencial. Frente al delito, especialmente cuando es cometido por menores de edad, la sociedad se siente en ocasiones inerme, impotente e indefensa. Existen múltiples determinantes de la delincuencia juvenil (ver Levitt y Lochner 2000). Por ejemplo, factores biológicos como el ser varón es un fiel indicador de una mayor propensión a cometer delitos. El contexto familiar también ejerce una influencia relevante ya que una errática disciplina parental, la falta de adecuada supervisión y el rechazo maternal están fuertemente vinculados con la participación futura en actividades delictivas.También los científicos afirman que la tendencia de los adolescentes hacia comportamientos destructivos y hacia la infracción de las normas está relacionada con un desarrollo insuficiente de los controles cognitivos. Imágenes de resonancia magnética del desarrollo cerebral mostraron a los científicos que la maduración de los lóbulos frontales -la parte del cerebro esencial para los procesos de decisión, control de emociones y juicio moral- no se completa al menos hasta los 18 años e incluso más allá de esta edad. De acuerdo al especialista internacional, José Javier Huete, a la hora de analizar las causas de los delitos cometidos por menores de edad debe destacarse la pérdida de influencia de las instancias informales de la sociedad, con la correlativa demanda de intervención estatal, olvidando que el modelo punitivo en general no resuelve el problema.Psicólogos y educadores subrayan los efectos criminógenos de la falta de atención que en muchos casos reciben nuestros hijos y de una sociedad permisiva que los educa en sus derechos, pero no en sus deberes, donde ha calado de forma equívoca el lema “no poner límites” y “dejar hacer”, abortando una correcta maduración, así como el hecho de que hay padres que menoscaban la autoridad de los maestros. Esta situación se percibe por los hijos como una toma de posición que refuerza su previo rechazo a la autoridad.Pero además del entorno familiar la educación y, dentro de ella, la autoridad de los profesores, debe ser reforzada. También es fundamental medidas preventivas concentradas en políticas sociales tendentes a poner fin a los focos de marginalidad. Los servicios de salud mental deben también ser fortalecidos. En ocasiones, lo prioritario es prestar atención a las necesidades psicológicas del infractor, sujetándolo a programas que aborden sus disfunciones. En Tarija y en toda Bolivia, las autoridades encargadas de impulsar medidas preventivas para contrarrestar la delincuencia, se han quedado cortas. Más aun cuando se trata  el delito, como un comportamiento aislado de las causas sociales, psicológicas, económicas e incluso biológicas.Si continuamos tomándolo de esta manera, la delincuencia nunca podrá ser completamente erradicada y continuará siendo una “bomba de tiempo”.


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