Democratizar el proceso de cambio

el desarrollo de las fuerzas productivas  acompañadas por una burguesía sin una visión clara del rol histórico que le tocaba llevar adelante, una clase media creciente, un proletariado desmovilizado bajo el signo de la crisis ideológica que siguió a la caída del Muro de Berlín,...

el desarrollo de las fuerzas productivas  acompañadas por una burguesía sin una visión clara del rol histórico que le tocaba llevar adelante, una clase media creciente, un proletariado desmovilizado bajo el signo de la crisis ideológica que siguió a la caída del Muro de Berlín,  y la sistemática insurgencia indígena.Los movimientos indígenas en Bolivia acumularon, desde los tiempos coloniales, un poder específico que los posicionaba como actores de primer orden en la resolución de la crisis estatal que, a partir del 2000, se gestaba de forma irreversible en el país. Quiero decir, en consecuencia, que la asunción de Evo Morales como líder del IPSP-MAS debe interpretarse como la resolución de un conflicto en el corazón mismo de la estructura histórica del país. Se añade a esto la característica de que la democracia era la condición sine qua non de su desarrollo como fuerza política con efecto estatal; en este sentido, ella se constituía en el principio activo de la compleja nomenclatura del Estado Plurinacional en proceso de construcción.Así como la condición de su emergencia efectiva radicaba en el horizonte democrático, se esperaba que su evolución y desarrollo se hicieran efectivos dentro de esos marcos. De hecho, la naturaleza pluricultural y diversa de la nación supone una base democrática que permita a todos el ejercicio de sus propios y peculiares derechos. En el desarrollo de los acontecimientos, sin embargo, la democracia fue puesta  en duda bajo la lógica masista y el desprecio que mostró por ella dio paso, por la vía de las concepciones etnocéntricas (particularmente la aymara), a una noción particular que se mostraba más como una vendetta que como un acto de reivindicación histórica.Sus connotaciones instalaban en el imaginario social la figura de un proceso de segregación que invertía el orden de los factores. La inclusión, como un concepto que diseña un horizonte homogéneo en igualdad de derechos, se resumió a invertir el orden de las dominaciones: de la dominación mestizo-blancoide (como gusta mencionar el Vicepresidente) a la dominación indígena originaria. Como las cosas no son tan simples y los avatares de las clases sociales, imbricadas en las intrincadas tramas de las razas y las etnias, no suelen ser tan mecánicas, la implementación del Estado Plurinacional que, a claras luces era una necesidad histórica de la nación, se deslizó a un conjunto de visiones para las que la democracia, en cualquiera de sus formas, se transformaba en una camisa de fuerza, cuyo peso se hacía día a día menos soportable. Colisionaban proyectos de orden cultural que tenían en el trasfondo una modernidad mal digerida, una economía que beneficiaba por primera vez a potenciales burgueses, más allá de sus características étnicas y un esplendoroso apogeo económico a su favor.  La ecuación plurinacional perdió por esta vía toda percepción democrática y se deslizó a formas despóticas que terminaron por fetichizar el proceso de cambio y transformarlo en un régimen con claros visos antidemocráticos.Sin duda, transformar este país en una unidad histórica inclusiva que vitalizará su pluralidad es una asignatura pendiente desde la fundación misma de la república; sin embargo, por la propia naturaleza plural del proceso, esta tarea debe presentarse como un producto de la participación democrática de todos los segmentos sociales del país, más allá de su filiación étnica, de clase o ideológica. La mejor manera de construir un país plurinacional, en consecuencia, es democratizando el proceso de cambio sobre un horizonte de igualdad ciudadana.*es sociólogo.


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