Para jugar a las patadas

Hace bastantes décadas el nivel del fútbol nuestro era equiparable al de países como Ecuador o Colombia, eran tiempos que nadie hablaba del fútbol de México o Venezuela. Hoy en día el nivel del mexicano está mucho más arriba que el nuestro y ahora vemos cómo despega el...

Hace bastantes décadas el nivel del fútbol nuestro era equiparable al de países como Ecuador o Colombia, eran tiempos que nadie hablaba del fútbol de México o Venezuela. Hoy en día el nivel del mexicano está mucho más arriba que el nuestro y ahora vemos cómo despega el venezolano.                 No faltarán quienes arguyan de las diferencias económicas con tales países, lo que no dejaría de ser cierto, aunque las razones del estancamiento de nuestro fútbol son algo más domésticas y se refieren sobre todo a los conceptos que manejan los dirigentes y, claro, la ausencia de un incentivo estatal mínimo.             En verdad, siempre sentí en la dirigencia de nuestro fútbol –salvo destacadas excepciones– una búsqueda de intereses ajenos al desarrollo de sus clubes, optando más bien por el encuentro con éxitos fáciles e inmediatos, lo que deriva en la “importación” de futbolistas extranjeros.                      Tal postura tiene un agravante, la realidad económica de los clubes no permite la búsqueda de futbolistas ni siquiera de nivel medio, ergo, quienes son traídos de afuera aportan con muy poco al crecimiento cualitativo de nuestro fútbol aunque, por supuesto, existen algunos casos que sí lo hicieron.                              Cuando me pregunto por qué nuestra dirigencia no repara que en el mundo no existe un club de fútbol de importancia media que no se sostenga sobre la base de un semillero bien consolidado, la respuesta viene sola, nuestros dirigentes sólo apuntan al éxito inmediato que certifique su capacidad como directivo.                                                                                       Ergo, no tenemos un club que busque el desarrollo de un semillero cuyos frutos redunden en equipos de niveles competitivos además de, claro está, crear la posibilidad de otros ingresos con la cesión a otras instituciones, de jóvenes salidos de sus divisiones inferiores.                   Otra ausencia, claro, es la de un apoyo del Estado que, más allá de atraer a algún presidente cuando el azar nos permite un éxito futbolero, siempre destacó por su indiferencia al desarrollo humano de los bolivianos. Algo que don Evo quiso suplir con la construcción de centenares de canchitas.Mas, resulta que tales canchas –no bien inauguradas– son cercadas por los dirigentes vecinales, para así cobrar por su uso en beneficio personal. De ese modo, los niños del lugar –que no cuentan con algún dinero– jamás podrán utilizarlas así tengan condiciones inmensas para hacerlo.


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