A 200 años de independencia

A veces caemos en la tentación de pensar que si las cosas hubieran sido distintas otro hubiese sido el destino histórico. O, como en este caso, si hubiésemos estado más atentos y habríamos asumido algunas ideas que circulaban hace 200 años en nuestros entornos, probablemente no habríamos...

A veces caemos en la tentación de pensar que si las cosas hubieran sido distintas otro hubiese sido el destino histórico. O, como en este caso, si hubiésemos estado más atentos y habríamos asumido algunas ideas que circulaban hace 200 años en nuestros entornos, probablemente no habríamos transcurrido por el penoso derrotero de la exclusión socio cultural, o al menos habríamos transitado de otra manera. El punto es que no es que no existían preocupaciones e ideas alternativas sobre el tema indígena en la época de la independencia, sino que simplemente fueron desestimadas. Entre las curiosidades históricas encontradas por un acreditado colega argentino que hace unos meses visitó Bolivia están las relacionadas con el Acta de Independencia de ese país que revelan varios elementos interesantes para el análisis actual. En primer lugar, que hace  200 años, la suscripción del acta no sólo contó entre sus asistentes con representantes del entonces Alto Perú, es decir,  diputados provenientes de Charcas, Chichas, La Plata, Mizque y Cochabamba, sino que, además, el acta fue inmediatamente traducida al quechua y al aymara. La suscripción del Acta de Independencia argentina se produjo el 9 de julio de 1816, y en los días posteriores a su firma, “el Congreso solicitó al Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, la impresión de 1.500 actas en castellano, 1.000 en quechua-castellano y 500 en aymara-castellano”, probablemente con fines de difusión entre los sectores mayoritarios de la época, ya que en ese momento sólo una élite reducida hablaba castellano. No obstante, este hecho muestra que los sectores indígenas mayoritarios eran considerados interlocutores válidos.La información histórica muestra que entre las corrientes de quienes comandaban la revuelta desde Buenos Aires, en 1810,  había  una de tendencia indigenista, y uno de sus protagonistas era J. Castelli, un radical republicano que estuvo varias veces en nuestro territorio.Castelli, entre otras cosas, pronunció un célebre discurso en Tiwanacu, el 25 de mayo de  1811, en el que ofrecía ciudadanía a los indígenas y, además, reconocía los derechos naturales de los indios sobre América. Éste fue traducido al quechua y aymara.En 1813, cuando se establece el escudo y las primeras monedas de la nueva nación argentina -entonces llamada Junta de las Provincias Unidas del Río de la Plata- se acordó colocar como fondo el símbolo solar de los Incas. Por otra parte, en la primera versión de la marcha patriótica (luego Himno Nacional argentino) se mencionaba a los Incas como padres ancestrales de la nueva nación. Estos actos simbólicos daban cuenta de la importancia de estos elementos en el imaginario de quienes formaban parte de  esta corriente  de independentistas argentinos denominada también ‘indigenismo porteño’.Ahora bien, como advierte Gustavo Rodríguez, es preciso preguntarse por qué estas corrientes indigenistas se instalaron en Buenos Aires y no en el territorio que hoy es  Bolivia. Probablemente como él mismo reflexiona, se debe a que en el Alto Perú asumió el protagonismo de la independencia y la posterior fundación de la República una nueva élite criolla letrada señorial y republicana, que despreciaba a los indígenas y asentó su poder  económico en la explotación de estos sectores sociales. Así, el indigenismo revolucionario de Castelli, que hace 200 años proclamó la educación del indio, la repartición de tierras y la otorgación de ciudadanía igualitaria hizo aguas ante la presencia de una oligarquía asentada en Charcas  que alejó las iniciativas rioplatenses y fundó nuestro país con una visión ajena a la dinámica de la propia realidad.*es socióloga y analista


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