Desengaños mayores

Hace varios meses, yo, que invariablemente me callo cuando toca hablar de fútbol, provoqué, al opinar lo patético que podía resultar ser hincha de clubes bolivianos, a raíz de una catastrófica  e inesperada goleada, que un amigo me replicara como rayo que quienes adhieren a partidos o...

Hace varios meses, yo, que invariablemente me callo cuando toca hablar de fútbol, provoqué, al opinar lo patético que podía resultar ser hincha de clubes bolivianos, a raíz de una catastrófica  e inesperada goleada, que un amigo me replicara como rayo que quienes adhieren a partidos o causas políticas superan de lejos a cualquiera en el campo de las decepciones, dada la conocida y repetitiva amargura y desencanto a que conducen esas pasiones, esto con la desventaja agregaba  de que los fans políticos no conocen la alegría “fresca, vibrante e inocente” de triunfar en un partido, para no hablar de un campeonato. Coincidí totalmente y agregué que las penas futbolísticas suelen afectar sólo el ánimo, mientras las políticas arrastran consecuencias, además, sobre nuestra seguridad, libertad y bolsillos (mientras pensaba que estadísticamente hablando las víctimas de unas y otras suelen ser las mismas). La lectura de noticias sobre el insondable desfonde del Fondo, el implacable pago del doble aguinaldo a la alta burocracia estatal, el teatral juicio del Ejecutivo contra el TSE, para no mencionar las internacionales o las del petróleo, hicieron que recordara aquella conversación y que agregase a mis conclusiones que las penas que padecemos por deportes y política son tan constantes y universales que pueden considerarse patrimonio de nuestra especie.Esta certeza se me clavó como una daga en el cerebro al ponerme al día sobre el fogoso impulso que mantiene a Donald Trump a la cabeza de las encuestas republicanas para seguro beneplácito de la señora Clinton, la más republicana de los candidatos demócratas -digo yo- quien, aparentemente, podrá liquidar muy rápidamente las ilusiones de renovación que trae la candidatura de Bob Sanders. Todo esto mientras que avanza a trompicones, y en medio de chantajes y amenazas, la tortuosa negociación parlamentaria que le permitirá al Ejecutivo estadounidense lograr que el Congreso le apruebe, haciendo papilla cualquier idea de institucionalidad y coordinación de poderes, su último presupuesto anual, desflecado y deformado, como viene ocurriendo casi desde el primer día que un presidente negro ocupó la Casa Blanca.Lo anterior refrescaba las imágenes de lo que fue la meteórica emergencia y victoria electoral de Obama y cómo electrizó la opinión pública no sólo en su país, sino del mundo. La potencia y el encanto de su mensaje, que expresaba el hartazgo universal con la lóbrega exaltación guerrera o las políticas pro magnates y antipobres de su predecesor. Así encendió esperanzas, dentro y fuera de las fronteras imperiales, expresadas en inéditas manifestaciones de buena voluntad, incluidas las del mismo Fidel Castro. La expectativa se mantuvo todavía algunos meses, aún cuando algunas decisivas e iniciales señales indicaban lo que se venía, como la selección de “Larry” Summers a la cabeza del equipo que debería resolver la crisis de 2008, pasando por alto que ese director de Harvard era un reconocido villano, protagonista y promotor del desastre financiero que “evaporó” casi el equivalente del producto bruto mundial de un año. El nombramiento resultó apenas el prólogo del abandono de promesas, incluyendo las de respeto a libertades de sus ciudadanos, como lo demostrara Edward Snowden. La inmensa batalla que libró el gobierno de Obama por la reforma de la salud, entibió en lo interno la desilusión, pero la evolución de las guerras en Afganistán, Oriente Medio y conflictos que incluyen nuestro subcontinente confirmaron la inalterabilidad del predominio de los intereses que controlan aquel país, pese a las novedades que trajeron estos últimos años de Gobierno.Ahora se proyecta una campaña para 2016, en la que aparentemente se confrontarán la brutalidad y la grosería de un Trump contra la simpatía de una mujer ingeniosa e incansable, cuya historia ilustra la asimilación de figuras nuevas y combativas, como fueron ella y su marido, a la fullera aristocracia política que conduce ese país.Las fiestas y espectáculos ayudan a anestesiarnos ante las decepciones de todo tipo y las de fin de año son especiales para ello, por eso compartiendo con ustedes mis buenos deseos de temporada. Extenderé un paréntesis de silencio y olvido hasta el próximo 26 de enero.*es investigador y director del Instituto Alternativo.


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