¿Los tiempos pasados mejores que el presente?
querer revivir ciertos juegos que antes nos eran una costumbre, producto típico del subdesarrollo que nos encontrábamos, puesto que crecimos bajo el influjo de determinados patrones de existencia y tecnología provista por naciones que iniciaban su desarrollo como la Argentina. Cómo no sentir...
querer revivir ciertos juegos que antes nos eran una costumbre, producto típico del subdesarrollo que nos encontrábamos, puesto que crecimos bajo el influjo de determinados patrones de existencia y tecnología provista por naciones que iniciaban su desarrollo como la Argentina.
Cómo no sentir el placer de comer sus buenas carnes tratadas como la mortadela, quesos, sardinas “nereida”, una vez engullida con pan de un bocado, adiós, a botar la “lata” y el único trabajo era ir a buscarla a los basurales que se encontraban a poca distancia de nuestra casa. De paso, encontrábamos alambre, que se lo conoce hoy como de “amarre”; antes simplemente alambre. Luego la búsqueda de cinco carretas, insumo que servía para envolver el hilo que se vendía en las tiendas a costureros o madres de familia. Con esas simples cosas hacíamos nuestros propios juguetes, realizando tres perforaciones, introduciendo el alambre de cierto tamaño a las carretas y halar con un hilo, asunto arreglado, y a jugar con el camioncito se dijo. Así era nuestra niñez inventábamos todo tipo de juguetes a nuestra medida e imaginación y funcionaba con total éxito.
A la escuela, dijo mi madre. La inscripción era gratuita, toda la educación era estatal, quienes nos inscribían eran los “regentes de cada escuela” y muchos nos cambiaban los apellidos. En vez de escribir una letra “s” le metían una “z”, y adiós el apellido verdadero, o bien cambiaban el nombre en vez de escribir Pedro escribían Pegro, pero se entendía. Como se iniciaban las clases en verano, nuestra ropa era pantalón corto, al principio un par de botines “Manaco” que debían durar todo el año. Todo el día a correr y usarlos hasta que despedía un olor nada agradable. Cuando el curso se contaminaba y la profesora lo sentía, venía el remedio: “Desde mañana todos del curso con ojotas y a lavarse las patas todos los días”. Lo difícil era amansarlas, puesto que la famosa quiña hasta que no sacaba ampolla no estaba tranquila. El problema aparecía cuando se cortaba ese nudo, al menos cuando se vivía lejos (siete cuadras de la plaza). La solución: meterla en el antebrazo y seguir el juego pata pila hasta nuestra casa. Otra solución simple.
Teníamos un mandil de color blanco, confeccionado con mucho cariño por nuestra madre para protegernos de la suciedad, y usarse en la espalda como mochila. La tela era del envase de las bolsas de azúcar marca "Cartabio” en un inicio, para luego usar también las del “ingenio La Bélgica” que, de tanto lavarlas, perdían el sello y de no darles uso como los mencionados iban a parar de sabanas de cama. Nueva solución simple, como podemos notar, no se votaba casi nada.
El libro que iniciaba nuestra enseñanza que nos exigían adquirir de la librería “Nuevos Tiempos” era Alborada. Ahí aprendíamos a leer y escribir, bajo la tutela de profesores sacrificados como la señorita Elba López (¡cómo olvidarla!). Pasábamos clases todo el día y todos los días, incluido el sábado en la mañana. Cuando llegaban las vacaciones de invierno nos hacía ir a clases a su casa (cuatro horas), en la mañana, todos los días hasta la finalización. ¡Cómo no aprender las buenas enseñanzas de ejemplares profesores y maestros del comportamiento, el respeto y ante todo la honradez!
Después entender las tablas de multiplicar, que todos los cuadernos traían en la contratapa, teníamos que aprender de memoria y a practicar las operaciones fundamentales y cada vez le aumentaban más números. Al inicio la cosa se complicaba, pero luego era fácil, siempre y cuando, se tenga el dominio de hacer esos mentalmente. Para esto había que levantarse en verano a las 06.00, en invierno a las 07.00 y estudiar bajo la atenta mirada de mamá. El problema era la hora, no había muchos relojes y resultaba difícil encontrar alguien que lo tuviese. Pero todos llegábamos en horario. Caso contrario, una ejemplar llamada de atención. Las clases se iniciaban y terminaban con el toque de una campana.
El recreo significaba comprar dulces producidos por nuestros artesanos, como las pepitas y tablillas de leche, ancucos y frutas de todo tipo, un peso era por demás y, gracias a la ayuda de EEUU, se nos mejoraba nuestra alimentación con el desayuno escolar. Teníamos que llevar atado a nuestro cinto un vaso metálico “bien cavedor”.
Cuando pienso en este ciclo de mi vida nunca termino, y la pregunta es que todo cambió y seguirá ese proceso a través del tiempo, ¿será para mejor?


