Promesas y obligaciones

Sean canciones, no importa si baladas, valses, rock de cualquier índole, folk, pop u ópera¸ novelas, dramas, culebrones, “noticias del corazón”, programas especializados o no, por todos esos medios, y muchos otros, se nos recuerda  que es de tontos y de ilusos, creer, aceptar y, mucho...

Sean canciones, no importa si baladas, valses, rock de cualquier índole, folk, pop u ópera¸ novelas, dramas, culebrones, “noticias del corazón”, programas especializados o no, por todos esos medios, y muchos otros, se nos recuerda  que es de tontos y de ilusos, creer, aceptar y, mucho peor, reclamar el cumplimiento de una promesa.De allí que resulte al menos curioso –y simplemente desconcertante para los dirigentes políticos chilenos de cualquier laya- que nuestro país haya escogido la vía de litigar en un tribunal internacional para exigir el cumplimiento de promesas. No es tan fácil figurarse la proporción de compatriotas que entiende exactamente la naturaleza de nuestra demanda en La Haya, pero si nos dejamos guiar por lo vistoso de nuestras celebraciones, ante su decisión de no aceptar la objeción preliminar de Chile, puede ser una notable minoría. Lo interesante es que, según todas las señales disponibles, las principales autoridades no serían parte de esa fracción porque nada parece tan ajeno y distante a su conciencia que para realmente conocer el triunfo es necesario transitar un camino que impone auténticos cambios en la manera de actuar de nuestros gobernantes y, al final de cuentas, en las del conjunto de nuestros dirigentes políticos, incluyendo a los opositores y a todos los que hacen de tales, no importa si formal o informalmente.En efecto, cuando una apabullante mayoría de los jueces de La Corte Internacional de Justicia se pronuncia por desechar el recurso interpuesto por la parte chilena, porque considera válido y legal nuestro argumento esencial de que está pendiente una negociación de buena fe para tratar la cuestión de una salida soberana nuestra al Pacífico, estamos obligados a revisar cómo actuamos cuando nos toca cumplir las promesas.Nuestro reclamo se basa en compromisos expresados reiteradamente por autoridades chilenas, munidas del poder necesario y suficiente para formularlos.  Tales promesas, conocidas en lenguaje diplomático y de derecho internacional como “actos estatales unilaterales”, se consideran de cumplimiento obligatorio. El largo trecho que todavía nos separa del pronunciamiento final de la Corte y, más todavía, de iniciar una negociación de genuina buena fe, no resta mérito alguno a la fuerza de nuestros argumentos y la solidez de las pruebas a nuestro alcance para respaldar nuestro derecho a reclamar el respeto de las promesas chilenas.Pero, lo que puede debilitar hasta disolver toda la eficacia de nuestra posición es que se continúen apilando los hechos y actos que demuestran que alguien que clama a todos los vientos por el cumplimiento de promesas, no deje de atropellarlas e ignorarlas en casa. El proceso de La Haya se resolverá en última instancia por la acumulación y adecuada presentación de elementos jurídicos, pero el fondo mismo del problema, es decir, una negociación genuinamente franca y abierta entre países, que haga cambiar la negativa unánime, hermética y aplastante que exhibe hoy la dirigencia política chilena, necesita de una fortaleza y superior moral y credibilidad de nuestra parte.Para colocar de lado nuestro, todas las fuerzas, internas y externas, que hagan caer los argumentos con que la dirigencia chilena agita, atemoriza y cohesiona a su pueblo, tras el fantasma de la pérdida de integridad territorial y soberanía, tenemos que estar convencidos y convencer al mundo, de que hacemos lo que decimos y decimos lo que pensamos, no sólo en las salas y pasillos de la Corte. La gran batalla de opinión y comunicación para abrir y llevar a buen término una negociación que tenga un resultado diferente al que hemos conseguido después de perder la guerra en el siglo XIX, necesita respaldarse con prácticas y hábitos completamente alejados de los que caracterizan nuestro desempeño político.En ese punto preciso, veremos llover las objeciones y evidencias para demostrar que quien reclama por el obligatorio cumplimiento de la palabra empeñada, no duda en omitirlo cuando simplemente le conviene. Es bueno que lo recordemos y estemos preparados para afrontarlo.*es investigador y director del Instituto Alternativo.


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