Lejos de este mundo

La oferta era irresistible: al morir, si te has portado bien, viajarás a un lugar del que no escaparás en toda la eternidad pero al que no le encontrarás ni una sola pega. El conflicto estalló luego, en la adolescencia, cuando el hallazgo de la masturbación se acompañó de un sentimiento de...

La oferta era irresistible: al morir, si te has portado bien, viajarás a un lugar del que no escaparás en toda la eternidad pero al que no le encontrarás ni una sola pega. El conflicto estalló luego, en la adolescencia, cuando el hallazgo de la masturbación se acompañó de un sentimiento de culpa desproporcionado. Parecía absurdo que algo que no podía ser más inofensivo se considerara pecado mortal.La furiosa condena del placer sexual por la Iglesia ha aspirado a realzar la vida eterna con la táctica de hundir la euforia de las emociones terrenales, a veces tan sencillas de alcanzar. Pero en su loco afán de entrometerse en la intimidad de la gente, a la Iglesia se le ha ido la mano.La censura de la homosexualidad, el divorcio, los métodos anticonceptivos o el sexo fuera del matrimonio —e incluso dentro si no era para procrear—, ha desencadenado la estampida de multitud de fieles; y la imposición del celibato y el rechazo de la mujer en el sacerdocio han disuadido demasiadas vocaciones. El papa Francisco ha amagado con algún giro muy suave en la estrategia, con la transparente intención de evitar que la Iglesia derive hacia la marginalidad y se consolide como un refugio de fanáticos. Pero enseguida se ha visto que, si insiste, se meterá en más de un lío y chocará con algunos colegas atrincherados muy lejos de este mundo.


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