La Isla de la Libélula: La fortaleza imparable
Entonces recordó las tardes que pasó bajo el frondoso árbol de arce, visualizó aquella hamaca que había mecido a su abuela cuando aún vivía, recordó aquel perro al que le prometió no olvidarlo nunca mientras una tarde corría con él entre los pastos dorados. Sintió abrazarlo pero una...
Entonces recordó las tardes que pasó bajo el frondoso árbol de arce, visualizó aquella hamaca que había mecido a su abuela cuando aún vivía, recordó aquel perro al que le prometió no olvidarlo nunca mientras una tarde corría con él entre los pastos dorados. Sintió abrazarlo pero una lágrima cayó de inmediato cuando la imagen en agonía de su querido animal vino a su mente.Apresuradamente cambió de pensamiento y recordó las veces que había sentido esa inexplicable paz infinita dentro de su alma. Generalmente le había sucedido cuando alcanzaba la perfección que quería en todos los ámbitos de su vida. Pero hoy era diferente, algo no le había salido como ella quería y ahí estaba tratando de olvidar todo lo que le atormentaba.Pasó una hora de silencio entre buenos recuerdos y de pronto… Francisca se levantó enérgicamente del suelo, tomó su bolso de tela de entre las amarillas hojas, acomodó su cabello, sacó un pinta labios de su bolsillo, se pintó con fuerza los labios de tono coral y decidió retomar de nuevo todo lo que le había salido mal. Recordó así de dónde venía, hacia dónde iba y una vez más resolvió luchar por sentir esa inexplicable paz que tanto la hace feliz. Sin desanimarse Francisca tomó el camino de asfalto y más fuerte que nunca se empeñó en lograr sus objetivos.


