La Isla de la Libélula: Chau amnesia
Olvidé así las horas y los rumbos. En el trayecto ví a niños correr, a enamorados caminar de la mano y a ancianos reír, pero también ví a perros morir de hambre, a niños pedir limosna y a gente tan sumergida en sus labores diarias que no apreciaba lo que sucedía a su alrededor.Los autos...
Olvidé así las horas y los rumbos. En el trayecto ví a niños correr, a enamorados caminar de la mano y a ancianos reír, pero también ví a perros morir de hambre, a niños pedir limosna y a gente tan sumergida en sus labores diarias que no apreciaba lo que sucedía a su alrededor.Los autos pasaban como rayos. Rojos, blancos, azules, negros, verdes, cada uno conducido por una persona anegada en su mundo. Me detuve a imaginar qué pasará por la mente de cada una de ellas; así supuse gente yendo al trabajo, corriendo al hospital por alguna dolencia o simplemente cumpliendo quehaceres diarios de la vida. Todos ellos reflejaban en su rostro esa felicidad y esa certeza de repetir las mismas acciones cada día. Ir al trabajo, firmar papeles, exprimir naranjas, despachar cheques, acostarse a las once, despertar a las seis. Todos hacen lo mismo en un día cualquiera, sin darse cuenta, de vez en cuando, que hoy y cada día estamos fabricando las acciones que descongelarán algún futuro. Cada vez que nos den clases de amnesia como si nunca hubieran existido tomemos una bicicleta y recordemos que más allá de la rutina el mundo sufre, el mundo corre y el mundo se alegra por algún motivo y en alguna parte.


