Jacinto y su paz

aspiró el aire de la mañana, vio como las blancas y grisáceas palomas se llenaban en torno a sus pies. Por un momento olvidó sus años, sus problemas y ese dolor inmenso que hace algunos días siente en el pecho, y que no quiere contar a nadie. Vio correr niños, recordó su infancia, sonrió...

aspiró el aire de la mañana, vio como las blancas y grisáceas palomas se llenaban en torno a sus pies. Por un momento olvidó sus años, sus problemas y ese dolor inmenso que hace algunos días siente en el pecho, y que no quiere contar a nadie. Vio correr niños, recordó su infancia, sonrió rememorando el día en el que hizo correr tanto a su madre que casi se desmaya. Se compró el helado de chocolate bombón que siempre le agradaba a sus hijos y a paso lento volvió a la banca.Ya sentado sacó un pequeño espejo de mano y un pequeño peine verde que siempre lleva en el bolsillo, se acomodó el escaso cabello y se detuvo en su ajado rostro; sin embargo vio que para cada arruga había una razón y no se arrepentía de ninguna. Ahora el tiempo se refleja también en su garganta, pero jamás dejará de cantarle a la vida. Es cierto... Jacinto está lleno de historias, de momentos y de un caminar lento que disfruta con el sol calentándole la espalda. Ya son las diez de la mañana la plaza se llena de bullicio, políticos, insultos y promesas. Jacinto guarda su espejo, acomoda su peine en su pequeño bolsillo y a paso un poco ahora más rápido, escapa del incesante escándalo que odia hace más de diez años,  precisamente cuando se dio cuenta que pasaron generaciones y nada cambió en su pequeña ciudad.


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