La Isla de la Libélula : La rutina

Con la chaqueta hecha girones Federico abordó un taxi, llegó a su oficina, subió al ascensor, no saludó a nadie y se sentó en su desordenado y empapelado escritorio. Una carta de su madre se adormecía en el suelo de tanto esperar y conversaba con la taza de café que le había traído su...

Con la chaqueta hecha girones Federico abordó un taxi, llegó a su oficina, subió al ascensor, no saludó a nadie y se sentó en su desordenado y empapelado escritorio. Una carta de su madre se adormecía en el suelo de tanto esperar y conversaba con la taza de café que le había traído su secretaria hace horas.Federico trabajó toda la mañana en despachar cheques, hacer cartas y cerrar tratos. Como ya era rutina ordenó una hamburguesa para el almuerzo y no respondió las llamadas de su afanosa esposa, quien no se cansaba de escuchar sus coartadas cada día.Eran las tres en punto de la tarde, cuando decidió agarrar una pila de papeles y comenzó a firmarlos, uno tras otro…uno, tras otro. A las cuatro tomó el teléfono negro y concertó reuniones. Pero tras colgar la última llamada, sintió una presión inmensa en el pecho, intentó gritar pero su voz se ahogó en su garganta, entonces se desplomó; ahí en el piso a lado de la carta de su madre.Federico falleció a las cinco de la tarde por un infarto de miocardio, lo encontraron a las seis cuando su secretaria entró para despedirse. El peso de la rutina le asaltó los días al almanaque de su vida.Durante los últimos años de su existencia el tiempo fue pasando y las horas se fundían por el sopor intenso de aquellos minutos que torturaban su mente.  La rutina le encarceló el gusto por la vida y apolilló su alegría. Federico se conformó con repetir el presente por la inercia del ayer.  Quedaron atrás reuniones, papeles y negocios. Ya no lo verán caminar ensimismado, ausente de este mundo, rumiando en su cabeza cientos de quehaceres laborales. Sin embargo… es seguro que hoy alguien lo reemplaza en ese empapelado escritorio.


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