La Isla de la Libélula La huida final

Pasó varias fronteras huyendo de todos durante 1.800 días. Bajo el duro sol, la insistente lluvia y esos fríos que no perdonan ni a los huesos. Pero esta vez Francisco estaba cansado; entonces decidió huir por última vez… Ahora no empacó aquellos anillos de oro que le robó a su amigo,...

Pasó varias fronteras huyendo de todos durante 1.800 días. Bajo el duro sol, la insistente lluvia y esos fríos que no perdonan ni a los huesos. Pero esta vez Francisco estaba cansado; entonces decidió huir por última vez… Ahora no empacó aquellos anillos de oro que le robó a su amigo, tampoco los celulares de última gama que casi le cuestan su libertad cuando decidió extraerlos de una tienda y ni siquiera llevó consigo esos miles de dólares que gastaba cada día con recóndito miedo.Hoy la huida estaba anunciada. Lo tuvo todo “a fuerza” pero esto era diferente… Un jueves por la tarde, Francisco decidió escapar de sí mismo. Y echar a la borda esa “libertad” entre comillas, que sólo le sirvió para alejarse de lo que más quería.Nunca tuvo una vida en familia, jamás escuchó un consejo de un amigo, no había visto a su único hijo crecer y más de una vez ignoró el llanto de su madre que le suplicaba dejar su malhechora vida atrás. Francisco partió hoy cuando amanecía, sus duros pasos hacían un recuento reiterado del tiempo y de esos momentos que perdió durante años. Tenía puesta la camisa a cuadros que le regaló su madre cuando sólo tenía 18 años, llevaba en el cuello aquella bufanda café que le tejió su abuela y portaba bajo el brazo aquél antiguo Atlas que le compró su padre con la mitad de su sueldo. El delincuente se perdió entre las nieblas de un bosque de uno de los lugares que lo encubrió por años, su vieja bufanda le recordaba el abrazo de su abuela, la camisa el amor constante de su madre y el Atlas el deseo de su padre que soñaba verlo convertido en un destacado profesional. Aunque sea por unas horas Francisco por fin volvió a sentirse en familia.Hoy descansa de su vida, huyó de sí mismo  y de su propia derrota…


Más del autor