El fin de la espera
En las cortas visitas, la llamaba para regalarle un dulce de coco, pedirle que le compre algo de la pequeña tienda de la esquina o simplemente para cambiarle el canal al viejo televisor Toshiba, que se había comprado cuando se casó. Su pequeña espalda, sus hombros caídos, su breve cintura y...
En las cortas visitas, la llamaba para regalarle un dulce de coco, pedirle que le compre algo de la pequeña tienda de la esquina o simplemente para cambiarle el canal al viejo televisor Toshiba, que se había comprado cuando se casó. Su pequeña espalda, sus hombros caídos, su breve cintura y esa voz bajita eran suficientes para inundar la casa.Tres años pasaron desde su partida; pero hoy su nieta, sentada en la antigua sala, recuerda los almuerzos, las tiernas caricias, las viejas charlas y ese afán desesperado de la abuela por burlar el tiempo. Su olor se quedó en cada cuadro, en cada repisa y en cada cortina. Son las diez de la mañana, Claudia sale de la añeja sala y comienza la misa dedicada a su abuela. Una vez más toda su familia desfila ante la parroquia, pasan cinco minutos y apurado el padre inicia la eucarística. Mira los azules cerros, las rosas del jardín y recuerda lo doloroso que fue perder a un ser tan querido. Cuarenta y cinco minutos transcurren, y finaliza la ceremonia. La familia reparte besos, se dan abrazos, caen lágrimas, reviven la despedida y salen todos juntos recordando anécdotas de esa viejecita.Caminan por entre los árboles del barrio que vio a la abuela en sus mejores años, se la imaginan corriendo, barriendo la acera, comprando pan en el pequeño mercado o simplemente recuerdan sus últimos años esperando en la puerta a aquél nieto, que con mucha suerte, la visitaría. Pasan quince minutos y llegan todos a casa de Elena, se reúnen en la sala, ordenan la mesa y aumentan sillas. La familia ha crecido. La hija mayor ocupa el lugar de la abuela. Con el cabello ya gris, unas arrugas que todavía se cuentan con los dedos de las manos y a paso lento sirve el almuerzo. Los nietos la observan y les es inevitable darse cuenta que todos algún día ocuparán el lugar de aquella viejecita. Entonces se preguntan si se sentirán tan solos como ella y se sumergen en llanto. Miran sus revistas, observan sus floreros, no hay dulces de coco, tampoco rosas rojas y se detienen en el umbral de la casa, donde jamás la volverán a ver. Ahora recuerdan, con más fuerza, que se fue la abuela, la de los abrazos perfectos sin angustias, la que sabía los lenguajes del alma, la de las rosas rojas, la que disfrutaba los dulces de coco, la de las viejas revistas Selecciones. La que no permitía que un hermano se enoje con el otro, la que guardaba en un viejo libro las rosas del abuelo. Se fue la abuela, a la que le gustaba la música de Camilo Cesto y la que ya le estaba pillando el ritmo a las letras de Nirvana, sólo porque su nieto le regaló un CD. Se fue Elena y finalizó la espera en el umbral de su casa.


