La isla de la libélula: El escape del niño
Recordó que cada momento es distinto a otro, que cada aspecto es particular; entonces creyó que la brisa pacífica del viento tenía más que un motivo para estar ahí. Aunque aparto en su soledad, y mostrando su indiferencia, calmó la intranquilidad de su corazón con el canto altivo de las...
Recordó que cada momento es distinto a otro, que cada aspecto es particular; entonces creyó que la brisa pacífica del viento tenía más que un motivo para estar ahí.
Aunque aparto en su soledad, y mostrando su indiferencia, calmó la intranquilidad de su corazón con el canto altivo de las aves libres, aquellas que retoman los sueños de quienes habitan en el duro suelo.
Un suelo… más duro que la cara del burgués que reclama su privilegio en la historia, su riqueza y su memoria. Un suelo de donde se levanta un apacible viento, que al llegar a los oídos del niño susurra buscando respuestas.
El bello paisaje tiene signos extraños en el páramo y no es coincidencia....es algo más. Alexander está creciendo. Ya conoció a quien exige el orden de lo desconocido, a aquél que se afana por mantener su casta atribulada por su pasado, al que mata por ambición y a aquél que cerró su corazón por la ira.
Pero todo esto aún no le quita el sueño…sus miedos se van con las aves, trenzando senderos en el cielo. Sin embargo; lo vano, lo irónico, las alegrías y las decepciones confunden al niño, pues nunca se imaginó querer escapar de aquel bullicio citadino que tanto le gustaba.
Recuerda aquellas calles llenas de escaparates y esa maniática tecnología que le hizo olvidar los pequeños autitos de madera que le regaló su abuelo... ahora eso no le hace feliz. Quiere escapar y está consciente de eso...
Pero ese escapar.... no es lo mismo que huir, es sólo apartarse en un vacío. Y una vez más está ahí.... tratando de que nadie lo saque del abismo en el que está sumergido.
Pero el viento levanta polvo... y el burgués, las calles locas y las mentiras vuelven a su memoria; entonces el niño se pregunta ¿calles de polvo… y la patria?
Guerras insípidas, búsquedas vacías y corazones prisioneros de sus propios tropiezos lo atormentan.
Pero el niño sigue ahí…tratando de desatarse de esas cadenas, de darle sentido a la palabra patria sin pensar en guerras, de buscar la verdad sin recordar las mentiras, tratando de crecer sin olvidar su inocencia.
Fueron muchas las cosas que llevaron al niño a apartarse de todo, a entregarse a la calma y a reflexionar entre aves, viento y árboles que aún hoy pueden darle aliento. Sin embargo, la tarde se termina y el niño debe regresar al constante bullicio citadino.
Entonces Alexander se levanta, monta su bicicleta y mientras se pierde entre el correr de los autos, lamenta que el regresar sea inevitable; pero también sabe que un día montará nuevamente su bicicleta y volverá a escapar…


