La isla de la libélula: La silla amiga
La apreciada silla estaba ahí. Gris, sola deteriorada y firme; de espaldas a la ventana. Hoy justamente no parecía esa silla amigable y confortable, que alguna vez había cobijado a mis más apreciadas amistades. Ahora parecía reprocharme algo, quizás oculto o quizás sabido. Ni el aire...
La apreciada silla estaba ahí. Gris, sola deteriorada y firme; de espaldas a la ventana. Hoy justamente no parecía esa silla amigable y confortable, que alguna vez había cobijado a mis más apreciadas amistades. Ahora parecía reprocharme algo, quizás oculto o quizás sabido. Ni el aire fresco que se deslizaba por sus rústicas patas podía conmoverla. En la habitación reinaba la soledad; indefensa y sin compañía. Ingresó un martes en el que había olvidado cerrar con firmeza la ventana, su presencia era indudablemente perceptible. Los objetos de mi cuarto parecían ocultar un dolor mudo, que se respiraba en cada rincón. Yo estaba en el medio de la habitación y nadie lo había percibido. La silla no se había comprimido como de costumbre cuando ingresaba, las muñecas de la mesita de luz ésta vez no sonrieron; ni siquiera el reloj marcaba la hora. En la habitación el tiempo se había detenido, tal vez a la espera de alguna esperanza o de un algo irremediable. Pero la silla estaba ahí, sola; con esa soledad que únicamente un objeto comprende en su totalidad, con esa soledad que en las personas derrama lágrimas, en los animales gemidos, en las plantas marchitez y en los objetos silencio... Ese silencio infinito que a veces no puede romperse ni con una palabra, y es así..., la silla no podía hablar, la silla no podía llorar, la silla no podía gritar; pero sí podía esperar.Entonces caminé lenta y sigilosamente por entre los objetos que rodeaban mi cama, casi lagrimeando cerré la ventana por donde había entrado la soledad. Yo sabía la razón del dolor mudo de mi querida silla, habían pasado ya diez años desde que me fui. Ya nadie la había ocupado para leer un libro, para mirar las calles desde la ventana o simplemente para descansar...Cuando ya iba a dar vuelta la silla un miedo profundo confundido con dolor invadió mi cuerpo. Después de diez años iba a sentarme nuevamente junto a la ventana. ¿Enfrentarme a la realidad de la que tantas veces quise escapar? El paisaje ya no era el mismo, la casa de enfrente ya no era la de mi antiguo novio, las tiendas del barrio se habían convertido en supermercados... pero algo en mí no había cambiado; la soledad. Entonces respiré profundamente y decidí dar vuelta mi silla. Estaba más despintada que de costumbre, deteriorada y revestida de polvo; sin embargo sus patas firmes aún podían sostener mi peso, que por cierto había aumentado unos kilos. Me senté y me asaltó una tranquilidad inmensa, supe que todo había cambiado menos la confortabilidad de mi silla.Al juntar su textura con mi piel nos dimos cuenta que ambas habíamos envejecido pero ya no existió más la soledad. Nuevamente estábamos juntas y ya no había nada que reprochar.


