Mediterráneo: Tiempos raros
Este texto forma parte de la newsletter Mediterráneo de análisis internacional que cada viernes envía el director Jesús Cantín conectando la coyuntura internacional con Bolivia. Si quieres recibirla directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas
La coyuntura electoral y noticiosa me obliga a dejarles una newsletter un poco más breve de lo habitual en una semana en la que el mundo volvió a estar al borde de la guerra nuclear. Quien quiere buscar similitudes con las tensiones de la Guerra Fría las encuentra fácil: Mientras escribo estas líneas, el Artemis II se dispone a atravesar la atmósfera a 38.000 kilómetros por hora luego de que sus cuatro tripulantes dieran una vuelta a la luna, sin aterrizar.
En Bolivia se vive algo parecido; una suerte de actualización de los viejos tiempos donde se derriban mitos y se recuperan otros; se recuperan proyectos delineados hace 50 años y se discute, madre mía, de la calidad de la gasolina y no de su precio. Vivimos conectados y la guerra en Irán también sobrevuela nuestras cabezas y nuestros depósitos. Esta semana las tarjetas de débito y crédito volvieron a tener sentido.
Son tiempos raros. Son nuevos tiempos.
Mientras todo se asienta, hablamos precisamente del efecto de esta tregua y sus implicaciones políticas, además de la contienda electoral en Perú que vivirá este domingo 12 su primera vuelta – que configurará el verdadero poder, que es el de las cámaras -, y dejará a dos de los 35 candidatos en carrera para la segunda vuelta del 7 de junio.
Me despido hasta el 24 de abril. Éxitos.
El sabor de la tregua
¿Qué pasó?
Estados Unidos aceptó la tregua propuesta por Pakistán solo unas horas después de que Trump verbalizara una de sus amenazas interminables: “será el ocaso de una generación”, dijo.
El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, confirmó que Teherán iba a permitir el paso seguro por el estrecho de Ormuz durante las dos semanas que dura el acuerdo. El primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, precisó que la tregua también incluía a Israel en el Líbano, aunque como acostumbra, hizo poco caso.
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Irán advirtió: la tregua no es el fin de la guerra. Teherán condiciona cualquier resolución definitiva al cumplimiento de su plan de diez puntos, que incluye el levantamiento de sanciones, el reconocimiento del enriquecimiento de uranio, el control continuado del estrecho de Ormuz y el cese de todas las hostilidades en la región.
Los mercados respondieron con alivio. En Europa el precio del barril de Brent cayó un 16% desde el máximo de 144 dólares hasta situarse por debajo de los 100 dólares y en América el WTI también quedó sobre los 90 (aunque sigue subiendo cada día levemente). Las bolsas subieron tras el anuncio de Trump.
¿Y ahora qué?
Se supone que esta tregua es el primer avance diplomático desde el inicio de la guerra. Se supone que abre la puerta a negociaciones más amplias. Aún así, nada está dicho.
En principio la mayoría de los analistas coinciden en que la tregua expone la debilidad negociadora de Trump. Aceptar el plan iraní como base de la negociación supone una concesión de gran calado. El acuerdo también reconoce el control de Irán sobre el estrecho de Ormuz: Teherán cobrará peajes por el tránsito y coordinará su reapertura a través de sus fuerzas armadas.
El impacto económico global es inmediato. La reapertura de Ormuz beneficia especialmente a los países asiáticos. Pero el efecto más duradero es estructural: la estabilidad de ese corredor energético depende ahora, de facto, de Irán.
Es poco probable que esta tregua conduzca a una paz estable. Trump no es de fiar para Irán, por motivos evidentes; ni Irán para Trump ni Israel, cuyo objetivo es la liquidación total. Irán tiene escasos incentivos para negociar cualquier acuerdo que no garantice el control de Ormuz, el enriquecimiento de uranio y el fin de las sanciones. La guerra no ha alimentado las protestas contra el régimen, como algunos calculaban, sino quizá todo lo contrario.
El Estado israelí ve en este conflicto la oportunidad de degradar por completo la capacidad militar iraní e invadir el Líbano para eliminar a Hezbolá. De hecho, está haciendo caso omiso a ese punto del acuerdo.
Si las negociaciones fracasan, Estados Unidos se verá ante un dilema sin salida. Aceptar las condiciones iraníes será leído como una derrota política a las puertas de las elecciones de medio término en noviembre. Ni siquiera la inminente (muchas semanas hablando de la inminencia) caída del régimen cubano salvaría la situación.
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En cualquier caso, una escalada empeoraría notablemente la situación: Irán podría atacar la infraestructura energética de los aliados del Golfo y prolongar indefinidamente una crisis que colisiona totalmente con los postulados y necesidades de Trump (petróleo barato para reindustrializar el país), que tarde o temprano se preguntará que hace en esa guerra en esa parte del mundo que no está definida como su “esfera de influencia”.
¿Y qué hay de lo nuestro?
Para Bolivia, la tregua llega en un momento particularmente delicado. El gobierno de Rodrigo Paz fijó los nuevos precios de los combustibles en diciembre, cuando el barril rondaba los 60 dólares; con el WTI rozando los 100 dólares incluso después de la tregua, el TGN volvía a absorber una diferencia que puede convertirse en insostenible.
Si las negociaciones en Islamabad fracasan y el conflicto se reanuda, el precio del crudo volverá a dispararse y el problema de la subvención regresará con más fuerza. Bolivia no tiene margen político para otro ajuste —la "gasolina basura" sigue sin resolverse— y tampoco tiene dólares para financiar indefinidamente la diferencia. La estabilidad del estrecho de Ormuz, que ahora depende de Teherán, es también, aunque nadie lo diga en La Paz, un asunto de política energética boliviana.
Perú, la definitiva
¿Qué pasó?
Perú celebra elecciones presidenciales este domingo con un escenario fragmentado y un récord de 35 candidatos en disputa. Las últimas encuestas de Ipsos, Datum y CPI sitúan a Keiko Fujimori como favorita con cerca del 13% de intención de voto, seguida en empate técnico por el humorista Carlos Álvarez y el exalcalde de Lima Rafael López Aliaga, ambos con alrededor del 9%. De no haber mayoría en primera vuelta, el balotaje está previsto para el 7 de junio.
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El debate presidencial del 31 de marzo dejó imágenes reveladoras. Fujimori ofreció a López Aliaga un pacto de no agresión apelando al frente antiizquierda, pero él lo rechazó y le recordó su responsabilidad en el Congreso y sus vínculos con el escándalo Odebrecht. El resto de candidatos aprovechó para cargar contra ambos: la centrista Marisol Pérez Tello les acusó de haber llevado al país al caos, y el izquierdista Roberto Sánchez —que hace campaña reivindicando al expresidente encarcelado Pedro Castillo— los llamó, en quechua, "hijos del diablo".
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¿Y ahora qué?
Las tendencias apuntan a que Perú tendrá un presidente de derecha a partir del 28 de julio, pero la pregunta relevante no es si ganará la derecha, sino cuál derecha y con qué legitimidad. Fujimori arrastra tres derrotas consecutivas en segunda vuelta y, según Pérez Tello, el 90% del electorado no la quiere. López Aliaga, por su parte, representa una derecha más rupturista y de perfil ultraconservador, sin los lastres judiciales del fujimorismo, pero con una base electoral más estrecha.
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Como en Chile y en otros países de la región, el trasfondo del voto es la crisis de seguridad: 2.200 homicidios vinculados al crimen organizado en 2025 y un aumento del 19% en las denuncias por extorsión. Los tres candidatos punteros proponen mano dura, lo que anticipa un gobierno con tendencia a la concentración de poder —Fujimori ya plantea retirarse de la Corte Interamericana de Derechos Humanos— en un país que ha tenido nueve presidentes en una década. La fragmentación no es anécdota: es el síntoma de un sistema político que no logra procesar sus crisis.
Esa fragmentación y la corrupción manifiesta es la que ha propiciado que en la legislatura saliente haya habido cuatro presidentes en cinco años, igual que en la anterior; y que la práctica totalidad de los presidentes electos en este siglo hayan pasado por la cárcel. La última década ha sido decadente y los problemas recién afloran: después de años asegurando que el modelo económico era impermeable a los escándalos, los datos empiezan a mostrar otra cosa.
¿Qué hay de lo nuestro?
Bolivia observa estas elecciones con más interés del que aparenta. Si se confirman las tendencias, Perú se sumará al bloque de gobiernos derechistas de la región —Milei en Argentina, Kast en Chile, Paz en Bolivia— justo cuando Washington impulsa el Escudo de las Américas como marco de alineamiento continental.
Para el gobierno de Paz, un gobierno fujimorista o de López Aliaga en Lima no es necesariamente una buena noticia: ambos tienen posiciones duras sobre migración y seguridad fronteriza, y la frontera con Perú es una de las más permeables al crimen organizado en la región: operativos más rigurosos pueden acabar haciendo que esas organizaciones se asienten a este lado de la frontera.
Además, la inestabilidad política peruana crónica —nueve presidentes en diez años— es también un espejo incómodo para un país que lleva años sin resolver su propio problema de gobernabilidad.
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La diplomacia china sigue siendo una de las grandes incógnitas para occidente, y eso que Xi Jinping ha acomodado muchas prácticas. El rol que viene jugando en los grandes conflictos trasciende su tradicional política de no injerencia que aplica en Naciones Unidas sin dilación.
Con sus propios problemas internos, tanto políticos como económicos, a China no le va mal el desconcierto general que ha desatado Trump. De hecho, es el “refugio seguro” por el que están apostando varios países “no alineados”.
China obviamente está jugando un papel en la guerra de Irán como nos recordaba el otro día Guillermo Bretel en La apuesta de China en Irán, pero además quiere asentar su hegemonía en su área de influencia frente a un Japón más beligerante que nunca. El tema es Taiwán.
Esta semana Cheng Li-wun, lideresa del opositor Partido Kuomintang de Taiwán, fue recibida por el mandatario chino en Pekín, lo que es efectivamente un pasito más en la escalada bélica.
Desde 2016, la presidencia de Taiwán está en manos del Partido Democrático Popular (PDP), formación rival del KMT y con un discurso menos conciliador con Pekín, lo que ha agravado las relaciones.
Los antecedentes de unilateralidad en el hemisferio occidental, sin duda le dan argumentos a China para iniciar una operación y “recuperar su isla”, sin embargo, el enorme costo militar y humano, hace poner paños fríos. Pero el tema sigue abierto.
LAS RECOMENDADAS
Les dejo una pequeña selección y nos vemos pronto después de Elecciones
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- Esto de Diálogo: El panorama político latinoamericano a la derecha: seguridad, economía y el dilema del centro
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- Y esto sobre este evento nada casual que, una vez más, fractura nuestra débil articulación continental: Guerra comercial: Noboa eleva al 100% aranceles contra Colombia; Petro ordena la salida del Pacto Andino





