Mediterráneo: Fronteras, muros y narcos
Este texto forma parte del boletín Mediterráneo que conecta la coyuntura internacional con la actualidad en Bolivia y lo envía cada viernes el director Jesús Cantín. Si quieres recibirlo directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas
Mientras en Bolivia apuramos la campaña electoral, la coyuntura internacional sigue marcada por la guerra en Irán y cada vez más, por la incertidumbre energética que despierta y sus consecuencias: La noticia más reveladora de la semana y que describe muy gráficamente el tiempo en el que estamos viviendo es que Estados Unidos ha “autorizado” la compra de petróleo ruso “por el momento”.
La coyuntura ha coincidido con la “gran semana diplomática” de Rodrigo Paz Pereira: viaje a Miami a saludar a Donald Trump, con quien se ha embarcado en una alianza MILITAR; viaje a Chile para la posesión de José Antonio Kast y recibimiento oficial del Rey de España Felipe VI en La Paz.
Mientras se asienta lo de Miami y conocemos los verdaderos alcances diplomáticos de enrolarse en una aventura de ese calibre sin el amparo de la ONU; y dejando al lado de la monarquía; quiero detenerme en el asunto de Chile, donde en principio parecía abrirse una ventana de oportunidad entre dos gobiernos nuevos, opuestos a sus predecesores y ambos enmarcados en el club de amigos de Trump… pero el ensueño duró poco.
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Era una promesa de campaña y lo aplicó de inmediato: Kast firmó varios decretos que su vocería presenta como “el cierre de las fronteras con Bolivia y Perú” ya que contemplan endurecimiento de medidas para el ingreso, desplazamientos de militares y construcciones de muros, aunque lo cierto es que de momento ha cambiado poco.
Varios juristas han recordado que esta política atenta contra el Tratado de 1904 que garantiza el libre acceso a los puertos, pero esencialmente al nuevo gobierno de Chile le importa poco. El gobierno de Bolivia, por el momento, no ha fijado una posición pública, ni tampoco dado una explicación interna. Los tiempos diplomáticos son distintos, pero cualquiera podría interpretar debilidad.
El análisis micro del tema ofrece una foto más fija: el INE chileno tiene registrados 148.000 bolivianos viviendo en el país, un tercio de ellos en la región de Antofagasta, es decir, vinculados al comercio y las redes productivas como en cualquier región productiva. Aun suponiendo que los otros 100.000 vivan en Santiago, entre sus 7,5 millones de habitantes, obviamente no se puede hablar de una colonia masiva que amenace la estabilidad o la convivencia del vecino país. Eso sí, el INE también dice que entre 2018 y 2022 creció un 35%.
El asunto tiene mucho más que ver con lo macro y, sobre todo, con la hipocresía electoral. La batalla política en la derecha chilena se ha basado en la inseguridad ciudadana, de la que recurrentemente, y como es habitual, se culpa a la migración.
La colonia más grande es de venezolanos con unos 650.000. Venezolanos que huyeron del régimen de Maduro y que atendieron la invitación del fallecido Sebastián Piñera de llegar a Chile, pero que de repente se convirtieron en apestados.
Kast prometió muros y mano dura, pero como tantos, acabará siendo “sensible” a las necesidades del mercado que necesitan mano de obra de barata y sin demasiados derechos. Esto ya está pasando en otros países y sobre todo en las dos convergencias que han hecho de la xenofobia y el racismo un argumentario político: Estados Unidos y Europa.
En Estados Unidos Trump ha empezado a “esconder” al ICE – esa fuerza ilimitada construida para perseguir latinos hasta debajo de las piedras – luego de que sus intervenciones en Minnesota dejaran dos muertos (blancos) y abriera un boquete político. El pisoteo de los derechos de los propios estadounidenses y la violación de convenios básicos sobre extradición y detención descubrió una cara del gobierno que si bien fascina a los más fanáticos, ha despertado recelos entre los votantes de derecha más moderados, y eso tiene una consecuencia elemental: en noviembre son las elecciones de medio término, y aunque muchos Estados están reordenando sus mapas a la medida del partido Republicano, perder las cámaras sería un golpe muy fuerte para el proyecto de Trump.
En Europa pasa algo similar. Se aprobó un endurecimiento de las normas de migración y, con ello, el costo a pagar a los países “tapón”, que básicamente son las dictaduras del norte de África que hacen de muro de contención. Después empezaron a faltar los trabajadores baratos y a lo último, se desmarcó un Pedro Sánchez con una regularización masiva en España y un cambio de enfoque radical que ha amenazado al discurso dominante.
Esto es lo que está pasando en las potencias centrales, pero quién sabe si en América Latina, siempre tan campo de experimentos y siempre tan impuntuales, dificultaremos aún más una convivencia y una integración que es mucho más natural que las propias fronteras: Chile ha empezado con los muros, Noboa con la guerra arancelaria con Colombia, en Argentina día sí y día también se habla de la migración en términos despectivos y el gobierno de Milei ya ha retirado varios servicios que se ofrecían (salud, educación, etc.,) que eran parte de la identidad argentina solidaria y acogedora…
Además hablamos de la guerra de Irán, de la elección en Colombia y también de la noticia del mes: la detención de Sebastián Marset.
¿Puede Trump ganar la guerra de Irán?
¿Qué pasó?
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase de alta tensión con consecuencias globales. El presidente estadounidense, Donald Trump, intentó tranquilizar a los mercados al asegurar que el conflicto terminaría “muy pronto”, después de que el precio del petróleo superara los 100 dólares por barril por primera vez desde 2022. Desde el Pentágono también se intentó enviar un mensaje de contención, descartando públicamente la posibilidad de una guerra prolongada (mientras envía más y más marines)
Sin embargo, los hechos sobre el terreno apuntan en otra dirección. En Irán, la designación de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo tras la muerte de su padre, Ali Khamenei, ha consolidado el control de los sectores más duros del régimen, particularmente de la Guardia Revolucionaria Islámica. Desde Teherán se ha rechazado cualquier declaración estadounidense sobre el fin del conflicto y se ha advertido que será Irán quien determine cuándo cesan los combates.
La tensión se ha trasladado también al plano energético. La amenaza de minar o bloquear el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo y gas que se comercia en el mundo, ha disparado la alarma internacional. Países como Irak, Kuwait o Catar dependen casi completamente de esa vía para exportar su producción, por lo que su interrupción podría desencadenar (de hecho, ya está desencadenando) una crisis energética global.
¿Ahora qué?
Las declaraciones de Trump sobre un final próximo del conflicto reflejan en realidad las limitaciones de su estrategia. Washington buscaba repetir en Irán una fórmula similar a la intentada en Venezuela: debilitar al régimen hasta forzar un cambio de liderazgo – vía rendición encubierta o vía rebelión popular – que fuera más pragmático y dispuesto a negociar. Pero la sucesión de Mojtaba Jamenei y la respuesta militar iraní indican que el régimen no solo resiste, sino que se cohesiona.
Desde el final de la guerra con Irak en 1988, Irán ha preparado su defensa en torno a una lógica de guerra asimétrica. Misiles de largo alcance, drones, redes de milicias aliadas y la estructura militar de la Guardia Revolucionaria forman parte de una estrategia diseñada para desgastar a adversarios más poderosos. En ese esquema, el tiempo suele jugar a favor de Teherán.
Para Estados Unidos, en cambio, el conflicto entraña riesgos crecientes. Los ataques iraníes han puesto en evidencia la vulnerabilidad de varios aliados árabes del Golfo y han tensionado los mercados energéticos. Aunque los altos precios del petróleo benefician a las petroleras estadounidenses, el encarecimiento de la gasolina golpea directamente a los consumidores, un factor políticamente sensible para la Casa Blanca y que puede acabar derrumbando todo el plan Trump de reindustrializar el país.
¿Qué hay de lo nuestro?
Para Bolivia y para América Latina, el conflicto no es una noticia lejana. Una eventual crisis energética global tendría repercusiones directas en la región. El encarecimiento del petróleo impactaría en el transporte, en los costos de producción y en la inflación, especialmente en economías dependientes de importaciones energéticas.
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En el caso boliviano, el efecto puede llegar a cámara lenta y se mezcla con las propias limitaciones del ejecutivo: los precios de los combustibles no se liberaron, sino que se elevaron cuando el petróleo estaba por debajo de 60 dólares; con la nueva arremetida, el TGN volverá a financiar sin que se haya resuelto el problema de los dólares. Para colmo, el problema interminable de la “gasolina basura”, que en dos meses no se resuelve, impide (políticamente) aplicar un nuevo incremento.
La guerra en Oriente Próximo vuelve así a recordar una lección conocida: los conflictos en los grandes corredores energéticos del planeta terminan afectando a todos. Incluso a quienes observan la crisis desde miles de kilómetros de distancia. Y en ese tablero global, la estabilidad del Estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los puntos más sensibles de la economía mundial.
Colombia, recta final
¿Qué pasó?
Colombia celebró el pasado domingo elecciones legislativas y consultas interpartidistas que comienzan a ordenar la carrera por la sucesión del presidente Gustavo Petro. El país eligió un nuevo Congreso bicameral compuesto por 103 senadores y 183 representantes, al tiempo que varias fuerzas políticas definieron sus candidaturas presidenciales de cara a los comicios del 31 de mayo.
Los resultados confirmaron la consolidación del Pacto Histórico, la coalición de izquierda de Petro, como la mayor fuerza legislativa, con alrededor del 23% de los votos al Senado y unos 26 curules proyectados. El segundo fue el Centro Democrático, el partido asociado al expresidente Álvaro Uribe, con cerca del 16% de los votos y 17 escaños.
Las consultas partidistas también ayudaron a perfilar el escenario presidencial. En la derecha, la senadora Paloma Valencia fue la gran vencedora de la llamada Gran Consulta por Colombia con más de 3,2 millones de votos, lo que la coloca en primera línea para disputar el liderazgo del bloque conservador.
¿Ahora qué?
Dados los tejemanejes del Tribunal Electoral colombiano – mal de muchos, consuelo de tontos – el principal aspirante a la presidencia no participó en la consulta con el Pacto Histórico. Se trata de Iván Cepeda, considerado básicamente el delfín de Petro y que puntea sobre el 37%, por lo que se le coloca casi de forma inmediata en la segunda vuelta.
Lo propio pasó en la derecha, donde más allá del uribismo y otros partidos clásicos, puntea el abogado y empresario Abelardo de la Espriella, que ha construido una candidatura de derecha dura centrada en seguridad y libre empresa y es, básicamente, la enésima encarnación del trumpismo a lo latinoamericano, más admirador de Bukele y Meloni que de Milei, pero igual.
Al centro se acumulan candidatos como paloma Valencia, Claudia López o el incombustible Sergio Fajardo, pero que pierden espacio ante la polarización cada vez más marcada.
En cualquier caso, se definieron tres bloques: la izquierda cercana al gobierno actual, una derecha fortalecida y un centro político que intenta mantenerse competitivo.
Más allá de quién gane la elección presidencial, los resultados legislativos anticipan un escenario de gobernabilidad compleja. Ninguna fuerza tendrá mayoría en el Congreso, lo que obligará al próximo presidente a negociar constantemente con otras bancadas para aprobar reformas. La experiencia del actual gobierno de Petro —que enfrentó fuertes obstáculos para impulsar sus proyectos— sugiere que esa dinámica continuará en los próximos años, y aun así, el centro no es precisamente la opción favorita.
¿Qué hay de lo nuestro?
Aunque se trata de una elección nacional, el rumbo político de Colombia tiene implicaciones para toda la región. El país es una de las economías más grandes de América Latina y un actor clave en temas como seguridad, energía y política antidrogas – de momento no forma parte del Escudo de Trump, obvio.
Para países como Bolivia, el resultado también tiene relevancia política. El eventual triunfo de un candidato de izquierda como Iván Cepeda frenaría el derrumbe de gobiernos de izquierda en la región – solo queda Petro, Lula en Brasil y Orsi en Uruguay porque a la intervenida Delcy Rodríguez ya no se sabe donde encuadrar). El siguiente en jugarse el cargo será Lula.
Más allá de izquierda o derecha, Colombia y Brasil son la última resistencia frente a la doctrina Monroe con corolario Trump, con todo lo que eso implica.
Para seguir: El día después de Marset
El operativo de la Policía Boliviana para detener a Sebastián Marset, que seguía residiendo en una zona lujosa de la urbe cruceña, ha sido un éxito sin paliativos y así lo refleja toda la prensa nacional e internacional: sin resistencia, sin disparos, sin huidos, ni siquiera heridos.
- Lea también: Rodrigo Paz: “La captura de Marset marca un punto de inflexión en la lucha contra el crimen organizado”
Marset era el narcotraficante más buscado en Sudamérica que lleva años controlando sus operaciones desde Bolivia. Porque somos así, se atribuye el éxito a la información brindada por la DEA e incluso se vende como un resultado inmediato de la alianza firmada el pasado sábado. La Policía Boliviana es sin embargo quien ha llevado el peso del operativo. El narcotraficante ha sido expulsado y de ahí, llevado a Estados Unidos.
- Lea también: Capturan en Bolivia al uruguayo Sebastián Marset, uno de los narcos más buscados del mundo, y lo extraditan a EE.UU.
Marset había forjado vínculos y alianzas con algunos de los grandes grupos operativos del continente, como el primer Comando de la Capital, cuya bandera aparece en uno de los últimos videos difundidos por su organización en octubre, en el que muestra armas y amenaza a “soplones”.
Cada vez que cae un narco de la jerarquía de Marset se producen movimientos de recomposición, pues si bien el consumo de cocaína está a la baja según las últimas estadísticas, sigue representando un enorme negocio que alguien querrá ocupar.
El segundo hombre más buscado en Bolivia es Coco Vásquez. Veremos sus noticias.
LAS RECOMENDADAS
Hoy unas pocas notas para este fin de semana, mientras me despido hasta dentro de dos semanas por el tema electoral:
- Esta para Fernando: Diez películas para entender Irán
- Esto del Nueva Sociedad: Nadie se salva solo: articulaciones progresistas en el cambio de época
- Esto de Diálogo Político: ¿Por qué la decisión política de sacar los celulares de las aulas de clase?
- Y estas dos de Anfibia: El primer año del resto de su vida y La hija del salar
Muchas gracias por leernos.
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Nos vemos en las calles





