Mediterráneo: La democracia y el nobel
Este texto forma parte del boletín de análisis internacional conectado a Bolivia que cada viernes distribuye el director Jesús Cantín, si quieres recibirlo directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas
Apenas se puede objetar nada al premio Nobel de la Paz entregado por la academia noruega a María Corina Machado en toda la literalidad de la expresión, entre otras cosas porque en este mundo polarizado, hacerlo te envía inmediatamente al otro rincón, sin matices, sin solución de continuidad, pero el periodismo nunca ha sido un ejercicio de comodidad ni de acomodos.
La líder de la oposición venezolana se ha bancado desde el país la resistencia contra el régimen de Nicolás Maduro que se ha asentado en el poder a base de autoritarismo y, sobre todo, gracias a una masiva migración – se estima que unos 7 millones de venezolanos salieron del país en la última legislatura – que ha dejado a las alternativas escasas opciones democráticas – Maduro tampoco las hubiera aceptado -, pero aun menos posibilidades de generar una insurrección popular que provoque un cambio de escenario.
El régimen de Maduro es esencialmente una dictadura que ni siquiera se preocupó demasiado en mostrar una pátina de democracia en su último simulacro de votación, donde no pudieron siquiera mostrar las actas que le dieran la victoria. Otra cosa es ya entrar en valoraciones sobre el bloqueo, el asedio, y las inexplicables decisiones estratégicas que dejaron sus riquezas en manos ajenas incluso durante el chavismo y que le han provocado extrema debilidad económica.
Corina Machado es el nobel de la Paz por la resistencia y por haber recorrido el camino de la democracia, y lo es a pesar de haber saludado una posible intervención extranjera en su país o haber celebrado el despliegue de los marines en el mar Caribe y haber mirado a otro lado mientras se ejecutan supuestos narcotraficantes a bordo de barcazas que muy probablemente transportan drogas – lo que no quita que merezcan un juicio justo y un castigo proporcional -.
Claro que sobre la mesa estaba también el nombre de Donald Trump, quien además parecía convencido en que lo lograría acelerando el acuerdo de paz entre Hamás e Israel y celebrando la paz en Gaza un día antes de la publicación del nombre del acreedor como si no hubiera un mañana, a pesar de que en estos años se han firmado media docena de acuerdos similares. ¿Qué hace diferente a este? ¿Qué es distinto además de los 70.000 muertos y la humillación de casi todos los países de su entorno?
Trump tiene una especie de obsesión con el Nobel. Le pidió a su amigo Netanyahu que lo nominara, lo que aceptó gustoso, y a menudo imagina guerras que ha detenido, incluso en la ONU habló de 7, que en el mejor de los casos son conflictos latentes que llevan años buscando un momento propicio para desencadenarse. Algunos dicen que es el efecto Obama. Otros que cuando se tiene todo, se buscan otras metas de ese tipo.
Es verdad que desde la entrega del premio a Obama - con lo que provocó su estrategia de la Primavera Árabe -, o al presidente colombiano Juan Manuel Santos por impulsar el referéndum de paz que los colombianos rechazaron, el asunto se ha devaluado, y que el derrumbe del ecosistema ONU y los consensos esenciales está provocando que lo que antes se justificaba como “pragmatismo político” hoy sea puro cinismo.
Cada vez es más común gritar fraude en cualquier elección del mundo occidental. Al mismo tiempo, se ha naturalizado el tratamiento con dictaduras sanguinarias como las del golfo y la península arábiga, o el oriente lejano. También se justifican pintorescos líderes a los que se les tolera cuestionar los derechos humanos o considerar el sufrimiento de los más necesitados un deber de Estado.
Siempre hubo dobles raseros, pero la cuestión de la democracia no parece ser hoy uno de los pilares esenciales de la convivencia pacífica, y justamente hoy hablamos en este boletín del demócrata Macron, que lleva diez años ganando las elecciones alimentando el temor a la extrema derecha pero que luego se niega a formar gobierno plural, y así le va, o de la enésima decapitación en la muy democrática República del Perú, que tiene por maldición elegir presidentes que en nada, son declarados incapaces morales de forma permanente por el Congreso, además de la particular visión y diplomacia que se aplica con Israel y los países del entorno.
Sin ir más lejos, esta semana la Asamblea Plurinacional en Bolivia ha estado a punto de tumbar la elección del 17 de agosto por una Ley que argumenta irregularidades en los comicios que nadie denunció en su momento. Leyes basadas en falacias, pero con procedimiento democrático.
Algo no está funcionando bien en la democracia, confundir su defensa militante con esfuerzos por lograr la paz no parece que sea el camino de su corrección, sino más bien un aporte más a la polarización recurrente y a la criba entre amigos y enemigos, sobre todo si hay escalas para catalogar las dictaduras entre buenas y malas.
La paz era otra cosa. La paz es paz.
Sacrificar a Dina
¿Qué pasó?
Después de muchos meses de turbulencia, el Congreso de Perú votó las ya tradicionales mociones de vacancia por incapacidad moral permanente de su presidenta, Dina Boluarte, que fue destituida. Inmediatamente se posesionó a José Jerí, un espécimen político que abunda en el Congreso del Perú y que ha sabido moverse en esas salas… y del que no se espera demasiado.
- Lea también: Congreso destituye a Dina Boluarte: José Jerí es el nuevo presidente
- Lea también: Quién es José Jerí, el controversial político que asume la presidencia de Perú tras la destitución de Dina Boluarte
¿Y ahora qué?
La presidencia de Dina se basó en una mentira: fue elegida vicepresidenta junto a Pedro Castillo en su fórmula populista que logró imponerse por la mínima a Keiko Fujimori y que pagó su inexperiencia a las primeras de cambio: cegado por el poder, la corrupción se desbordó y en pocos meses fue vacado. Dina había prometido irse en ese caso, pero no lo hizo. El fujimorismo y el resto de fuerzas conservadoras en un Congreso muy atomizado la respaldó durante estos tres años donde básicamente ha disfrutado de los placeres de la presidencia cediendo la iniciativa, seguramente sabiendo su destino final, que es el mismo de la mayoría de sus antecesores.
- Lea también: Así acabaron los últimos 11 presidentes de Perú
Dina no solo recibió el respaldo, ordenó reprimir con contundencia las protestas que pedían el retorno de Castillo en 2022 rompiendo así con su base social. Sin agenda de gobierno en un país que comparte muchas lógicas empresariales con Bolivia, acabó convirtiendo la inseguridad ciudadana en su tema, y ahí es donde ha caído luego de llegar al piso de la popularidad.
Quedan seis meses para elecciones, el 12 de abril, con la particularidad de que en el vecino país se lanzan casi un año antes, obligando a los potenciales candidatos a posicionarse pronto y tratar de sobrevivir al escrutinio público. Como aquí pero por un periodo extraordinariamente largo.
La vacancia necesitaba 103 votos y ha logrado 122, casi récord. 11 bancadas han apoyado la destitución incluyendo sus ex aliados Fuerza Popular, Somos Perú y Alianza Para el Progreso (APP). No era la primera vez que se debatía, solo que la salida un año antes hubiera adelantado elecciones. Sus aliados nunca fueron confiables, pero a Dina le daba igual.
- Lea también: Blindaje en el Congreso: APP favoreció al Gobierno en el 85% de las vacancias y acciones de control
Perú ha convertido la inseguridad en su problema central sin que se haya indagado demasiado en las raíces de la violencia. Se trata de un país razonablemente estable, desconectado entre campo y capital con lo que eso implica para los grandes negocios depredadores - narcotráfico, minería ilegal, deforestación, etc., - pero que sigue dejando liquidez y creando oportunidades sin preocuparse del sistema de protección social.
- Lea también: 3 claves que explican la destitución de Dina Boluarte y la nueva crisis política en Perú
Castillo planteó una reforma constitucional a fondo y acabó cayendo. Dina dijo que se iría, que adelantaría elecciones y varias cosas más, pero tampoco. El Congreso ha pactado algunas reformas, como la de recuperar la bicameralidad liquidada por Fujimori, pero poco más.- El país sigue funcionando por inercia y las primeras protestas sociales han valido para destituir a una presidenta que tenía las horas contadas desde que asumió el cargo, pero que ha sobrevivido por intereses de otros.
El calendario electoral ya corre en Perú. Hasta fin de mes se inscriben los candidatos para las primarias, en diciembre se conocerán los nombres definitivos de los aspirantes, todo en un contexto ya sin una Dina Boluarte a quien echarle la culpa de todo y con la sensación ciudadana de que no importa a quien se vote, que siempre ganan los mismos.
¿Y qué hay de lo nuestro?
Nuestras similitudes sociales y económicas con Perú no se han traducido en un ecosistema político similar. El sistema peruano promueve la dispersión de fuerzas representadas en su Congreso unicameral y la segunda vuelta enfrenta a dos candidatos que, por lo general, han tenido un pingüe respaldo en la primera, por lo que el poder se concentra en ese Congreso. Si a eso se le suma esa interpretación que el propio Congreso ha hecho sobre la vacancia por “incapacidad moral”, el lío está armado.
En Bolivia el sistema obliga a alcanzar una cifra de 3% nacional para recibir representación y obliga a tener sigla de orden nacional para presentarse, cerrando así el camino a otros nacionalismos que podrían ser fuertes.
Que la Constitución no contemple mecanismos que permitan a la Asamblea destituir al presidente en caso de problemas abre otras vías, no necesariamente más pacíficas, y es por eso que en Bolivia la calle siempre ha sido clave.
En Bolivia resolveremos el acertijo presidencial en 9 días, en Perú en seis meses. Veremos si esto implica un nuevo comienzo bilateral después de unos años de absoluto cortocircuito.
La paz de Trump
¿Qué pasó?
Israel aceptó el plan de entrega de rehenes presentado por Hamás en el marco del acuerdo presentado e impulsado por Donald Trump quien sabe si para lograr la paz o para ganar el Nobel. Lo que procedió fue el repliegue de las tropas israelíes hasta el punto acordado, aunque Trump celebró el fin de la guerra.
- Lea también: Israel dice que ha iniciado el alto al fuego en Gaza
¿Y ahora qué?
Pese al entusiasmo de Trump con el acuerdo de paz, Netanyahu no lo ve tan claro. La retirada israelí abre un espacio de 72 horas para devolver a todos los rehenes vivos o muertos, algo en lo que el primer ministro israelí apenas confía. Además, ya ha advertido que los siguientes puntos son también cruciales: que Hamás entregue las armas y Gaza sea desmilitarizada. Verificar esto es complicado y Netanyahu, y los dos partidos más a la derecha aún que lo sostienen, sólo confían en sus propias verificaciones.
Esto no es la primera vez que pasa. La tregua de enero, poco antes de la asunción de Trump, contemplaba esencialmente lo mismo y Netanyahu la rompió unilateralmente, por lo que el optimismo se basaría, en todo caso, en la capacidad de Trump de tutelar el acuerdo y de que Israel acepte la verificación de Estados Unidos. Complicado.
Más allá de la suerte que corra el acuerdo de paz, se ha puesto de nuevo sobre la mesa el rol de la Asamblea General de Naciones Unidas para presionar a las partes, y también la acumulación de protestas civiles y cívicas a lo largo del globo que se han venido concentrando desde el mes de agosto. En cualquier caso, la duda es la misma. ¿Será un punto final?
- Lea también: Análisis: la guerra de Israel en Gaza no ha terminado, pero por primera vez hay una posibilidad realista de acabarla
Para seguir: La suerte de Macron
Entre toda la variedad de regímenes políticos que existe en el mundo, el de Francia es uno de los más controvertidos y, tal como se está demostrando, ineficiente. Se elige Presidente del Estado y se votan legisladores en dos momentos. Sobre esos resultados el Presidente encarga Gobierno a un primer ministro, pero el poder esencial lo sigue teniendo el Presidente. Macron emprende ya la recta final de segundo mandato. Finaliza en 2027 si no lo acorta, algo que empieza a cobrar fuerza: va por su quinto primer ministro en apenas tres años, lo que da cuenta de la inestabilidad.
- Lea también: El gobierno de Francia colapsó. ¿Qué sigue ahora?
Emanuel Macron fue electo presidente con apenas 40 años luego de convertirse en el niño prodigio de la política. Pasó de asesor económico de su antecesor, el socialista Francois Holande a ministro de Economía, y cuando fue consciente de su popularidad armó En Marche (EM, Emanuel Macron, el populismo corre por sus venas), una propuesta “centrista” que sirvió en 2017 de parapeto frente a la extrema derecha de los le Pen, que ya habían devorado a conservadores clásicos y republicanos y que no han dejado de crecer nunca.
Macron ha ganado todas sus elecciones agitando el fantasma de la ultraderecha, que en realidad recorre Europa de forma inexorable. Tras el fiasco de las europeas del pasado verano adelantó las legislativas y se conformó todo un frente entre socialistas, izquierdistas y centristas para frenar una vez más a Le Pen. Los socialistas le dieron el triunfo, pero Macron se niega a ceder espacios a otras fuerzas. Por eso sus Gobiernos no duran.
Macron, de personalidad extrovertida y con alto grado de megalomanía, siempre ha estado pendiente de proyectar su liderazgo exterior, lo que le ha dejado sonoros fiascos, como su fallido intento de negociar con Putin, el reconocimiento tardío de Palestina, el dedito con el que le humilló Erdogan o las mil veces que Trump lo ha ridiculizado.
El problema sin embargo lo tiene en la interna. Francia tiene uno de los más lujosos estados del bienestar que no puede pagar, pero que ningún francés está dispuesto a perder. Las reformas siempre acaban en derrotas mientras que la ultraderecha ha encontrado espacio culpando simplemente a la migración de todos los males.
La extrema derecha llama a la puerta del Eliseo desde el último baile de Jacques Chirac en 2002, donde tuvo enfrente a Le Pen padre, esencialmente un nazi de la vieja guardia amoldado a la democracia contra su voluntad. Chirac ganó con el 82% la segunda vuelta en aquella tesitura, Macron apenas con 58%. La tercera generación del Frente Nacional, está lista para tomar el poder, lo que tendrá consecuencias no sólo en Francia, sino en la propia configuración de la Unión Europea y en general, en el nuevo mapa multipolar que se está dibujando y donde cada país acabará tomando posiciones.
Macron se defiende, pero se le está acabando el tiempo y ni siquiera ha podido nombrar sucesor para la presidencia…
LAS RECOMENDADAS
La próxima semana nos concentraremos en las elecciones, así que salvo cataclismo mundial, nos vemos el 24 de octubre ya con nuevo presidente en Bolivia. Mientras les dejo estas recomendadas
- Esto de la BBC: "Carteles gringos": las pandillas que venden en EE.UU. la droga producida en América Latina (y por qué no tienen capos como "El Chapo")
- Esto de Eagleton: La deportación como estrategia de clase
- Esto de Nueva Sociedad: Tres años de Meloni, la cara amable de la extrema derecha
- Esto de Diálogo Político: Vacío de poder: ¿quién llena el espacio que deja Estados Unidos?
- Y por último este podcast: Cómo ve China el Orden Mundial
Muchas gracias por leernos.
Recuerden que pueden renovar su suscripción aquí y que esta es la mejor forma de proteger el periodismo independiente.
Nos vemos en las calles








