Mediterráneo: Los jaleos de la ONU
Éste texto pertenece a la Newsletter Mediterráneo que cada viernes distribuye el director Jesús Cantín con el análisis de la coyuntura internacional y su relación con Bolivia. Si quieres recibirlo directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas, disculpen la tardanza
Esta semana es irremediable hacer un monográfico de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el gran escenario de la geopolítica mundial que como cada año, ha tenido lugar en Nueva York y que si alguna vez fue un teatro, últimamente es cada vez más un circo.
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No corren buenos tiempos para el multilateralismo, aunque su propia definición lleva a error, pues la ONU nunca fue lo que dijo que era. Los desequilibrios mundiales y los intereses hegemónicos siempre han estado presentes, también las desavenencias bilaterales y por supuesto las dos esferas de la Guerra Fría, pero nunca como ahora había sufrido tal desgaste resultado de sus erráticas funciones, pero sobre todo, por el azote al que la someten aquellos que necesitan enemigos y articular conspiraciones para justificar sus propias incapacidades. O egoísmos.
En la ONU (1945) siempre ha mandado el Consejo de Seguridad, y concretamente, los cinco países de asiento permanente y derecho de veto. Todos ellos vencedores de la II Guerra Mundial, aunque con historias particulares. En los años del telón de acero tres conformaban la órbita capitalista – Estados Unidos, Francia e Inglaterra – y dos la comunista –entonces la Unión Soviética y China, por entonces mal avenidos -, pero no siempre fue así: en 1971 se determinó conceder la representación a la República Popular China y no a la República de China que tras la guerra civil (1949)había quedado atrincherada en Taiwán hasta hoy. Este fue uno de los primeros movimientos de una “leyenda” como Henry Kissinger para contrarrestar a los soviéticos que, además, le salió bien: chinos y soviéticos nunca llegaron a entenderse.
Por otro lado, la Rusia de Vladimir Putin heredó el asiento de la Unión Soviética, y aunque no tiene nada de marxista leninista, sí es un enamorado de Pedro el Grande y toda la historia imperial que siempre ha atravesado y conformado al país más grande del mundo, y prácticamente toda la acción de su larguísimo gobierno tiene esa vocación.
Estados Unidos ya sabía muy bien cuál era su papel en 1945 y lo ejerció a toda costa hasta después de la caída del muro: las libertades eran la “piedra angular” desdeñando el bien común, pero también la igualdad de oportunidades. Inglaterra y Francia no tardaron de entrar en un largo declive amortiguado por la conformación de la Unión Europea, que visto ya en perspectiva, no ha logrado contener. Aun así la ONU, con sede en Nueva York, era territorio conquistado por occidente donde los “comunistas” acudían a regañadientes.
Todo empezó a cambiar a partir de la caída del muro. Los bloques se diluyeron y aunque quedaba una China enorme, su pobreza seguía siendo magnánima. El sistema capitalista y su visión “triunfó” pero se quedó sin contrincante. Ni bien se inició el siglo se empezaron a evidenciar las debilidades de la “libertad” como sistema en un mundo sin enemigo – cuya existencia acababa justificando la intervención del Estado para construir, por ejemplo, un fabuloso sistema del bienestar en Europa y unas poderosísimas empresas globales en Estados Unidos – surgió la “guerra contra el Terrorismo” y la conformación de un mundo más vigilado y con ciudadanos más miedosos.
La ONU se quiso ocupar entonces del que parecía el gran problema mundial: el calentamiento global que amenazaba la pervivencia del planeta. Los discursos apocalípticos movilizaron agendas, pero los grandes poderes se sintieron amenazados. El hecho de ir corriendo a cada rato las fechas del colapso tampoco ayudaron. Frente a un hecho objetivo: calentamiento global, alguien decidió que era mejor llamarlo “cambio climático”, porque cambio “moviliza”, pero sobre todo, se puede estar a favor o en contra.
Aun así, occidente siempre tuvo la ONU por el mango y bajo su control, pero del caldo populista cocinado a base de desigualdad social e hipocresía belicista surgieron nuevos líderes críticos, muchas veces a lomos de teorías de conspiración que funcionan hermosamente en el contexto de las redes sociales y grupos de WhatsApp familiares.
Toda la vida ha sido normal que los líderes de países pobres y emergentes criticaran desde la tribuna a la organización y en concreto, al poder de Estados Unidos en él. Que hoy sea Donald Trump el principal azote y enfrente absolutamente todos los consensos alcanzados en su seno no deja de ser paradigmático.
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Trataremos pues de repasar algunos de los hechos más relevantes de lo que ha pasado en la sede que de nuevo parece se tambalea, aunque siempre acaba encontrando sus modos.
¿Qué pasó?
Varios temas han acaparado titulares: casi todos los líderes han mostrado posiciones sobre Gaza condenando a Israel – incluso el Rey de España, constitucionalmente tibio, habló nítidamente del horror de asesinar a 20.000 niños, porque evidentemente, no se puede ser neutral ante eso -, sin embargo la posibilidad de que salga adelante una resolución de condena en el Consejo de Seguridad que sirva de paraguas a los países para tomar medidas más duras contra Israel son remotas.
Inglaterra, Francia y Canadá han dado el paso de “reconocer” el Estado Palestino lo que quiera que eso signifique… La mayoría de los líderes abandonaron la Asamblea esta mañana, justo cuando llegó Netanyahu. Aprovechó su turno para extender las acusaciones de antisemitismo como defensa.
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Varios presidentes sudamericanos se despedían de la ONU en esta edición, entre ellos Luis Arce, cuyo discurso pasó sin pena ni gloria. Si tuvieron minutos un Gabriel Boric que pidió juicio internacional para Netanyahu y presentó la candidatura de Michele Bachelet a la secretaría general y sobre todo Gustavo Petro, que condensó en su intervención todas sus habituales batallas con la grandilocuencia que nos tiene acostumbrados.
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Petro puso sobre la mesa el asunto de la impunidad con laque viene actuando Israel en Gaza y Estados Unidos en el Caribe, reivindicando a los 17 jóvenes asesinados por misiles de los marines por transportar en unas lanchas lo que se supone era droga. Juicio sumarísimo y ejecución televisada porque “es Venezuela”. El presidente colombiano advirtió que los grandes narcotraficantes a los que hay que combatir no están precisamente en las barcazas, sino en lujosos salones de Dubai, Madrid y Miami.
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Otro asunto que ha acaparado menos portadas de las merecidas es el blanqueamiento de Al Jolani (su nombre de guerra), quien pasó sin solución de continuidad de líder de Al Qaeda y ejecutor del ISIS en Siria a presidente tras la ofensiva que acabó definitivamente con Al Asad tras una década de guerra civil. La Unión Europea y altos funcionarios de Estados Unidos se reunieron con él y le prometieron ayudas y todo tipo de soporte.
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En cualquier caso, el protagonista absoluto fue Donald Trump que en algo menos de una hora, esencialmente, dio por liquidada la institución. Empezó como casi siempre elogiándose a sí mismo y hablando de siete guerras que ha detenido y que nadie sabe dónde; atacó a la ONU por “no ayudarle” y por el apoyo que da a la migración y vapuleó a Europa: “sus países se están yendo al infierno” y, en general, burlándose de su debilidad. Además volvió a hacer guiños sobre Ucrania, que siempre acaban en nada. Apenas se refirió a los ataques en el mar Caribe o a la presión sobre Venezuela o a Gaza pese al encendido discurso de Petro la jornada anterior. Por último lanzó toda su artillería contra el objetivo central de la ONU con el cambio climático, hablando de “la estafa verde” luego de declarar literalmente su amor al “lindo carbón”.
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Hacía tiempo que una Asamblea General de la ONU no despertaba tanto interés y dejaba tantos titulares, pero eso no es precisamente bueno.
¿Y ahora qué?
Casi ningún analista cree que Trump vaya a abandonar Naciones Unidas, que en la práctica implicaría su colapso, pues ciertamente es uno de los grandes donantes, pero la posibilidad está sobre la mesa y las alternativas también se están desarrollando.
Europa sigue sin reaccionar a los menosprecios de Trump aunque asumen que tendrán que lidiar con Rusia en solitario, ahora que Vladimir Putin ha comprobado la inestabilidad de su némesis norteamericano y ha empezado a mandar drones “despistados” hacia fronteras calientes a ver qué pasa.
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Oriente Medio y Próximo están por capitular ante la ofensiva de Israel, que ha dejado en claro que bombardea cuando y donde quiere – se ha sumado esta semana Qatar y Yemen – con el apoyo de Estados Unidos – volvió a vetar resolución de condena en el Consejo de Seguridad, y lo seguirá haciendo –pero sobre todo de los otros gigantes de la región como Marruecos, Arabia Saudí o la propia Jordania y Egipto. La religión ya no es tan importante cuando se habla de negocios.
América Latina sigue a lo suyo, empeñado en magnificar las diferencias en lugar de abrazarse a lo que nos une, que es la mayoría. Sheinbaum ha encontrado fórmulas para contener a Trump mientras en el Caribe se van alineando. En el sur se vienen elecciones clave en los próximos seis meses en Bolivia, Chile, Colombia y Perú además de las legislativas de Argentina, sin aranceles todo bien, parecen decir, mientras siguen migrando las generaciones que tendrían que impulsar el desarrollo para sostener el sueño de no sé quién.
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La paradoja de Trump es que no tiene alternativa al sistema ONU, con su Banco Mundial, su FMI, su OMS, su Programa Mundial de Alimentos e incluso, su Corte Penal Internacional y que llevan 80 años siendo un fabuloso sistema de alineación, mientras que para el resto sí se está gestando una alternativa: Los BRICS, donde salvo Brasil, el resto de países (Rusia, India, China y Sudáfrica) son igual de escépticos con el cambio climático que Trump y están felices tejiendo relaciones Sur- Sur en base a los negocios y no a los supuestos valores que la ONU ha administrado a su criterio desde siempre.
Aunque parezcan una eternidad, Trump recién va por su octavo mes de mandato y le quedan otras tres Asamblea de la ONU para acabar de definir su posición. Mientras tanto, cualquier escenario es posible. Son los tiempos que vivimos.
¿Qué hay de lo nuestro?
El presidente Luis Arce también viajó a Nueva York para participar de la Asamblea y afortunadamente María Silvia Trigo hizo un resumen para Infobae, pues ni los medios públicos le dieron mayor atención en un momento en el que la noticia es el paradero de su hijo (y que tampoco cubren).
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Del primer Arce al que se despidió de la ONU el jueves hay un cambio sustancial: si en la primera Asamblea se mostró beligerante contralas formas en la que se estaban conformando los mercados de carbono bajo lógicas mercantilistas – que esencialmente hipoteca el desarrollo propio al venderlos derechos de emisión -, en su despedida abrazó el concepto. Por el medio, un problema de dólares en Bolivia que no ha sabido enfrentar.
De la actividad bilateral, la agenda fue pobre más allá de que sea un presidente de salida, desahuciado y sin posibilidades de redención. Se reunió con los cancilleres de Venezuela, Rusia e Irán, que sin duda no eran los más solicitados del evento y participó en el Grupo de Países en Desarrollo sin Litoral para el bienio 2025-2026”, bloque que Bolivia preside, y que hizo algo de sensibilización.
Arce sin embargo volvió a fallar al encuentro “En defensa dela democracia, lucha contra el extremismo”, liderado por presidentes de Brasil, Chile, Colombia, Uruguay y España y que tuvieron un momento informal entre la cumbre de Santiago de julio y la que se vendrá el año que viene en España. Arce nunca ha intentado fortalecer lazos con los presidentes más cercanos pese a la aparente afinidad ideológica.
El país está en el limbo político y económico y nada de lo que haga Luis Arce de aquí al cambio de mando parece que tendrá mayor trascendencia, aunque juegue cartas peligrosísimas, como sentarse en RT para asegurar que el país tendrá problemas “en el muy corto plazo”.
LAS RECOMENDADAS
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