Mediterráneo: La influencia y la injerencia
Este texto corresponde a la newsletter internacional Mediterráneo que cada viernes distribuye el director Jesús Cantín con el análisis de los hechos más relevantes en el panorama internacional y su conexión con Bolivia. Si quieres recibirlo en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas
Cerrado el primer ciclo electoral en Bolivia, que ha sido ciertamente extenuante, pero también revelador, retornamos hoy con el boletín Mediterráneo, una newsletter que nació con la vocación de acercar los grandes conflictos geopolíticos mundiales a este pedazo de tierra enclaustrada en el corazón de Sudamérica, pero que sin hacer demasiado al respecto, se ve afectado por todos ellos de una u otra manera aun sin ser conscientes.
Los resultados de esta última elección son un buen ejemplo de ello. Los analistas internos aseguraban que el clivaje (ese palabrejo que aman los estrategas modernos) sería la economía, pero lo cierto es que ha vuelto a serla identidad. Casi nadie vota con la cabeza. Aún así, algunas de las pulsiones que desde las redes están educando a nuestros jóvenes aun sin demasiadas referencias en su contexto, han sido claves.
Por ejemplo, hace una década nadie quería ya hablar de izquierda y derecha y sí “de los problemas de la gente”, hasta que el trumpismo redefinió el concepto de libertad sobre el clivaje (otra vez) buenos y malos y apareció un tal Javier Milei al grito de “zurdos de mierda” “destruiremos el Estado”. En la última parte de la campaña, el tutismo ha reivindicado para sí la derecha y ha educado por la vía de la simplificación a miles de electores que abrazaban a un Doria Medina que no supo explicar sus incoherencias. Y perdió.
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El asunto va más allá. El MAS hace tiempo trata de reivindicar para sí una “izquierda” que en Bolivia no existe, al menos en el sentido que se plantea en las redes sociales y que condiciona al grueso de los votantes jóvenes. El movimiento popular que masivamente votó al MAS en 2005, 2009, 2014, 2019 y 2020 nunca quiso saber nada del Estado, ni de los impuestos, ni de la redistribución, ni de la Igualdad de Oportunidades, al menos no en los términos clásicos. Solo le piden al Estado que no se meta, y solo lo copan para garantizar el acceso a sus formas de hacer negocio – mineros, cocaleros, soyeros, gremiales, transportistas, etc., - sin dar explicaciones. Alguien en el MAS compró la idea de que eso era la izquierda y alguien en las redes ha acabado por caracterizar los 20 años de gobierno con algo que nunca existió convirtiendo a ese MAS en mala palabra y peor a Andrónico Rodríguez y su guardia garcialinerista. Nadie puede asegurar que un MAS unido definido a la izquierda hubiera vuelto a ganar, ni tampoco se puede asegurar lo contrario por el mero hecho de que la suma de los votos de sus facciones no sean mayoría. Seguiremos la evolución.
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La mayoría popular, sin embargo, seguía ahí, con toda su dignidad reivindicada y sin ser propiedad de nadie. Los Paz entendieron a la perfección que nunca votarían a la derecha y con el capitán Lara construyeron una opción de “capitalismo para todos”, que habla su idioma, que ganó la primera vuelta y que sigue teniendo mayores opciones ante la segunda, sobre todo si la estrategia de campaña de Tuto es agitar el miedo a las grandes mayorías.
Los debates sobre recursos naturales, sobre libertades, sobre soberanías y sobre derechos acaban impactando en mayor o menor medida en el país, y por eso el Mediterráneo sigue teniendo sentido. Hoy hablaremos del despliegue de EEUU en el mar Caribe; de la extraña estrategia de Trump en todos los frentes, y particularmente con Rusia, y del clima de alta tensión en Colombia, además ponemos en el foco de futuro lo que se viene en Argentina.
Narco, Trump y Venezuela
¿Qué pasó?
Tres buques de guerra y unos 4.000 militares. Ese es el despliegue que ordenó EE.UU. cerca de las costas de Venezuela. La Casa Blanca asegura que su objetivo es combatir el tráfico de drogas, pero el Gobierno de Nicolás Maduro, por quien Washington ofrece una recompensa de 50 millones de dólares al vincularlo al cartel de los Soles, ha advertido de una "amenaza regional”, Brasil, Colombia y Bolivia han cuestionado duramente esta acción e incluso la OEA, tan tibiamente como siempre, ha pedido “coordinación” a través de su secretario General Albert Ramdin del que se esperaba algo más: “no voy a opinar de asuntos bilaterales”, dijo.
¿Y ahora qué?
El asunto es extraordinariamente delicado por varios puntos. Estados Unidos alega una cuestión táctica de lucha contra el narcotráfico que varios expertos consideran poco operativa para tal fin, pero también escasa para cualquier otro tipo de operación que requiera retaguardia.
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La idea de ver marines desembarcando en las costas de Venezuela y avanzando hacia el centro de Caracas parecía ciencia ficción hace unos años, pero hace unos meses que se viene trabajando en apuntalar las condiciones que la “justifiquen”. Algo así como las armas de destrucción masiva en Irak.
Estados Unidos reconoce y tiene relaciones con numerosos dictadores y presidentes cuestionados en todo el mundo. Entre ellos Vladimir Putin y el propio Zelenski, por lo que argumentar la falta de legitimidad de Maduro por las elecciones de hace un año parece demasiado ligero.
Por otro lado, Trump eligió como secretario de Estado a Marco Rubio, que lejos de ser un halcón del Pentágono es más un operador del intervencionismo clásico y que tiene a Cuba y Venezuela en lo más alto de su lista de objetivos a cumplir en el cargo. Apenas tiene papel en las relaciones con la OTAN o la relación con China o Rusia. Derrocar a Maduro es su misión y en eso está trabajando.
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El otro papel es económico. Donald Trump quiere petróleo barato durante su legislatura. Se lo ha dicho a Arabia Saudita y también a Irán y al propio Putin. 50 dólares por barril mientras acaba de ejecutar su supuesto plan de repatriar industrias y reordenar aranceles. La producción de petróleo pesado de Venezuela se ha hundido por el embargo a las petroleras, que impide reparar sistemas ya obsoletos, pero sigue siendo la mayor reserva del mundo.
Casi una semana después del despliegue, para variar, la reacción del subcontinente es ninguna. La OEA se reunió para hablar pero su secretario General consideró que es “un tema bilateral” aunque la seguridad regional, también dijo, no lo sea. Unasur, Celac y cualquier otra institución ni siquiera se ha movido.
Según lo evidenciado por Trump en los pocos meses que lleva de mandato – aunque parezca una eternidad – sus amenazas apenas se materializan. Normalizar la situación parece ser el plan, meterlo en el subsconsciente de la región el que eso podría pasar. Los más audaces señalan que es la retaguardia para un posible alzamiento interno del cual, por el momento, no hay evidencias.
¿Y qué hay de lo nuestro?
Luis Arce apostó por el vínculo con Nicolás Maduro frente a Lula, Petro o Boric que podía haber sido mucho más fructífero. Sin embargo, en los momentos clave, tampoco se han mostrado cercanos. Arce no fue a la posesión de maduro para no colocarse en el eje con Ortega y Díaz Canel y Maduro tampoco vino al Bicentenario de Bolivia por razones no explicadas.
En la crisis actual se repiten roles. Más allá de algunos comunicados, no hay más movimientos tácticos ni se toman previsiones específicas, como si han anunciado, por ejemplo, Brasil y Colombia.
La imagen de Maduro y su régimen está tan deteriorada que ni sus aliados ponen la mano en el fuego, pero hablar de intervención, como en el siglo XX, son palabras mayores.
Las cesiones de Trump
¿Qué pasó?
Donald Trump y Vladimir Putin se encontraron en Alaska el pasado fin de semana, donde acordaron nada. Putin exige el control de Donetsk, Lugansk además de Crimea y el compromiso de la OTAN de que Ucrania no entrará. Así se lo ha explicado Trump a los “líderes europeos” y al propio Zelenski en una reunión convocada en el despacho oval donde todos se vieron muy pequeñitos.
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¿Y ahora qué?
Zelenski se negó y Europa hizo lo de siempre. Ya ni siquiera extraña que acepten esas formas humillantes que dispensa el mandatario estadounidense: Europa ha sido el único gran socio comercial de EEUU que ha aceptado sin rechistar las condiciones de Trump en el acuerdo comercial: 15x0 en aranceles, además de comprometer extraordinarios montos de compra de energía y armas en los próximos años.
No pasa nada de esto con México ni con China, por ejemplo, donde los plazos para negociar se siguen ampliando y ampliando para sorpresa de nadie. La enésima “fecha fatal” del 2 de agosto se convirtió en la enésima prórroga.
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Putin lo sabe, como también sabe que apuesta siempre por “el fuerte”. Lo hace en el conflicto de Oriente Medio, donde Israel manda, pero también lo hizo en conflictos de otra naturaleza ya en su anterior gestión, cuando negoció con los talibanes directamente excluyendo al débil gobierno afgano que ellos mismos habían impuesto.
La estrategia ambivalente de Trump compromete la posición de Ucrania. La posibilidad de que el país ceda parte de su territorio a Rusia sin garantías claras de seguridad lo dejaría más expuesto ante una nueva agresión rusa y animaría a Putin a realizar nuevas reclamaciones. Al mismo tiempo, abriría una crisis en Kiev, debido a los impedimentos legales y al rechazo del nacionalismo ucraniano.
Todo esto afecta a la propia credibilidad de Washington, si es que todavía le queda alguna, y alimenta consciente o inconscientemente la fortaleza de los BRICS. Las sanciones a India y Brasil, por ejemplo, han hecho que Nareta Modi recomponga relaciones con Pekín y que Lula empiece a decantarse después de muchos meses haciendo equilibrios.
¿Qué hay de lo nuestro?
No parece que ahora mismo alguna parte del territorio boliviano esté amenazado por una invasión extranjera que probablemente Trump justificaría y la OEA miraría de costadito, afortunadamente la cuestión de Tarija ya se cerró y no queda gas, parece.
Que fluya el diálogo entre Trump y Putin se interpreta que no habrá grandes movimientos en el precio del petróleo. De hecho Trump lo quiere a cincuenta dólares, algo que sería ciertamente amigable para las arcas del Tesoro General de la Nación (TGN). Además disipa posibilidades de sanciones que podrían afectarnos indirectamente en el mismo rubro, pues aunque el gobierno niega que se trate de petróleo ruso el que entra por Iquique, los barcos sí lo son.
Colombia: Vuelven las bombas
¿Qué pasó?
Dos explosiones en dos de los principales departamentos de Colombia sacudieron el jueves el país. El primero, a las 10:30 de la mañana, ocurrió en el municipio de Amalfi, Antioquia, donde un helicóptero de la Policía fue destruido por un ataque del Frente 36 de la facción de disidencias de “Calarcá”, dejando a 13 policías muertos. El segundo, sobre las 3:00 pm, ocurrió en la ciudad de Cali, Valle, donde un camión bomba que tenía como objetivo la base aérea Marco Fidel Suárez explotó en la calle, dejó cinco personas muertas, y a más de 70 heridas.
¿Y ahora qué?
La irrupción de la violencia en la parte final de la presidencia de Gustavo Petro – hay elecciones en mayo y no puede candidatear constitucionalmente – tienen doble interpretación: una es advertir al que viene, otra apurar al que se va.
Por el momento Petro ya ha cambiado radicalmente su discurso respecto al inicio de la legislatura, cuando consideraba a las disidencias de las FARC grupos rebeldes y legítimos interlocutores. Ayer dejó claro que se trata de “grupos narcotraficantes y terroristas”.
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Hace tiempo que se vienen registrando movimientos en la costa pacífica de grupos que operan entre Colombia, Ecuador e incluso Perú donde la lucha por los territorios incluye también la lucha con las fuerzas del orden.
Petro no va a ir a la reelección y no se ha elegido sucesor en la alianza que lo llevó a la presidencia y que él espera consolidar como partido político estable. Tradicionalmente el discurso contra la violencia beneficia a las derechas y ha perjudicado siempre a la izquierda, que solo ha llegado al poder después de que las FARC se desarticularan. Petro quiere pelear el encuadre sin perder el foco en las políticas sociales, que son las que le han consolidado en el poder.
Para seguir: Argentina, ofensiva final
La campaña por las legislativas en la Argentina está al rojo vivo no solo en las redes, sino en las cámaras. Este año se ha consolidado un acuerdo entre el peronismo kirchnerista, de provincias, y algunos díscolos del PRO que han impulsado leyes en favor de colectivos más vulnerables, principalmente personas con discapacidad y jubilados, cuyo poder adquisitivo ha caído en picado. Milei, sin embargo, no está dispuesto a ceder en su cruzada contra el déficit cero y los recortes fiscales y no le ha temblado la mano para vetarlo después de pasar por el hemiciclo. La oposición ha tratado de eludir el veto, pero el desenlace es incierto.
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El asunto es clave pues lo que está en juego son las bancas que le permitirían a Milei apuntalar su proyecto con reformas de fondo en el Legislativo. El otro tema es el de la corrupción, que a Milei le costaría carísimo, y que ya empieza a aparecer en determinadas parcelas del gobierno.
El 26 de octubre se tomará el pulso real a la opinión de los argentinos aun cuando el peronismo no ha logrado regenerarse y con Macri aliado a Milei en Buenos Aires, apenas existen alternativas democráticas nuevas.
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Milei ha cumplido con sus principales promesas: frenar la inflación y levantar el cepo del dólar (para particulares). Lo ha hecho a costa de muchos sacrificios de las clases medias, principalmente jubilados, asalariados y estudiantes. En octubre, probablemente, Argentina se juega su futuro inmediato.
LAS RECOMENDADAS
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