Mediterráneo: Rusia va en serio



Habíamos empezado ya a escribir esta newsletter con el asunto de Rusia como eje de la conversación cuando transcendió la noticia de la muerte del principal opositor a Putin, Alexander Navalni en una de las cárceles de seguridad controladas por el Kremlin. Blanco y en botella.
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Entre el 15 y el 17 de marzo se celebrarán las elecciones rusas – para las que Navalni ya estaba inhabilitado - en un formato surrealista que sería impensable en cualquier otro país por aquello de las sospechas de acarreo, pero que en los dominios de Putin preocupa poco: nadie alberga la mínima duda sobre quien resultará elegido una vez que el mandatario confirmó su intención de concurrir a la reelección. A sus 71 años, Putin lleva en el poder desde mayo de 2000.
Hubo un tiempo en el que Putin era un buen aliado de occidente pues no había ningún rastro de sospecha de tener alguna filia soviética pese a su formación en la KGB. El ruso garantizaba gas para Europa y era también un aliado en la guerra contra el terrorismo islámico al que había que soportar algún exceso nacionalista de vez en cuando. Todos los líderes mundiales paseaban por el Kremlin y las películas de Hollywood convirtieron en chinos chinísimos a sus malvados.
Decir que Putin ha cambiado sería incorrecto. La lógica política rusa siempre fue imperial y totalitaria y como tal se han comportado sus gobiernos desde siempre. Cuentan los cronistas que ningún ruso en la Guerra Mundial creyó que se hizo lo que se hizo para extender el comunismo, sino para ampliar el poder de Rusia, y en esa lógica, la caída del muro y las dos décadas de contracción posteriores nunca han sido entendidas como una derrota, sino como un parón táctico.
Obvio que hay opositores y críticos, pero los menos, y por si acaso, Putin no hace ningún asco a aplicar las mismas fórmulas que conocemos por estos lados: represión total y criminalización combinada con la cara de cartón para pasar el trago de las condenas en los foros internacionales. Navalni es el último ejemplo de una política que Putin inauguró ya en su primer mandato con el hombre más rico de Rusia, Mijaíl Jodorkovski, encarcelado en Siberia en 2003.

Rusia llevaba años advirtiendo a la OTAN sobre los incumplimientos de los compromisos que desmantelaron la URSS, y Ucrania en particular, donde los rusos identifican sus raíces étnicas y culturales se convirtió en campo de batalla. En 2014 con el Maidan y la invasión de Crimea quedó claro que el pulso iba en serio.
Rusia no puede ganar ni puede perder la “operación especial” en Ucrania, que de momento Putin considera cumplida con la anexión de Donetsk y Lugansk pero no finalizada en tanto espera una capitulación de Ucrania consciente de que puede mantener un grueso de mercenarios en esas tierras que le impida no retroceder.
La prensa occidental no lo dice, pero Rusia va ganando en el objetivo profundo: las lógicas del Orden Mundial están cambiando y son ya muchos los países dispuestos a desafiar el bien quedar en el marco de las Naciones Unidas a cambio de acuerdos interesantes o posiciones geoestratégicas más cubiertas. Bolivia es una de esas.
Todas las medidas económicas y sanciones impuestas por Europa y Estados Unidos contra el Kremlin han sido amortizadas, Rusia sigue vendiendo su petróleo en integridad, aunque ahora en el mercado asiático; Rusia ha nacionalizado sin pagar muchas empresas extranjeras que operaban en el país y que han huido por las sanciones y Rusia tiene a los norteamericanos calculando sus próximos pasos con los presupuestos para financiar la guerra de Ucrania bloqueados por los Republicanos al mismo tiempo que ha abierto una grieta definitiva en Europa: Esta semana Putin ha puesto en busca y captura a la primera ministra de Estonia, lo que supone una amenaza directa a los pequeños países del Báltico que han acelerado su ingreso en la OTAN hace unos años buscando protección. La derivada es aún mayor: Mientras Biden intenta remar y apaciguar, Trump ha culpado a esos mismos países de Europa de su destino por no cumplir el compromiso de gastar el 2% en Defensa: “Que Rusia haga lo que quiera” ha dicho el más que probable futuro presidente de los Estados Unidos levantando una polvareda tremenda.
Los expertos en geoestrategia mundial insisten en que Rusia no es la verdadera amenaza para el Orden Mundial (establecido por la ONU – OTAN) y apuntan a China, pero lo cierto es que el país más extenso del mundo no tiene ni el PIB ni el Ejército suficiente para lanzarse a conquistar el mundo y aún así, con sus medios limitados, ha ganado gran influencia en el corazón de África, gracias en parte a los muchos años en los que Europa ha contratado a los grupos de mercenarios rusos como Wagner para mantener el control de sus “inversiones” – germinadas en la colonia -.
Rusia también se ha extendido por Sudamérica, aunque con inversiones mucho más modestas, y justamente es Bolivia la que hace de cabeza de playa con acuerdos sobre el litio, sobre medicina nuclear y con la gigantesca Gazprom sacando toda la información geológica de nuestras entrañas. Se trata del país con relaciones más sencillas y voluminosas, aunque la balanza comercial ronde apenas los 100 millones de dólares. ¿Tendrá Putin algún interés en sostener al gobierno de Arce vía inyección económica en dólares tal vez a cambio de la exclusividad en el negocio? Lo veremos.
De momento nadie contempla que Rusia pueda desatar una guerra convencional a escala planetaria, pero su comportamiento indica que la fuerza nuclear le sigue dando la seguridad que le falta en todo lo demás.
Democracia y otros golpes muy breves

Algo pasa con Petro: Los mandatos en Colombia son demasiado cortos, y si has dedicado una vida entera a alcanzarlo, como en el caso de Gustavo Petro, la ansiedad por el cambio y su contraste con el calendario puede llevar a situaciones esperpénticas. El tono con el que se emplea en redes sociales puede ser solo un síntoma de que algo no va bien…
Algo pasa con Lula: El presidente de Brasil retornó al poder con el mandato de hacer olvidar a Jair Bolsonaro, y él mismo soñaba con el manejo exhaustivo de los medios de la comunidad internacional, pero lo cierto es que pasa demasiado tiempo dando sentido a un gobierno de coalición que no le permite muchas florituras, es decir, pasa el tiempo encerrado para dentro.
Algo pasa con el continente: Los problema de Lula y los problema de Petro vienen a sumar en una dirección: Nadie quiere llevarse un susto y lo están pagando las organizaciones continentales tipo Unasur o Celag, que requieren de los esfuerzos políticos de aquellos que profesan ideologías similares,… A los que no quieren que nada se construya, ya les viene bien.