Chile: abrir la puerta sin cerrar la agenda del mar

La visita de José Antonio Kast puede inaugurar una etapa útil para Bolivia, siempre que el comercio y la cooperación no se confundan con el olvido ni en un mero apéndice del Escudo de las Américas

Bolivia tiene razones para buscar una relación más constructiva con Chile. La vecindad no se puede cambiar y la historia no puede condenarnos a vivir de espaldas. El encuentro entre Rodrigo Paz y José Antonio Kast ofrece una oportunidad para avanzar en comercio, energía, transporte y cooperación fronteriza. Sería un error desperdiciarla por desconfianza automática, pero también creer que el acercamiento cierra una cuestión central de nuestra historia.

La mediterraneidad boliviana no es una consigna que pueda archivarse por conveniencia diplomática. Es una realidad geográfica, económica y política que condiciona nuestra conexión con el Pacífico y forma parte de la memoria colectiva. En 2018, la Corte Internacional de Justicia determinó que Chile no había asumido una obligación jurídica de negociar un acceso soberano al mar para Bolivia. No declaró, sin embargo, que el diálogo estuviera prohibido ni que nuestro país debiera abandonar su aspiración. La Corte dejó abierta la posibilidad de que ambos continuaran conversando de buena vecindad sobre la mediterraneidad.

Ese matiz importa. Bolivia debe asumir el escenario jurídico, pero no convertir un fallo adverso en una renuncia política. La reivindicación necesita una estrategia de largo plazo, sustentada en argumentos y consistencia diplomática. No se fortalece repitiendo agravios ni convirtiendo cada diferencia en una afrenta; tampoco guardando silencio para no incomodar al vecino.

La reivindicación marítima sigue pendiente, pero debe sostenerse con realismo, firmeza y una diplomacia sin victimismos.

Durante demasiado tiempo, el debate marítimo ha oscilado entre el triunfalismo y la frustración. A veces se usa para la política interna, como si la firmeza se midiera por el tono de los discursos; otras, se lo trata como una carga que convendría dejar atrás para facilitar negocios. Ambas posiciones simplifican un asunto que exige madurez: defender el interés nacional implica saber qué se puede negociar hoy y qué objetivos deben mantenerse.

El contexto hoy, además, se ha enrarecido con la alineación casi automática y sin deliberación tanto de Chile como de Bolivia con el “Escudo de las Américas”, que Donald Trump define sin reparos como una “alianza militar” para luchar contra el narcotráfico y proteger recursos estratégicos en el cono sur. La posibilidad de que los intereses nacionales se diluyan en esa otra estrategia existe.

Hay además un caso que se está convirtiendo en quebradero de cabeza por sus implicaciones: El caso de la madera retenida en Arica, donde se investigan presuntas irregularidades vinculadas a sustancias ilícitas, debería esclarecerse con pruebas y debido proceso. Bolivia tiene derecho a exigir información y garantías para sus exportadores, sin adelantar culpabilidades ni debilitar la cooperación contra el narcotráfico.

Mientras se aclarar el rol definitivo, la agenda bilateral debería producir beneficios verificables: mejorar los pasos fronterizos, agilizar el tránsito de mercancías, dar certidumbre a los exportadores y avanzar en conectividad energética y de transporte. Para Tarija y el país, una relación comercial más fluida puede abrir oportunidades si los acuerdos se traducen en plazos, inversiones y responsables. Una declaración no construye una carretera ni resuelve una demora aduanera.

La cooperación tampoco debe limitarse a los anuncios. La gestión del Silala, la protección ambiental fronteriza, la atención de urgencias médicas y el trato digno a los migrantes son asuntos donde el diálogo técnico puede mejorar vidas. La buena vecindad se demuestra resolviendo problemas reales.

Rodrigo Paz tiene una tarea doble: fortalecer la relación bilateral y explicar al país que pragmatismo no significa desmemoria. Una diplomacia seria no necesita convertir cada reunión en una disputa histórica, pero tampoco debe ocultar las diferencias para exhibir una falsa armonía que agrade a un tercero. El mar debe seguir en la agenda, con la prudencia que impone el derecho internacional y la perseverancia que exige un interés nacional de largo plazo.

Chile no es responsable de resolver los desafíos económicos bolivianos, y Bolivia tampoco puede atribuirle sus limitaciones. Nos corresponde fortalecer la infraestructura, diversificar mercados y aprovechar las rutas disponibles. La relación debe tratarse con inteligencia: sin idealizaciones ni hostilidad automática, pero sin renunciar a plantear lo pendiente.

La visita de Kast será valiosa si inaugura una etapa de resultados, no si se agota en gestos. Bolivia puede mirar hacia adelante sin borrar el pasado; cooperar sin renunciar a sus principios y defender su aspiración marítima sin instalarse en el victimismo. Una agenda económica y una reivindicación histórica pueden convivir. Abrir la puerta al diálogo no significa cerrar la del mar.


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