Una sociedad que todavía les debe espacio a las mujeres

Bolivia no puede seguir reconociendo el esfuerzo de las mujeres en sus discursos mientras tolera el machismo en sus instituciones, sus hogares y sus espacios de decisión. La igualdad no es una concesión: es una deuda pendiente

En Bolivia, las mujeres siempre han trabajado. Han sostenido hogares, levantado negocios, cultivado la tierra, atendido mercados, cuidado a sus hijos y a sus mayores, y sacado adelante familias enteras incluso cuando les tocó hacerlo solas. Muchas han sido, además de madres, el único sostén económico de sus hogares. Otras han tenido que compatibilizar jornadas laborales con una segunda jornada doméstica que rara vez aparece en las estadísticas y casi nunca recibe reconocimiento.

Sin embargo, ese esfuerzo no siempre se traduce en igualdad de oportunidades, autonomía económica o participación en los espacios donde se toman las decisiones.

Seguimos viviendo en una sociedad profundamente marcada por el machismo. Una sociedad que todavía considera natural que las tareas domésticas recaigan principalmente sobre las mujeres, que cuestiona su autoridad cuando ocupan puestos de responsabilidad y que con demasiada frecuencia tolera comentarios, actitudes y comportamientos que difícilmente aceptaría si se dirigieran a un hombre.

El problema no se limita a las agresiones más evidentes. También está en los prejuicios cotidianos, en las oportunidades que se cierran, en las capacidades que se ponen en duda y en la costumbre de exigir a las mujeres que demuestren constantemente que merecen el lugar que ocupan.

Por eso necesitamos abrir más espacios para ellas. En la política, en las empresas, en las instituciones públicas, en la academia, en los medios de comunicación y en todos los ámbitos donde se define el rumbo del país. No como un gesto de generosidad ni para cumplir una formalidad, sino porque ninguna sociedad puede permitirse desperdiciar el talento de la mitad de su población.

Tampoco basta con promover su presencia. Hay que garantizar que puedan ejercer sus responsabilidades sin sufrir acoso, discriminación, violencia o cuestionamientos basados en su género. Una mujer que llega a un cargo de poder y debe dedicar parte de su energía a defenderse del machismo no está compitiendo en condiciones de igualdad.

La transformación también empieza en casa. La corresponsabilidad en los cuidados, la educación de niños y adolescentes en el respeto y la revisión de esos roles que se transmiten de generación en generación son parte de la solución. No podemos exigir igualdad en los espacios públicos si mantenemos la desigualdad dentro de nuestros hogares.

Abrir más espacios para las mujeres no es quitarle oportunidades a nadie. Es dejar de desperdiciar las capacidades de todo un país

Y debemos reconocer que no todas las mujeres enfrentan las mismas dificultades. La pobreza, la informalidad laboral, la ruralidad y la falta de acceso a servicios agravan las barreras que muchas deben superar. Para una mujer que sostiene sola a su familia, la igualdad también significa contar con empleo digno, protección social, servicios de cuidado y oportunidades reales para progresar.

Bolivia necesita aprovechar toda su capacidad humana para construir una economía más dinámica y una sociedad más justa. Eso exige dejar atrás la idea de que las mujeres deben agradecer cada oportunidad que reciben. No les estamos haciendo un favor. Estamos reconociendo un derecho y corrigiendo una desigualdad.

El machismo no desaparecerá con una declaración institucional ni con una fecha conmemorativa. Se combate con educación, leyes que se cumplen, instituciones que protegen, oportunidades concretas y una decisión cotidiana de no normalizar aquello que durante demasiado tiempo se consideró aceptable.

Las mujeres bolivianas ya han demostrado lo que pueden hacer. Lo han hecho trabajando, emprendiendo, criando, estudiando, organizándose y sosteniendo hogares incluso en las circunstancias más adversas. Lo que falta no es que demuestren otra vez su capacidad. Lo que falta es que la sociedad deje de ponerles obstáculos.

Un país que exige a sus mujeres el doble para reconocerles la mitad no puede considerarse plenamente desarrollado. Y una sociedad que descansa sobre el trabajo de las mujeres, pero les niega igualdad de oportunidades, está siendo profundamente injusta consigo misma.


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