Paz y la ideología de la no ideología
Rodrigo Paz volvió a decir ante Naciones Unidas que “la ideología no da de comer”, pero gobernar también consiste en tener principios, valores y una idea reconocible de país
Hace diez años era frecuente escuchar a políticos por todo el mundo decir que ellos no eran ni de izquierda ni de derecha. Que las ideologías habían muerto. Que había que gobernar con pragmatismo y ocuparse de las cosas importantes: empleo, producción, inversión. Parecía entonces una manera moderna de hacer política.
Hoy sucede todo lo contrario. Donald Trump no tiene ningún problema en hablar desde la derecha proteccionista y conservadora más dura. Javier Milei hace del anticomunismo su bandera. El propio Escudo de las Américas, al que Bolivia se incorporó, nació como una iniciativa de Trump con gobiernos latinoamericanos identificados con la derecha y con una agenda común de seguridad y combate al crimen organizado. El mismo martes el propio Trump felicitó a “sus amigos” por ser “muy bien de derecha”.
Y en ese escenario, el presidente Rodrigo Paz vuelve a insistir en que no tiene ideología y que lo mejor es no tener. ¿Qué habrán pensado esos supuestos aliados preferentes como Trump y Milei que pasan el día azotando socialistas?
Curiosamente, en lo que es casi una seña de identidad, en el mismo discurso atacó explícitamente al socialismo, cuestionó los veinte años anteriores de la política boliviana y presentó el “capitalismo para todos” como alternativa. ¿Qué será lo que entiende Paz Pereira por ideología?
Una ideología no es solamente una doctrina económica ni una etiqueta partidaria. También es un conjunto de valores, principios y convicciones desde los cuales se toman decisiones. No hay unos buenos y unos malos, simplemente conjuntos distintos desde los que acercarse a las soluciones pragmáticas y negociadas de la política, al menos cuando la política se trataba de eso y no de la aniquilación total del oponente que parece ser el asunto ahora.
No hay unos buenos y unos malos, simplemente conjuntos distintos desde los que acercarse a las soluciones pragmáticas y negociadas de la política, al menos cuando la política se trataba de eso y no de la aniquilación total del oponente que parece ser el asunto ahora
Un Gobierno puede ser pragmático. Puede negociar con Washington y con Pekín. Puede atraer capital privado y mantener empresas públicas. Puede defender la inversión extranjera y, al mismo tiempo, proteger determinados intereses nacionales. Lo que necesita, en cualquier caso, es saber qué principios no está dispuesto a negociar, porque si no los tiene, el problema ya no es el pragmatismo. Es la incertidumbre y esa sensación de que cada propuesta, medida o política puede apuntar a donde sea. No es eso precisamente buena base para crear la mentada “seguridad jurídica”.
¿En qué cree este Gobierno? ¿En un Estado pequeño o en un Estado fuerte? ¿En el mercado como regla general o en la intervención estatal cuando sea necesaria? ¿En una política exterior de subordinación o en una política exterior de equilibrio entre potencias? ¿En la apertura irrestricta a la inversión extranjera o en una estrategia de asociación con condiciones nacionales? ¿En la protección social como obligación del Estado o como consecuencia del crecimiento?
Las respuestas pueden ser discutibles. Pueden ser de derecha, de centro o de izquierda, pero deberían existir. Sin embargo, es pública y notoria la continua disonancia entre lo que se pregona y lo que se hace, y el simple hecho de que en las redes sea atacado desde posiciones ultra de izquierda y de derecha son una buena muestra de que su acción de gobierno no es reconocible.
También hay una cuestión personal e histórica que merece respeto. Rodrigo Paz creció políticamente en una tradición familiar marcada por la política. Su padre, Jaime Paz Zamora, fue presidente de Bolivia y dirigente del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria. Su tío Néstor Paz Zamora fue una figura de los 60-70 vinculada a la militancia revolucionaria que lo llevó precozmente a la tumba. Es verdad que la tradición familiar no compromete una obligación, pero de ahí a pretender ser “producto del TikTok” con tres décadas de ejercicio y una formación académica favorecida por esas condiciones familiares va un mundo.
Uno puede cambiar de ideas. Puede revisar las convicciones de su juventud. Puede abandonar una tradición familiar. Puede convertirse en liberal, socialista, conservador o anarquista. Lo que no debería hacer un Gobierno es obligar al país a adivinar qué principios lo guían. Porque la incertidumbre no solamente afecta a los ciudadanos. También afecta a los aliados, a los inversores y a los socios internacionales.
Bolivia no necesita otro Gobierno atrapado en dogmas, pero tampoco necesita un Gobierno sin brújula. La ideología no da de comer, es verdad, pero son los principios los que generan confianza. Y saber qué país se quiere construir también forma parte de gobernar.





