Paz en Nueva York

El Presidente llega a la Asamblea de la ONU en medio de una crisis energética y económica que golpea directamente a los bolivianos. Más que alinearse, Bolivia necesita defender sus intereses y reclamar paz.

El presidente Rodrigo Paz Pereira llegó con varios días de anticipación a Nueva York para participar de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su intervención en la plenaria está prevista para este jueves 24 de septiembre, mientras tanto, estos días sostiene reuniones bilaterales y contactos con altas autoridades estadounidenses, entre ellos Marco Rubio, el secretario de Estado y principal articulador de la “doctrina Donroe” y el “Escudo de las Américas”, que también recibió instrucciones ayer.

Para Paz, cada viaje se convierte en una oportunidad de buscar “platita”, aunque en Naciones Unidas normalmente se discuten otras cosas como la soberanía, la dignidad de los pueblos y la primacía de los derechos humanos sobre los intereses geoestratégicos. De esto el gobierno de Paz ha hablado muy poco en el país, mientras adoptaba una posición de subordinación total a Estados Unidos, que incluyó una acelerada recomposición de relaciones con Israel en plena ofensiva contra Gaza.

No sabemos de qué hablará Paz Pereira en la plenaria de la ONU el jueves, pero con seguridad tratará de no molestar al que considera su principal aliado, aunque hasta la fecha no se hayan encontrado “contrapartidas” con que defender el cambio de posición.

Mientras el Presidente prepara su discurso con mucha calma en Nueva York, en el país se acaba de eliminar completamente la subvención al diésel y el precio saltó hasta Bs 17,95 por litro poniendo en pie de guerra al transporte, pero, sobre todo, haciendo retemblar a los mercados y consumidores, que se preparan para lo que sea que tenga que venir.

El problema del alza de precios del crudo es global, aunque en Bolivia a Paz le haya parecido justo este el mejor momento para liberar el precio de los combustibles. Mientras Bolivia absorbe ese golpe, el mundo enfrenta una nueva crisis energética vinculada a la ofensiva interminable de Trump en Irán – ayer volvió a amenazar con la “extinción” por enésima vez - y al conflicto en otros puntos estratégicos. El petróleo y sus derivados están sometidos a una enorme volatilidad y los países están buscando respuestas para proteger a sus economías. En ese escenario, ¿no debería el presidente hablar de paz? ¿No debería haber instado al secretario de Estado a dejar de violentar el mundo provocando una tras otras crisis arancelarias, energéticas e inflacionarias? No se trata de recorrer el mundo pidiendo “platita” – como les dice a los pobres – o “inversiones con seguridad jurídica” – como les dice a los ricos -, sino de participar de los grandes debates que, además, nos afectan muy directamente.

Y es que para Bolivia la paz no es una abstracción diplomática - que debería enfocarse desde la dignidad en todos los casos -. Es también una cuestión económica. Cada conflicto que altera las rutas energéticas termina afectando el precio del combustible que importamos. Cada tensión en Medio Oriente puede terminar repercutiendo en el precio que paga un agricultor boliviano por trabajar su tierra o un transportista por mover alimentos.

Una relación internacional madura no consiste en decir siempre que sí al socio más poderoso y menos con un sujeto como Trump, acostumbrado a despreciar a todo el mundo hasta que topa con los autócratas a los que seguramente querría imitar.

Por eso resulta difícil entender una diplomacia que parece demasiado cómoda al lado de Donald Trump y, al mismo tiempo, demasiado tímida para plantear una posición propia frente a los conflictos que están golpeando al mundo.

Paz y Aramayo dicen tener una reunión estratégica con Estados Unidos, pero más allá de entregar las comunicaciones vía Starlink – como cada vez promociona el presidente –, alineado las inteligencias policiales y militares con las del Pentágono y haber aceptado cambios estructurales a medida de supuestos inversores extranjeros – que no se ven – vía crédito del FMI o leyes como la de Inversiones, lo cierto es que no hay nada más que justifique, por ejemplo, la hostilidad con China o Brasil.

Una relación internacional madura no consiste en decir siempre que sí al socio más poderoso y menos con un sujeto como Trump, acostumbrado a despreciar a todo el mundo hasta que topa con los autócratas a los que seguramente querría imitar.

Bolivia no puede ir a Naciones Unidas simplemente a escuchar lo que otros necesitan de Bolivia y a hacer ofertas a la medida en consecuencia. Naciones Unidas no es un espacio de mercadeo.

Bolivia necesita mercados, inversión, tecnología, financiamiento y cooperación, pero necesitamos sobre todo un escenario de paz y respeto donde se garantice la seguridad jurídica y energética – justo lo que se dice ofrecer en la nueva Bolivia – para relacionarse con soberanía.

La paz no significa neutralidad frente al crimen ni indiferencia ante las amenazas internacionales. Significa defender la diplomacia, el derecho internacional y las soluciones negociadas antes de que las guerras terminen convirtiéndose en inflación, escasez y sufrimiento para millones de personas.

La Asamblea General de la ONU es precisamente el lugar para decirlo.


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