Un reflejo de ti
Hay una verdad que los ojos guardan mejor que la boca: nadie ve belleza en otro que no reconozca primero en sí mismo.
Cuando alguien se detiene frente a ti y encuentra algo hermoso en tu mirada, no está descubriendo un misterio ajeno. Está reconociendo su propia luz, devuelta como el agua quieta de un lago devuelve el cielo. El agua no inventa las estrellas que refleja: solo tiene la calma suficiente para dejarlas ser vistas.
Así funciona el espíritu. Cuando tu corazón está en paz, como el agua sin viento, todo lo que se asoma a ti encuentra su propio rostro. Por eso dos personas pueden mirar el mismo fuego y una ve destrucción, mientras la otra ve calor que abriga. El fuego es el mismo. Lo que cambia es lo que cada quien lleva dentro para reconocer.
La tierra nos enseña esto sin palabras: no juzga a la semilla por su tamaño, porque sabe que dentro de cada una vive un árbol entero esperando.
Por eso, cuando alguien te diga que eres hermoso, hermosa, o que le devuelves calma, no lo tomes solo como un halago. Tómalo como una invitación a mirar hacia adentro, a preguntarte qué luz llevas encendida para que otros puedan reconocerla en tus ojos.
No busques ser el reflejo de nadie. Sé la calma, sé el agua quieta, sé el fuego que abriga. Todo lo demás, el ser visto, el ser amado, el ser recordado, llega solo, como llega el amanecer sobre el lago que no se movió toda la noche.





