San Roque, la esencia que camina por las calles
La Fiesta Grande vuelve a engalanar Tarija, y mientras los chunchos promesantes cumplen su devoción, la ciudad debe cuidar de la tradición
Hay momentos en los que una ciudad parece reconocerse a sí misma. Tarija vive uno de ellos cuando las calles comienzan a llenarse de música, pañuelos, colores y pasos acompasados; cuando la devoción se hace multitud y San Roque vuelve a caminar simbólicamente entre su gente. Llegan los días fuertes de la Fiesta Grande.
La festividad de San Roque es una de las expresiones más profundas de nuestra identidad. Es patrimonio, es tradición, es fe y también es una extraordinaria oportunidad para mostrar al país y al mundo aquello que hace particular a esta tierra. Miles de personas se acercan cada año atraídas por una celebración que ha trascendido nuestras fronteras y que forma parte del calendario cultural y turístico de Bolivia, pero conviene recordar algo precisamente ahora que la Fiesta Grande adquiere toda su dimensión: San Roque no es solamente turismo.
El turismo puede ser una consecuencia extraordinariamente positiva. Puede generar actividad económica, llenar hoteles, restaurantes y comercios, mover transporte y proyectar la imagen de Tarija. Todo eso importa y debe ser aprovechado con inteligencia, pero antes que producto turístico, San Roque es identidad.
Es la memoria de generaciones que han conservado una tradición y la han entregado a las siguientes. Es la promesa cumplida año tras año. Es la fe de quienes participan sin buscar otra recompensa que honrar al santo. Es una manera de entender la comunidad y de reconocerse como parte de algo que comenzó mucho antes que nosotros y que debería continuar mucho después.
El turismo puede ser una consecuencia extraordinariamente positiva, pero antes que producto turístico, San Roque es identidad.
Y en el centro de todo están los chunchos promesantes. Por eso, en estos días, corresponde también hacerles un pedido: Porten con dignidad aquello que representan.
El traje, el paso, la música y la presencia del chuncho no son un disfraz ni un espectáculo cualquiera. Son parte de una tradición que miles de tarijeños reconocen como propia y que el país observa con creciente interés. Quien entra en una procesión no solamente participa de una fiesta: asume, aunque sea por unas horas, la responsabilidad de representar una historia, una devoción y una comunidad. Eso exige respeto.
Respeto por la promesa. Respeto por el santo. Respeto por los demás promesantes. Respeto por la procesión y por quienes acuden a contemplarla. Y también respeto por la propia ciudad que durante estos días abre sus puertas para recibir a quienes llegan de otros lugares.
La Fiesta Grande no necesita excesos para ser grande. No necesita convertir cada espacio en una competencia ni confundir celebración con desorden. Su fuerza está precisamente en aquello que ha conseguido conservar durante generaciones: la capacidad de reunir a una comunidad alrededor de una tradición.
También quienes miramos desde afuera tenemos una responsabilidad. Debemos entender que esta fiesta no pertenece exclusivamente a quienes bailan ni a quienes organizan. Pertenece a Tarija. Cuidarla significa respetar sus recorridos, mantener limpia la ciudad, recibir bien al visitante y evitar que la masificación termine deteriorando aquello que precisamente queremos mostrar, porque las tradiciones no sobreviven únicamente porque estén escritas en un calendario. Sobreviven porque las comunidades deciden respetarlas.
Estos días Tarija volverá a vestirse de Fiesta Grande. Que lo haga con alegría, con orgullo y con la hospitalidad que la caracteriza. Que los visitantes encuentren una ciudad viva y acogedora. Que los comerciantes encuentren una oportunidad. Que los músicos y bailarines encuentren el espacio para expresar su arte. Que los creyentes encuentren el momento para renovar su fe. Y que los chunchos promesantes recuerden, en cada paso, que llevan mucho más que un traje.
Que viva la Fiesta Grande.





