Trabajar no siempre alcanza
Bolivia presume bajo desempleo, pero más del 60% de sus trabajadores vive en precariedad, sin contrato, sin aportes y sin futuro previsional. Trabajar ya no garantiza progreso
Bolivia vuelve a exhibir una de esas paradojas incómodas que durante demasiado tiempo hemos preferido maquillar0 antes que enfrentar. Según las cifras oficiales, el país mantiene una de las tasas de desempleo más bajas de Sudamérica: apenas un 2,8 por ciento según el Censo 2024. Sobre el papel, parecería una buena noticia. En la realidad, es exactamente lo contrario. En elpais.bo hemos publicado una serie de reportajes que profundiza en esto y que puedes consultar aquí: Trabajar a ciegas: La informalidad que vacía las pensiones bolivianas.
Y es que el verdadero drama del mercado laboral boliviano no está en cuántas personas trabajan, sino en las condiciones en las que lo hacen.
Más del 60 por ciento de la población ocupada en Bolivia se encuentra en situación de empleo vulnerable. Es decir: trabajadores por cuenta propia, familiares no remunerados o personas que sobreviven en actividades económicas sin contrato, sin aportes, sin seguridad social y sin ninguna perspectiva razonable de jubilación futura. No se trata de un problema coyuntural. Es la estructura misma del sistema económico nacional.
Durante años se ha repetido casi con orgullo que Bolivia es un país de emprendedores. Que aquí la gente “se rebusca”, que siempre aparece alguna manera de generar ingresos, que el comercio informal es una muestra de dinamismo económico popular. Pero detrás de esa narrativa romántica existe una realidad mucho más dura: millones de bolivianos no emprenden porque detectaron una oportunidad de negocio, sino porque el país ha sido incapaz de ofrecerles empleo digno, estable y protegido.
La consecuencia es devastadora.
Más del 85 por ciento de la población económicamente activa permanece fuera del sistema de pensiones contributivo. Apenas una pequeña fracción de los trabajadores cotiza regularmente. El resto vive atrapado en una economía de supervivencia donde cada día trabajado garantiza apenas llegar al siguiente, pero nunca construir futuro.
El país recibe más dinero de migrantes que inversión extranjera: una señal clara de que millones encuentran oportunidades fuera, mientras la economía interna sigue sin generar empleo digno
A esto se suma otra señal preocupante: Bolivia recibe hoy más dinero de sus migrantes en el exterior que inversión extranjera productiva. En otras palabras, entran más divisas gracias a quienes tuvieron que abandonar el país buscando oportunidades que por la confianza de inversionistas dispuestos a apostar por nuestra economía.
Es una radiografía brutal del fracaso estructural.
Ni el bajo desempleo puede celebrarse, ni las remesas pueden confundirse con desarrollo. Un país donde la mayoría trabaja sin protección laboral, sin seguro social, sin estabilidad y sin horizonte previsional no puede sostener indefinidamente ningún proyecto económico serio.
Y quizá esa sea la discusión pendiente más importante de Bolivia.
Durante demasiado tiempo hemos debatido sobre subsidios, bonos, transferencias o pequeñas correcciones administrativas mientras ignoramos el problema central: nuestra economía no está generando empleo formal de calidad suficiente para sostener el futuro.
Trabajar debería ser sinónimo de progreso.
En Bolivia, demasiado a menudo, apenas significa sobrevivir.
Y mientras no asumamos esa verdad incómoda, cualquier promesa de desarrollo seguirá siendo solamente retórica.


