Nuevo ciclo agrícola: planificar para no improvisar
El nuevo ciclo agrícola debe obligarnos a pensar a largo plazo: producir alimentos suficientes será una condición básica para sostener la estabilidad futura del país
Cada 21 de junio, Bolivia celebra uno de esos momentos singulares en los que diversas tradiciones culturales convergen alrededor de una misma idea: el inicio de un nuevo ciclo. Para unos será el Año Nuevo Andino Amazónico; para otros, la llegada del solsticio de invierno; para muchos, simplemente una fecha que recuerda que la naturaleza sigue marcando ritmos mucho más profundos que cualquier calendario político o administrativo.
En un país esencialmente vinculado a la tierra, esta fecha tiene además una dimensión práctica ineludible: el inicio del ciclo agrícola obliga a mirar lo sucedido, evaluar errores y planificar lo que viene. Y si algo ha dejado claro este último año es que Bolivia sigue siendo extremadamente vulnerable cuando se trata de garantizar algo tan elemental como el acceso a los alimentos.
La crisis económica que atraviesa el país ha puesto nuevamente sobre la mesa un asunto que durante demasiado tiempo se abordó con discursos antes que con políticas de fondo. La escasez de divisas, la inflación acumulada, las dificultades para importar combustibles y fertilizantes, además de la caída sostenida de la producción de hidrocarburos, han demostrado que la seguridad alimentaria no puede seguir tratándose como un asunto secundario o meramente coyuntural.
A ello se suma una variable todavía más preocupante: el cambio climático. Sequías prolongadas, lluvias concentradas en períodos cada vez más impredecibles, incendios forestales recurrentes y degradación acelerada de los suelos están afectando directamente la capacidad productiva del país. Bolivia posee enormes capacidades agrícolas, pero sigue sin contar con una estrategia nacional integral que combine sostenibilidad, inversión tecnológica, acceso al agua y planificación territorial seria.
Durante años se habló de soberanía alimentaria, pero en la práctica seguimos dependiendo excesivamente de importaciones para sostener cadenas de abastecimiento esenciales. Cuando falla una frontera, cuando escasea el diésel o cuando se altera el comercio regional, los precios internos se disparan con rapidez alarmante, afectando sobre todo a los sectores más vulnerables.
El desafío no consiste únicamente en producir más. Se trata de producir mejor, garantizar agua suficiente, invertir en investigación, debatir con seriedad el uso de nuevas tecnologías agrícolas, fortalecer a los pequeños productores y construir infraestructura que permita enfrentar un escenario climático cada vez más adverso.
En algún momento Bolivia entendió que sus grandes riquezas naturales serían suficientes para sostener su economía indefinidamente. Hoy sabemos que esa premisa ha dejado de ser cierta. En adelante será el campo —y la capacidad de gestionarlo inteligentemente— lo que sostenga buena parte de nuestra estabilidad como nación.
Este nuevo ciclo agrícola debería servir precisamente para eso: dejar atrás la improvisación permanente y asumir que planificar la producción de alimentos ya no es una opción técnica, sino una prioridad estratégica. Porque en tiempos inciertos, pocas soberanías son más importantes que la de poder alimentar a un país entero.


