El que nunca ha tenido sed, jamás comprenderá el milagro del agua

Hermano, hermana, escucha lo que la tierra seca tiene para decirte hoy: no es en la abundancia donde aprendemos el valor de lo sagrado. Es en la ausencia. Es en la grieta reseca de la tierra donde el alma comprende, por fin, lo que realmente necesita para vivir.

El océano no sabe lo que sabe el desierto. El que siempre tiene agua entre las manos nunca aprende a guardarla. Nunca aprende a olerla en el viento antes de que llegue. Nunca aprende a leer las nubes como mensajes del Gran Espíritu.

Pero aquel que ha caminado días enteros con la garganta seca... ese sí sabe. Ese lleva el agua dentro del corazón, porque la ha buscado, la ha valorado, la ha pedido en oración.

La escasez es una maestra severa pero honesta. Te muestra quién eres cuando no tienes. Te muestra qué tan profundas son tus raíces cuando no llueve.

Las épocas difíciles de tu vida, esas temporadas de desierto no vinieron a destruirte. Vinieron a enseñarte lo que el tiempo de abundancia nunca pudo. Te enseñaron a distinguir lo esencial de lo superfluo. Te enseñaron a agradecer una sola gota como si fuera un río. Te enseñaron que hay agua que no viene del cielo: viene de adentro, del manantial invisible que el Gran Espíritu sembró en tu interior antes de que nacieras.

No maldigas tu desierto. Camínalo con los ojos abiertos. Hay sabiduría en cada piedra seca, en cada raíz que sobrevive sin lluvia, en cada semilla que espera bajo la tierra ardiente sin rendirse. Tú también eres esa semilla. Y tu momento de florecer está más cerca de lo que crees.

El desierto no es el final del camino. Es donde comienza la sabiduría real.


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