La banca, la crisis y las reformas pendientes

Mientras familias y productores enfrentan inflación, escasez de divisas y caída del consumo, la banca boliviana registra utilidades históricas en plena crisis

En medio de la peor crisis económica que Bolivia ha enfrentado en décadas recientes, una imagen comienza a resultar cada vez más incómoda. Mientras pequeños productores renegocian créditos para evitar quebrar, miles de familias ven deteriorarse aceleradamente su capacidad de consumo y el país entero convive con escasez de divisas, inflación creciente e incertidumbre generalizada, el sistema financiero boliviano acaba de registrar uno de los años más rentables de toda su historia.

No se trata de demonizar a la banca ni de desconocer el papel fundamental que un sistema financiero sólido cumple dentro de cualquier economía moderna. Los bancos fuertes son condición necesaria para sostener crédito, inversión y estabilidad. El problema aparece cuando esa fortaleza parece desconectarse por completo de la realidad que atraviesa el resto del país.

Hace apenas unas semanas, el presidente Rodrigo Paz sorprendió al anunciar públicamente una futura reforma estructural del sistema financiero. El mensaje generó expectativa porque abría un debate necesario: cuál debe ser el papel de la banca en una economía en crisis, cuál es el equilibrio razonable entre rentabilidad privada y desarrollo nacional, y hasta qué punto el actual sistema sigue respondiendo a las necesidades productivas del país.

El Gobierno abrió el debate sobre reformar el sistema financiero, pero retrocedió rápidamente. Bolivia sigue esperando respuestas estructurales, no solo medidas de emergencia.

Sin embargo, el anuncio desapareció con la misma rapidez con la que surgió.

No hubo proyecto de ley, no se conocieron lineamientos técnicos y el debate sencillamente se evaporó. Mientras tanto, el Gobierno optó por continuar administrando la emergencia con reprogramaciones parciales de créditos, acuerdos puntuales y medidas destinadas, fundamentalmente, a contener el deterioro inmediato sin modificar las causas estructurales del problema.

La paradoja persiste.

Según cifras oficiales, durante 2025 la banca boliviana obtuvo utilidades récord mientras buena parte de esas ganancias estuvieron asociadas, directa o indirectamente, a la distorsión cambiaria que hoy golpea a toda la economía nacional. La existencia práctica de un dólar paralelo ya normalizado ha generado beneficios extraordinarios para determinados sectores mientras productores, comerciantes y consumidores absorben el costo completo de la crisis.

Pero el verdadero debate es más profundo.

Durante años Bolivia consolidó un sistema financiero altamente rentable basado fundamentalmente en consumo, servicios financieros y microcrédito de corto plazo. Mucho menos exitoso ha sido el desarrollo de instrumentos que impulsen inversión productiva de largo aliento, innovación tecnológica o diversificación económica. En otras palabras: tenemos una banca saludable, pero una economía productiva cada vez más debilitada.

La experiencia latinoamericana demuestra que cuando estas contradicciones se profundizan, tarde o temprano la discusión deja de ser técnica y se vuelve política. Ocurrió en Argentina. Ocurrió en Ecuador. Y probablemente Bolivia no podrá evitar indefinidamente ese mismo debate.

El problema no es cuánto ganan los bancos. El problema es preguntarnos qué función debe cumplir el sistema financiero cuando un país entero atraviesa una crisis sistémica.

Si el Gobierno considera que son necesarias reformas profundas, debe tener la valentía de plantearlas con seriedad y abrir un debate nacional transparente. Si, por el contrario, simplemente administra la coyuntura sin voluntad real de cambiar nada, entonces convendría abandonar los grandes anuncios y reconocer que algunos poderes siguen siendo demasiado difíciles de tocar.

Porque cuando una economía se hunde, ningún sector debería poder actuar como si nada estuviera ocurriendo alrededor.

 


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