Proteger para nuestros hijos
Hay un río que corre más profundo que el que ven tus ojos. Un río que no transporta agua, sino tiempo. Y en ese río viajan los rostros de los que aún no han llegado a este mundo. Los hijos de tus hijos. Las generaciones que dormitan todavía en el vientre del Gran Espíritu, esperando su turno para caminar sobre la Pachamama.
¿Qué tierra les dejaremos cuando lleguen?
El bosque no puede gritar. El venado no puede firmar una ley. El río no puede votar. Y sin embargo, todos ellos llevan generaciones hablando, a su manera, a quienes tienen oídos para escuchar.
Tú eres esa voz. Yo soy esa voz.
Cada árbol que permanece de pie es una promesa que le haces a alguien que todavía no existe pero que ya te necesita. Cada bosque que defiendes es una oración que llegas a ofrecer en el altar de la vida futura.
Somos el puente entre los que ya se fueron y los que aún no llegan. Esa es nuestra sagrada responsabilidad.
No somos dueños de esta tierra. Somos sus guardianes temporales.
Cada decisión que tomamos hoy es una semilla plantada en un tiempo que no alcanzaremos a ver florecer, pero que florecerá.
Cuídala como si el futuro te estuviera mirando. Porque lo está.


