Del armisticio al desarrollo

Bolivia y Paraguay supieron transformar una de las guerras más dolorosas de Sudamérica en una relación de respeto mutuo. Ahora corresponde convertir esa paz en desarrollo compartido

Cada 14 de junio, Bolivia recuerda el cese de hostilidades de la Guerra del Chaco. Fue el día en que las armas comenzaron a callar después de tres años de una contienda devastadora que dejó decenas de miles de muertos, heridas profundas en ambos pueblos y una huella imborrable en la historia de Bolivia y Paraguay.

Pocas guerras en América del Sur fueron tan dolorosas y, al mismo tiempo, tan inútiles. Dos países pobres, jóvenes y con enormes desafíos internos destinaron vidas, recursos y energías a disputarse un territorio inmenso, inhóspito y escasamente conocido incluso por quienes tomaban las decisiones desde las capitales. Miles de soldados murieron más por la sed, las enfermedades y las durísimas condiciones del Chaco que por las balas enemigas.

La historia posterior, sin embargo, ofrece una lección valiosa. A diferencia de otros conflictos internacionales que continúan alimentando resentimientos durante generaciones, Bolivia y Paraguay lograron construir una reconciliación sincera. Los antiguos enemigos se reconocieron mutuamente el valor y el sacrificio. Los veteranos de ambos países se estrecharon las manos. Las relaciones diplomáticas se normalizaron y la frontera dejó de ser una línea de confrontación para convertirse en un espacio de convivencia.

Ese mérito no debe minimizarse. La paz nunca es automática. Requiere voluntad política, madurez institucional y capacidad para mirar hacia adelante sin olvidar el pasado.

Sin embargo, noventa años después del armisticio, también corresponde formular una pregunta incómoda: ¿hemos aprovechado realmente las oportunidades que ofrece esa paz?

Porque la reconciliación política está consolidada, pero la integración económica y el desarrollo compartido siguen avanzando a una velocidad muy inferior a la que demandan los tiempos actuales. Bolivia y Paraguay continúan siendo vecinos que se respetan mucho más de lo que se conocen, que se saludan más de lo que cooperan y que comparten más potencial del que efectivamente aprovechan.

El mejor homenaje a quienes combatieron en el Chaco no son los discursos conmemorativos, sino la construcción de oportunidades, integración y bienestar para ambos pueblos.

El Chaco, precisamente el territorio que motivó la guerra, debería ser hoy uno de los principales escenarios de integración. La complementariedad energética, la infraestructura vial, los corredores bioceánicos, el comercio fronterizo, la gestión de recursos hídricos, la producción agropecuaria y el intercambio cultural ofrecen oportunidades evidentes para ambos países.

El mundo actual premia las alianzas inteligentes entre vecinos. Ninguna región puede desarrollarse plenamente aislada de su entorno. Mientras otras zonas del continente construyen cadenas logísticas, corredores económicos y espacios de cooperación regional, Bolivia y Paraguay aún tienen importantes tareas pendientes para convertir la buena relación política en beneficios concretos para sus ciudadanos.

Esto es particularmente relevante para el sur boliviano y para el propio Chaco. Durante décadas, estas regiones fueron vistas principalmente desde una lógica geopolítica o extractiva. Hoy deberían ser entendidas como plataformas de integración capaces de conectar mercados, generar empleo y atraer inversión.

La memoria de la Guerra del Chaco merece respeto. Los caídos merecen homenaje. Los sobrevivientes merecen gratitud. Pero la mejor forma de honrar su sacrificio no consiste únicamente en repetir discursos conmemorativos cada año.

La verdadera lección del armisticio es que la paz tiene sentido cuando produce bienestar. Cuando crea oportunidades. Cuando permite construir aquello que la guerra destruyó o impidió construir.

Noventa años después, Bolivia y Paraguay ya demostraron que son capaces de reconciliarse. El desafío pendiente es demostrar que también son capaces de desarrollarse juntos.

Ese sería el homenaje más útil, más duradero y más digno para quienes nunca regresaron del Chaco.


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