Competencias claras antes que chequeras abiertas

Sin una delimitación precisa de competencias entre el nivel nacional y los departamentos, cualquier debate sobre redistribución de recursos nace incompleto

Cada cierto tiempo el debate público vuelve al mismo punto: la distribución de recursos entre el nivel nacional y los gobiernos departamentales. Se habla de “reparto justo”, de “equidad fiscal”, de “compensaciones históricas”. Todo eso es legítimo. Pero hay una pregunta previa que casi nunca se responde con la misma claridad: ¿quién debe hacer qué?

Antes de discutir cuánto dinero recibe cada nivel del Estado, es imprescindible clarificar las competencias. Sin delimitación funcional precisa, cualquier redistribución se convierte en un parche financiero sobre un diseño institucional defectuoso.

El problema no es solo cuánto se transfiere, sino para qué.

En Bolivia, el modelo autonómico avanzó en discurso más rápido que en arquitectura operativa. La Constitución establece competencias exclusivas, concurrentes y compartidas. En la práctica, abundan las superposiciones, las zonas grises y las duplicidades administrativas. El resultado es previsible: conflictos políticos, ejecución ineficiente y responsabilidad difusa.

Antes de discutir porcentajes, el país debe definir responsabilidades. No hay reparto justo posible si no está claro quién debe hacer qué y con qué capacidad hacerlo.

Cuando una carretera secundaria se deteriora, ¿es competencia nacional, departamental o municipal? Cuando un hospital de tercer nivel colapsa, ¿quién planifica, financia y gestiona? Cuando se habla de desarrollo productivo, ¿qué rol corresponde a cada instancia?

Sin una matriz clara de responsabilidades, el ciudadano no sabe a quién exigir. Y cuando la rendición de cuentas se diluye, la eficiencia también.

Un pacto fiscal serio no puede reducirse a porcentajes. Debe partir de un inventario técnico de competencias reales, capacidades institucionales y fuentes sostenibles de financiamiento. Asignar recursos sin delimitar funciones incentiva el gasto improductivo, fomenta la disputa política y perpetúa la dependencia vertical.

La autonomía no es simplemente recibir más dinero. Es ejercer competencias con responsabilidad, planificación y capacidad de ejecución.

Clarificar competencias también implica evaluar capacidades. No todas las gobernaciones ni todos los municipios tienen la misma estructura técnica ni la misma base tributaria. Transferir funciones sin fortalecer gestión es trasladar problemas. Y concentrar recursos sin exigir resultados es perpetuar ineficiencias.

Primero definición; luego distribución.

El país necesita una discusión madura que trascienda la lógica coyuntural. Un acuerdo que precise qué corresponde al nivel central —políticas macroeconómicas, regulación estratégica, infraestructura de alcance nacional— y qué corresponde a los departamentos —articulación regional, planificación territorial, desarrollo productivo específico— sin ambigüedades operativas.

Solo después podrá hablarse de un reparto justo.

Porque justicia fiscal no significa igualar cifras, sino financiar adecuadamente responsabilidades claras. Y la responsabilidad empieza por saber exactamente dónde comienza y dónde termina cada competencia.

Sin esa claridad, cualquier redistribución será apenas un nuevo capítulo en la larga historia de tensiones entre niveles de gobierno.

Con ella, en cambio, puede comenzar una etapa de corresponsabilidad real.


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