Emprender no es sobrevivir

Apoyar la iniciativa privada es positivo, pero convertir el emprendedurismo en sustituto del empleo formal puede perpetuar la precariedad.

En cada campaña electoral aparece, casi como eslogan infalible, la promesa de “apoyar a los emprendedores”. Suena moderno, optimista y dinámico. Nadie puede estar en contra de la iniciativa individual, del esfuerzo propio ni de la creatividad productiva. El problema no es el emprendimiento. El problema es convertirlo en sustituto de una política económica seria.

Bolivia —y Tarija en particular— no sufre un déficit de espíritu emprendedor. Lo que sufre es un mercado laboral estrecho, de baja productividad y alta informalidad. En ese contexto, muchas veces el “emprendimiento” no es una elección estratégica, sino una salida obligada ante la falta de empleo formal.

Confundir emprendedurismo con desarrollo es un error conceptual.

Cuando miles de jóvenes venden comida desde su casa, revenden productos importados por redes sociales o abren micro negocios sin acceso a crédito ni escala suficiente, no estamos necesariamente ante un ecosistema innovador. Estamos, en muchos casos, ante una economía de subsistencia sofisticada.

Más que multiplicar microemprendimientos frágiles, el país necesita fortalecer pequeñas empresas, elevar la formación técnica y apostar por productividad real. Emprender no debe ser sinónimo de sobrevivir.

Eso no debe desmerecer el esfuerzo individual. Pero sí obliga a decir la verdad: no toda iniciativa es empresa. Y no toda empresa es sostenible.

El discurso político suele presentar el emprendimiento como fórmula mágica contra el desempleo. Se ofrecen pequeños fondos concursables, ferias ocasionales, capacitaciones básicas en marketing digital. Son herramientas útiles, pero insuficientes si no existe un entorno estructural que permita crecer, formalizarse y competir.

Lo que el país necesita no es multiplicar microemprendimientos frágiles, sino fortalecer pequeñas y medianas empresas capaces de consolidarse, generar empleo estable y aumentar productividad.

El desarrollo no surge de miles de unidades productivas aisladas compitiendo por el mismo mercado reducido. Surge de empresas que escalan, invierten, innovan y se integran en cadenas de valor más amplias.

También es necesario elevar el estándar formativo de nuestros jóvenes. Apostar únicamente por talleres de “cómo emprender” sin reforzar educación técnica avanzada, ingeniería, tecnología, gestión industrial o comercio exterior es limitar el horizonte. El capital humano de alto nivel es el verdadero motor de competitividad.

Un país no despega con artesanía precaria; despega con conocimiento aplicado.

Promover emprendimientos puede ser parte de una política pública razonable, siempre que esté integrada en una estrategia mayor: acceso real a financiamiento productivo, simplificación tributaria inteligente, seguridad jurídica, infraestructura logística, apertura de mercados y formación técnica rigurosa.

De lo contrario, el riesgo es empujar a jóvenes entusiastas hacia proyectos mal planificados que terminan agotando ahorros familiares y frustrando expectativas.

Si la política quiere ser responsable, debe dejar de vender el autoempleo como panacea y comenzar a hablar de productividad, escala y competitividad. El emprendimiento es el punto de partida; no puede ser el destino final de una economía que aspira a desarrollarse.


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