Corredores bioceánicos: oportunidad estratégica o bandera electoral

Nuestra condición geoestratégica es evidente: somos el corazón continental. Pero la geografía, por sí sola, no garantiza protagonismo

Sudamérica vive una carrera silenciosa pero decisiva. Desde hace dos décadas, los países de la región compiten por consolidar corredores bioceánicos —carreteros, ferroviarios y multimodales— capaces de reducir tiempos logísticos, reconfigurar cadenas globales de valor y conectar de forma más eficiente el Atlántico con el Pacífico. No es una discusión académica: es una disputa por competitividad, inversión y futuro.

En junio de 2026 comenzará a operar el Corredor Bioceánico de Capricornio, que unirá el sur de Brasil con los puertos del norte chileno atravesando Paraguay y Argentina. Son más de 3.200 kilómetros pensados para disminuir la dependencia del Canal de Panamá y acelerar el acceso a mercados asiáticos y europeos. Paralelamente, Brasil y China avanzan en estudios para una conexión ferroviaria entre Ilhéus y el megapuerto de Chancay, en Perú. Otros proyectos enlazan Santos con Ilo o Chancay, y autoridades subnacionales impulsan el Corredor Ferroviario Bioceánico Central como eje multimodal.

Tarija tiene una condición particular que a menudo ha sido señalada como opción preferente, pero que sin embargo no ha avanzado

La región se mueve y Bolivia no puede seguir siendo espectadora, pero es preciso ser mucho más pulcro y didáctico en la explicación de las oportunidades para no caer en el recurrente populismo político.

Nuestra condición geoestratégica es evidente: somos el corazón continental. Pero la geografía, por sí sola, no garantiza protagonismo. Si los trazados se consolidan sin que nuestro territorio sea indispensable, la oportunidad se diluye. El costo es alto: hoy el comercio exterior boliviano soporta sobrecostos logísticos que superan ampliamente los de los países con litoral. Quedar fuera de las grandes rutas implicaría menos competitividad, menos inversión y menor relevancia regional.

Participar, en cambio, significa reducir costos de exportación, generar ingresos por servicios logísticos, dinamizar regiones rezagadas y atraer capital productivo. El problema no es técnico. Es político.

Tarija tiene una condición particular que a menudo ha sido señalada como opción preferente, pero que sin embargo no ha avanzado. Es verdad que los pasos andinos por Bolivia ofrecen otras variables orográficas y logísticas que los escarpados cerros de Chile y Argentina, y ahí Tarija permite una transición accesible, pero hasta hoy no parece que al poder central de Bolivia le haya interesado. En paralelo, el paso ferroviario previsto por el norte argentino nos coloca en una posición privilegiada para formar parte de una plataforma vital para el comercio nacional.

Cada gobierno, en distintos momentos, ha utilizado el corredor bioceánico como consigna estratégica, como promesa de campaña o como instrumento de posicionamiento diplomático. Se anuncian acuerdos, se firman memorandos, se organizan foros… y al final la política continental y real se va por otro lado.

Es tiempo de concretar las opciones y dejar de especular. Romper el enclaustramiento requiere de medidas concretas y decisiones fuertes.


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