Rodrigo Paz y los 100 días
Aliados y enemigos le exigen una hoja de ruta clara mientras sus colaboradores se refugian en el decreto
Rodrigo Paz ha cumplido los famosos 100 días de gestión y las sombras son más grandes que las luces, algo peligroso en un momento histórico donde los ídolos caen con facilidad pasmosa. La victoria en agosto y en octubre fue, efectivamente, muy contundente. Incontestable.
Paz entendió a la perfección el escenario y supo prometer lo que la gente quería escuchar, pero lejos de convertir ese respaldo en política pública, sus titubeos continuos le han colocado en un páramo de desconfianza entre las clases populares que le votaron, rodeado además de hienas que no le votaron y que acechan para saltar sobre él a la mínima oportunidad.
Su gestión, hoy por hoy, se resume en gasolina mala y cara; sumar un 50% más de deuda pública en apenas tres meses y un bono más indigno que la indigna Renta Dignidad.
Sus colaboradores han tardado las horas del fuego en sepultar la promesa estrella del Pacto Fiscal: 50 – 50 para los departamentos y municipios; nadie sabe nada de los préstamos al 3% aunque la banca ha multiplicado sus beneficios un 40% en el peor año de la crisis de divisas y nadie pregunta por aquel salario universal para las mujeres.
Presidentes que amenazan, que prometen sorpresas, que auguran detenciones y represalias, que hablan de boicots y de limpiar el Estado, aunque siga sirviendo como excusa para todo
Es posible que quizá no calculó bien el tamaño del desafío; es verdad que se ha rodeado de un grupo agresivo que no entiende el país e importa recetas que le acabarán dando acidez; es muy probable que gobernar para las redes no sea tan fácil como hacerlo para el conjunto del país.
Rodrigo Paz se ha abonado a la estrategia del autoritarismo incipiente que recorre el continente, por no decir el mundo. Presidentes que amenazan, que prometen sorpresas, que auguran detenciones y represalias, que hablan de boicots y de limpiar el Estado, aunque siga sirviendo como excusa para todo. Presidentes que desprecian al parlamento, que se abonan al decreto Ley como forma de gobernar, que aprovechan emergencias, que reinterpretan la Constitución, que heredan instituciones fallidas y le encuentran la vuelta.
El problema es que Rodrigo Paz no es así y en algún momento la falla se expondrá. En Tarija lo hemos visto negociar, concertar, abrir procesos de diálogo, encajar derrotas, asumir errores, respetar las normas y a los normados. Incluso huir, con todo el respeto a la democracia.
Quizá la pugna directa con Lara sea el menor de sus problemas, porque todas las modas pasan, pero hay asuntos que tendrán su desarrollo.
Por ejemplo, Rodrigo Paz ha asumido una alineación con Estados Unidos de manual, cuyos resultados no son tangibles, y los riesgos sí. El litio sigue muy solo. Y sin plan.
Por ejemplo también, las sinergias en el parlamento debe testearlas, porque en algún momento tendrá que enfrentar un cambio constitucional, y de momento no se tratan ni asuntos menores.
Los desafíos son múltiples en múltiples áreas, y la sensación de que el plan no está suficientemente sólido se desborda. La coyuntura da sus momentos. El cansancio de la gente da también oportunidades. Pero las pulsiones vitales de este país, su verdadero cuadro de mandos, con sus preocupaciones, sus miedos y sus aspiraciones, sigue soterrado esperando el momento. Veremos cuánto dura el baile.
Rodrigo tiene la legitimidad para intentarlo, pero debe apegarse a la prometido. Hace falta que sepa rodearse de aquellos que sí pueden acompañarlo al éxito.


