Carnaval: la fiesta y el espejo
Disfrutemos con moderación, con alegría y con responsabilidad, recordando que los cambios reales no los producen las fechas, sino las decisiones que tomamos como sociedad
El Carnaval ha llegado a su tramo decisivo, ese en el que Tarija se reconoce a sí misma entre lo rural y lo urbano, entre la tradición heredada y las expresiones contemporáneas que la van resignificando. Durante estos días, la ciudad se transforma, el campo se hace presente y hasta los más jóvenes —aunque sea por momentos— miran más allá de sus circuitos habituales para conectarse con una fiesta que, incluso en su adaptación constante, conserva un núcleo identitario muy fuerte.
En su origen, el Carnaval está ligado al calendario católico: un tiempo de licencia previo a la Cuaresma, una suerte de válvula de escape antes del periodo de recogimiento. Siempre fue una celebración tolerada más que celebrada por la doctrina, y esa ambigüedad también forma parte de nuestra cultura. Con el paso del tiempo, los símbolos se han ido diluyendo, sobre todo en este hemisferio, pero la idea de “quemar lo malo” y de compartir sigue teniendo sentido si se la entiende desde la convivencia y no desde el exceso.
Disfrutar no es un problema. Compartir con amigos, reencontrarse con la familia, bailar, cantar y celebrar la fraternidad es parte legítima de estas fechas. Lo que sí resulta problemático es naturalizar conductas que dejan consecuencias irreparables. En pleno siglo XXI, y con un contexto social complejo, el Carnaval no puede convertirse en una excusa para cruzar límites que luego no se pueden desandar. Ninguna fiesta justifica arruinar una vida —propia o ajena— en apenas cuatro días.
El Carnaval sigue siendo, año tras año, un periodo crítico para la violencia sexual y de género. Las cifras lo confirman y la experiencia lo ratifica. No hay contexto cultural ni celebración que atenúe la gravedad de estos hechos. La vigilancia debe ser colectiva y activa: establecer límites, intervenir cuando alguien está en riesgo y no mirar hacia otro lado es una responsabilidad de todos, no solo de las potenciales víctimas.
También es una etapa especialmente sensible en materia de seguridad vial. Los accidentes de tránsito se repiten con una regularidad dolorosa, cobrando vidas y dejando familias marcadas para siempre. Son tragedias evitables, y por eso mismo más difíciles de aceptar. Priorizar el transporte público, no conducir bajo los efectos del alcohol y asumir conductas responsables debería ser parte del consenso social mínimo en estas fechas.
El Carnaval, además, suele sacar a la superficie otros problemas que permanecen ocultos el resto del año: el endeudamiento excesivo, las conductas autodestructivas, la fragilidad emocional. Tal vez estas señales deberían servir no solo para alarmarnos durante unos días, sino para reflexionar y actuar con mayor profundidad el resto del calendario.
Porque el Carnaval no transforma a las personas: las expone. Revela virtudes y también carencias, entusiasmos y desbordes. Todos tenemos derecho a celebrar, a elegir cómo vivir la fiesta y a honrar las tradiciones que nos identifican, pero ese derecho va acompañado de una obligación básica: cuidar la vida, la propia y la de los demás.
Los días centrales del Carnaval llegan en un año particularmente duro, cargado de incertidumbres y desafíos. Que la fiesta sea entonces un respiro, un espacio de encuentro y no un punto de quiebre. Disfrutemos con moderación, con alegría y con responsabilidad, recordando que los cambios reales no los producen las fechas, sino las decisiones que tomamos como sociedad.
¡Feliz Carnaval!


