Ciencia con nombre de mujer

Estimular la curiosidad, no limitar los sueños, celebrar el interés por aprender y no encasillar talentos según el género son gestos cotidianos y necesarios

Cada 11 de febrero, el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. No es una fecha simbólica más del calendario multilateral: es un recordatorio incómodo de una brecha persistente que sigue condicionando el desarrollo de nuestras sociedades. La ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas —las llamadas áreas STEM— continúan siendo espacios donde la participación femenina es menor, no por falta de talento, sino por la suma de barreras culturales, educativas y sociales que se instalan desde la infancia.

En Bolivia, y también en Tarija, esta realidad se reproduce con matices propios. Aún hoy, demasiadas niñas crecen escuchando —de forma explícita o sutil— que ciertas carreras “no son para ellas”, que la ciencia es compleja, dura o poco compatible con los roles que la cultura machista les asigna. No se trata solo de acceso a aulas o laboratorios: se trata de expectativas, de estímulos tempranos, de referentes visibles y de decisiones familiares y públicas que, muchas veces sin mala intención, terminan reproduciendo desigualdades históricas.

La ciencia no es neutra socialmente. Allí donde faltan mujeres, faltan miradas, preguntas, soluciones y enfoques distintos

La ciencia no es neutra socialmente. Allí donde faltan mujeres, faltan miradas, preguntas, soluciones y enfoques distintos. Promover la participación de niñas y mujeres en la ciencia no es una concesión ideológica ni una moda importada: es una necesidad estratégica para cualquier país que aspire a desarrollarse con equidad, innovación y soberanía. En un mundo atravesado por crisis climáticas, sanitarias, energéticas y tecnológicas, excluir a la mitad de la población del conocimiento es un lujo que no podemos permitirnos.

El décimo aniversario de esta efeméride, bajo el lema “Construir un futuro para las mujeres en el ámbito científico”, debería interpelarnos con más fuerza. No basta con discursos bienintencionados ni con celebraciones puntuales. Se requieren políticas educativas de largo plazo que refuercen la enseñanza de ciencias desde los primeros años, formación docente con enfoque de género, programas de estímulo específicos para niñas, becas, clubes científicos escolares, ferias de ciencia inclusivas y, sobre todo, referentes visibles que demuestren que sí es posible.

Las mujeres científicas han estado siempre, aunque muchas veces la historia las haya invisibilizado. Desde la medicina hasta la física, desde la biología hasta la tecnología, sus aportes sostienen buena parte del conocimiento del que hoy nos beneficiamos. Recuperar esos nombres, mostrarlos en las aulas, en los medios y en el debate público es también una forma de romper estereotipos y ampliar horizontes.

Pero la responsabilidad no recae solo en el Estado. Las familias cumplen un rol decisivo. Estimular la curiosidad, no limitar los sueños, celebrar el interés por aprender y no encasillar talentos según el género son gestos cotidianos que tienen un impacto profundo. A veces, una palabra de aliento a tiempo vale más que cualquier campaña institucional.

En Tarija, donde se debate el futuro productivo, educativo y tecnológico del departamento, apostar por la ciencia con enfoque de igualdad es también apostar por un desarrollo más diversificado y sostenible. La innovación no surge por decreto: se cultiva. Y para ello, necesitamos que nuestras niñas se sientan llamadas a preguntar, experimentar, equivocarse y crear, sin cargar con prejuicios ajenos.

Este 11 de febrero es una oportunidad para revisar prácticas, discursos y prioridades. Promover a la mujer y a la niña en la ciencia no es solo una causa justa: es una inversión inteligente en el futuro. Porque una sociedad que limita el talento de sus niñas limita, en realidad, sus propias posibilidades de progreso.


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