El tiempo de las propuestas

Una elección subnacional debería ser, ante todo, un ejercicio de diagnóstico, para empezar a construir sin sorpresas

El calendario electoral vuelve a ponerse en marcha y, con él, reaparecen los viejos reflejos de la política boliviana. A poco más de un mes de las elecciones subnacionales, las redes sociales empiezan a llenarse de anuncios rimbombantes, videos editados al milímetro, promesas ingeniosas y ocurrencias diseñadas más para viralizarse que para gobernar. No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más evidente y preocupante.

Tarija —como el resto del país— atraviesa un momento delicado. La renta hidrocarburífera ya no sostiene el presupuesto como antes, el empleo es frágil, la inversión pública está condicionada y las competencias autonómicas siguen siendo más formales que reales. A eso se suma un contexto nacional que más allá del cambio de gobierno y sus implicaciones políticas, sigue marcado por la crisis económica, el ajuste fiscal encubierto y las redefiniciones pendientes sobre el rol del Estado y de las regiones. Pretender enfrentar este escenario con slogans simpáticos o promesas aisladas no solo es insuficiente: es irresponsable.

El populismo suele prosperar en contextos de hartazgo y desconfianza, pero Tarija ya ha pagado suficientemente caro el costo de las decisiones improvisadas

Una elección subnacional debería ser, ante todo, un ejercicio de diagnóstico. ¿Cuál es hoy la situación financiera real del departamento? ¿Qué margen de maniobra tiene la Gobernación con las competencias y recursos actuales? ¿Qué políticas pueden sostenerse en el tiempo y cuáles dependen de decisiones que se toman en La Paz? Sin responder honestamente a estas preguntas, cualquier propuesta corre el riesgo de convertirse en simple marketing político.

Gobernar no es animar redes sociales ni competir por likes. Gobernar implica priorizar, decir verdades incómodas y asumir límites. Implica también articular con los municipios, con el sector privado, con las universidades y con la sociedad civil, en lugar de ofrecer soluciones mágicas que no resisten el primer contraste con la realidad presupuestaria.

El populismo, en cualquiera de sus versiones, suele prosperar en contextos de hartazgo y desconfianza. Pero Tarija ya ha pagado suficientemente caro el costo de las decisiones improvisadas y de los proyectos sin sustento técnico. El departamento necesita planes claros para diversificar su economía, proteger su territorio, mejorar servicios básicos y generar empleo digno, no catálogos de promesas diseñadas para una campaña corta.

La ciudadanía también tiene un rol que cumplir. Exigir propuestas de fondo, comparar programas, preguntar por el cómo y no solo por el qué. Premiar la seriedad por encima de la ocurrencia. Porque votar no es aplaudir una idea simpática, sino delegar poder para gestionar recursos escasos y tomar decisiones complejas.

Las elecciones del 22 de marzo son una oportunidad para elevar el debate, no para empobrecerlo. Ojalá los candidatos estén a la altura del desafío y entiendan que Tarija no necesita más fuegos artificiales, sino liderazgo, conocimiento y responsabilidad. El tiempo del espectáculo debería dar paso, de una vez, al tiempo de las propuestas serias.


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