Tarija y el Chaco: una agenda pendiente
Dividir puede rendir votos en el corto plazo. Integrar, en cambio, es lo único que permite pensar un departamento viable en el largo
Cada proceso electoral subnacional vuelve a poner sobre la mesa una relación medio tóxica que el departamento de Tarija arrastra sin resolver desde hace años: el vínculo entre el Valle Central y el Chaco. En campaña, el tema aparece casi siempre teñido de reproches, silencios incómodos o guiños identitarios que, lejos de acercar, vuelven a profundizar una distancia construida más desde la política que desde la realidad territorial.
Tarija y el Chaco no son proyectos enfrentados ni compartimentos estancos. Son partes indisolubles de un mismo departamento, con historias distintas, sí, pero también con una interdependencia económica, social y cultural que resulta imposible de negar. El problema es que esa relación ha sido administrada durante demasiado tiempo desde la confrontación, el cálculo electoral y la narrativa del agravio permanente.
Las autonomías —departamental, regional y municipal— no fueron concebidas para competir entre sí, sino para complementarse
El Chaco ha sido motor de la renta hidrocarburífera que sostuvo al departamento y al país durante décadas. Tarija capital concentró institucionalidad, servicios y decisiones. Esa tensión, real y legítima, nunca fue abordada con una estrategia de complementariedad, sino utilizada como bandera coyuntural por distintos liderazgos que encontraron en la división una forma rápida de acumular apoyo político local.
Hoy, cuando los recursos ya no sobran y el modelo extractivo muestra señales de agotamiento, insistir en esa lógica resulta no solo estéril, sino peligrosa. El departamento necesita una agenda concurrente clara, transparente y viable que articule a Tarija, al Chaco y al resto de las provincias en torno a objetivos comunes: infraestructura compartida, cadenas productivas integradas, servicios coordinados y una planificación territorial que piense el desarrollo más allá de las fronteras municipales.
Las autonomías —departamental, regional y municipal— no fueron concebidas para competir entre sí, sino para complementarse. Sin embargo, la falta de voluntad política y de reglas claras ha convertido ese diseño en una fuente permanente de fricciones. Resolverlo exige algo que rara vez abunda en campaña: sinceridad. Decir qué se puede hacer y qué no. Explicar cómo se coordinarán competencias y recursos. Asumir que sin cooperación no hay desarrollo posible.
En este contexto electoral, los candidatos a la Gobernación tienen la obligación de transparentar sus propuestas sobre la relación con el Chaco. No basta con discursos de ocasión ni con promesas vagas de “unidad”. Hace falta detallar mecanismos concretos de coordinación, espacios institucionales de decisión compartida y políticas públicas que reconozcan las asimetrías sin convertirlas en trincheras.
Superar años de confrontación no será fácil, pero es indispensable. El futuro de Tarija no se construye negando una parte ni alimentando resentimientos, sino entendiendo que el desarrollo del uno depende, inevitablemente, del desarrollo del otro. La campaña es un buen momento para decirlo con claridad y, sobre todo, para comprometerse a hacerlo realidad.
Dividir puede rendir votos en el corto plazo. Integrar, en cambio, es lo único que permite pensar un departamento viable en el largo. Esa es la discusión que Tarija se debe, y que los candidatos deberían animarse a dar.


