Volar caro, viajar mal
Las nuevas tarifas aéreas reabren un debate de fondo sobre transporte, seguridad y equidad territorial en un país donde moverse sigue siendo un riesgo y un privilegio.
La reciente fijación de nuevas tarifas máximas para los pasajes aéreos en Bolivia ha desatado una ola de críticas, reclamos y suspicacias. No es para menos: los precios son elevados para el bolsillo promedio. Sin embargo, conviene poner las cosas en perspectiva. Volar nunca fue barato en Bolivia, ni aquí ni en casi ningún lugar del mundo. El problema real no es que el avión sea caro, sino que, en nuestro país, se ha convertido de facto en un servicio casi público ante la precariedad estructural del transporte terrestre.
Un ejemplo basta para entender la dimensión del asunto: de Tarija a La Paz hay una hora de vuelo o catorce horas de flota, en condiciones que no siempre garantizan seguridad, comodidad ni previsibilidad. Lo mismo ocurre con Santa Cruz o Cochabamba. El avión no es un lujo caprichoso; para miles de bolivianos es la única forma razonable de conectarse con el resto del país, estudiar, trabajar, atenderse médicamente o hacer trámites esenciales.
Mientras el país discute el precio del avión, sigue normalizando viajes terrestres largos, inseguros y precarios. El problema no es solo cuánto cuesta moverse, sino cómo y en qué condiciones.
Paradójicamente, el mayor revuelo público se ha concentrado en las tarifas aéreas, mientras el incremento del precio de los combustibles —que impacta de manera directa y cotidiana en el transporte urbano e interdepartamental— ha generado una reacción mucho más tibia. Suben los pasajes de micros, trufis y flotas, se deterioran aún más los servicios, pero la indignación parece diluirse en la resignación. Quizá porque estamos acostumbrados a viajar mal, a aceptar lo inseguro como normal y lo ineficiente como inevitable.
Este debate, mal planteado, corre el riesgo de enfrentar falsos antagonismos: avión contra flota, mercado contra Estado, precio contra acceso. Lo que Bolivia necesita no son parches ni polémicas coyunturales, sino una política integral de transporte que piense el territorio, la seguridad vial, la conectividad y la eficiencia económica como un todo. Carreteras en condiciones, trenes, controles reales, renovación de flotas, estándares mínimos de seguridad y una aviación civil sostenible y competitiva no son demandas extravagantes: son requisitos básicos para un país que aspira a integrarse y desarrollarse.
Regular tarifas puede ser necesario, pero no suficiente. Subvencionar indiscriminadamente tampoco resuelve el problema de fondo. La discusión debe girar en torno a cómo garantizar que moverse por Bolivia no sea una ruleta rusa ni un sacrificio económico permanente. Mientras sigamos aceptando viajes de 14 horas por rutas peligrosas como algo “normal”, cualquier tarifa aérea parecerá escandalosa.
Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta. No cuánto cuesta volar, sino por qué sigue siendo tan difícil, tan lento y tan inseguro desplazarse por tierra. Ahí está el verdadero desafío. Y ahí deberían concentrarse las soluciones de fondo.


