El espacio real de la Plurinacionalidad
Bolivia es un Estado Plurinacional por definición, con forma de república y aspiraciones autonómicas reconocidas en la Constitución. Otra cosa es que se administrara mal o se usara para sembrar división
Entre la postverdad y la batalla cultural, en Bolivia la concepción de Estado Plurinacional es sin duda uno de los grandes símbolos que se presta para ello. El asunto tiene que ver sobre todo con la libre interpretación acomodaticia que cada cual le ha dado al concepto.
Etimológicamente, la RAE define la plurinacionalidad como “de múltiples naciones”, por lo que considerar un Estado Plurinacional supone reconocer que Bolivia está conformada de múltiples naciones, que de nuevo en el diccionario dice que una nación es: conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno, o: conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.
En esas, un Estado Plurinacional conformado por múltiples naciones no quiere decir más que eso y contraponerlo a un Estado Federal supone un error, puesto que eso hace referencia a la forma específica de gobierno que comparten las propias nacionalidades reconocidas.
Rodrigo Paz entiende el país mucho mejor que la mayoría de los que lo rodean, y sabe que es posible sacarlo del eje vertebrador, pero no intentar aplastarlo
De hecho, muchos de los pueblos que se reconocen nación han luchado primero por autonomía y luego por federalismo dentro de estados principalmente definidos como centralistas han empezado peleando primero por redefinir el concepto de nación y luego el de Estado para alcanzar estadios de Plurinacionalidad como sustento de la actividad descentralizada y autonómica, como camino para justificar la independencia o la Libre Asociación de Naciones. En Europa España, Bélgica, Reino Unido o Alemania siguen envueltos en debates de esa naturaleza que hacen sin duda a la democracia.
Bolivia es un Estado Plurinacional por definición, con forma de república y aspiraciones autonómicas reconocidas en la Constitución. Otra cosa es que se administrara mal porque el Gobierno (casi cualquier gobierno) que tuvo que desarrollarlo no creía en ello, sino en un centralismo intervencionista.
La “solución” de la autonomía indígena que promovieron diversas ONG apenas fue una farsa. Afortunadamente añadiríamos. El propio Evo Morales que se reclamaba padre del Estado Plurinacional fue el primero en negar la agencia política de esas naciones indígenas cuando de lo que se trataba era de anteponer los intereses generales del Estado, sea en forma de carretera o de campo petrolero, a cualquier apetito individual por muy digitado que hubiera estado.
Desprovista por tanto de los elementos que generan ciudadanos de primera y de segunda para bien o para mal, para privilegios o castigos, la Plurinacionalidad parece ser solo una forma de definir un Estado rico y diverso en culturas y sus representaciones. Hasta el pasado agosto, el marco que aúnaba la plurinacionalidad cultural con la identidad política era el más poderoso de la contienda, algo que se diluyó en otras prioridades atendiendo a las garantías que los aspirantes al Gobierno daban, pero que no se apagaron. Negar lo plurinacional o reivindicarlo solo como pieza de museo de interés etnográfico implica desconocer las raíces de la nación. Sea pluri o no.
La plurinacionalidad, y la “celebración” de su constitucionalización, se convirtió muy pronto en un acto privado, en arma arrojadiza, en estrategia para fidelizar votantes alimentando odios, tanto en el bando a favor, como los de en contra.
Rodrigo Paz entiende el país mucho mejor que la mayoría de los que lo rodean, y sabe que es posible sacarlo del eje vertebrador y darle un espacio que no sirva para justificar lo injustificable, sino para ponderarlo, pero también sabe que intentar aplastarlo acabaría con cualquier estabilidad posible.
Es tiempo de darle la vuelta al enfoque; de entender que en la plurinacionalidad cabemos todos, pero en el centralismo no, y que lo que importa ahora ya no es el apellido o el color de piel – entendiendo que son debates superados, o que deberían serlo -, sino quién gestiona qué y cómo. Es tiempo de avanzar en la autonomía real, la de las responsabilidades, la de las soluciones.
La plurinacionalidad no necesita más batallas, solo aceptarse para construir futuro sobre la base identitaria de Bolivia.


