Redefinir Bolivia sin romperla
Redefinir la plurinacionalidad no implica negarla, sino despojarla de su uso excluyente y devolverle su sentido original: un proyecto común que reconozca la diversidad sin fragmentar la nación
El 22 de enero vuelve a poner a Bolivia frente al espejo de su propio relato. El Día del Estado Plurinacional nació como un símbolo fundacional de la Constitución Política en 2009, llamado a disputar sentido al 6 de agosto y a inaugurar una nueva etapa histórica. Quince años después, ese símbolo llega desgastado, atrapado entre la nostalgia de sus impulsores que han acabado devorados por el mito, el rechazo visceral de sus detractores, y una realidad nacional que ya no cabe en consignas.
Este año, sin embargo, la fecha adquiere una dimensión distinta. Rodrigo Paz asume la Presidencia en un contexto de agotamiento económico, fatiga social y crisis de legitimidad institucional. Y lo hace con una oportunidad que ningún otro mandatario reciente tuvo: la de revisar sin complejos el pacto político del Estado Plurinacional, quedándose con lo que ha servido y corrigiendo aquello que, lejos de unir, ha dividido.
El presidente Paz tiene ante sí la responsabilidad —y la posibilidad— de impulsar una hoja de ruta concreta: revisar el régimen autonómico, clarificar competencias, abrir el pacto fiscal y apostar por una política de reconciliación que ponga en el centro a las personas, no a los relatos.
La plurinacionalidad no fracasó por reconocer la diversidad cultural de Bolivia. Fracasó cuando se la utilizó como herramienta de poder, como identidad excluyente y como coartada para el centralismo, el abuso y la captura sectorial del Estado. También fracasó cuando las autonomías —departamentales e indígenas— quedaron reducidas a una promesa constitucional vaciada por la práctica, sin competencias reales ni financiamiento suficiente. Lo que debía ser un nuevo equilibrio terminó siendo una arquitectura inconclusa.
Bolivia no es hoy un país más cohesionado que en 2009. Persistir en un relato que enfrenta “plurinacionales” contra “republicanos”, o que convierte los símbolos en trincheras, solo profundiza una fractura que la crisis económica hace más peligrosa. El desafío ya no es defender dogmas, sino reconstruir consensos básicos.
Redefinir la plurinacionalidad no implica negarla. Implica despojarla de su carga ideológica más excluyente y devolverle su sentido original: el reconocimiento, dentro de una sola nación, de múltiples identidades, trayectorias y pertenencias. Implica también asumir que la soberanía nacional no se fortalece fragmentándola, sino garantizando igualdad de derechos, reglas claras y un Estado que funcione.
El presidente Paz tiene ante sí la responsabilidad —y la posibilidad— de impulsar una hoja de ruta concreta: revisar el régimen autonómico con seriedad, clarificar competencias, abrir de una vez el debate del pacto fiscal y apostar por una política de reconciliación que ponga en el centro a las personas, no a los relatos. Sin ciudadanos de primera y de segunda. Sin símbolos usados como armas.
Tal vez ese sea el verdadero sentido de este 22 de enero: no celebrar lo que no fue, ni destruir lo que pudo ser, sino animarse a redefinir Bolivia para que, por fin, sea un proyecto compartido. Nacional, plural y viable.


