Ideología para vivir
Cuestiones filosóficas sobre la función del ser humano en la tierra; el escudo de lo divino para explicar lo injusto o las capacidades innatas para ser bueno o malo siguen atravesando las ideologías, y ellas, los planteamientos políticos
El debate ideológico y su utilidad en la convivencia es más viejo que la tos y parte esencial de la conformación de las sociedades actuales. El debate ideológico no es simplemente una pelea de insultos en Twitter o una discusión de café sobre quién robó más. En su esencia más pura y académica, es el choque de visiones del mundo sobre cómo deben organizarse el poder, la economía y la sociedad.
En términos más actuales, la ideología es el software que corre detrás de las órdenes concretas. Es lo que permite decodificar el decreto supremo 5503 o la determinación de explotar el gas de la reserva natural de Tariquía.
30 segundos en TikTok para explicar alguito de economía han acabado con décadas de producción intelectual sobre la teoría del mercado, del trabajo, de la igualdad de oportunidades y de lo que al fin y al cabo significa la libertad
Las ideologías no son estancas ni infalibles, eso más bien son dogmas; pero tampoco son caprichos del momento ni como decía Groucho Marx: estos son mis valores y si no le gustan tengo otros. Detrás de las ideologías están los grandes debates filosóficos de la humanidad. El determinismo, la teoría de la evolución, el bien y el mal congénito, el rol de la cultura, la libertad… Cuestiones elementales sobre la función del ser humano en la tierra; el escudo de lo divino para explicar lo injusto o las capacidades innatas para ser bueno o malo siguen atravesando las ideologías, y ellas, los planteamientos políticos.
Hubo un tiempo, reciente, en el que los propios políticos se negaban a sí mismos y aseguraban que “las ideologías no eran importantes”, y lo que era realmente necesario era “solucionar los problemas a la gente”. El asunto tiene enjundia, porque detrás de cada enfoque de solución hay ideología y su función política consiste precisamente en aplicarla en la búsqueda de esas soluciones, porque no es lo mismo cortar una pierna para ahorrar en calzado, que incentivar la industria del calzado multiplicando la competencia para que los precios bajen, o crear la industria pública del calzado cuyo objetivo es garantizar que todos los niños tengan los pies cubiertos.
Normalmente esos discursos van plagados de lugares comunes, como asociar la corrupción a determinada ideología – lo hizo el MAS, lo hizo Áñez, se hace ahora y en todos los países del mundo -, y de cierta superioridad moral o técnica que no suele aguantar la prueba del algodón.
De aquel intento de vaciamiento de la política, convirtiendo a los protagonistas y candidatos en meros tecnócratas que tenían que caer más o menos bien, se ha pasado a una reideologización simplificada: 30 segundos en TikTok para explicar alguito de economía que acaba con un “zurdos de mierda” o un “fachos de mierda” según sea el caso, y que han acabado con décadas de reflexión y producción intelectual sobre la teoría del mercado, del trabajo, de la igualdad de oportunidades y de lo que al fin y al cabo significa la libertad.
Los últimos resultados electorales en todo el mundo, sobre todo de presidentes, han demostrado que la gente vota, sobre todo, por ideologías. De hecho, los partidos dominantes de la última mitad del siglo XX han entrado en crisis en los grandes países – incluyendo a Demócratas y Republicanos en Estados Unido9s o Socialistas y Populares en España – en cuanto han aparecido significaciones a sus costados que representaban mejor lo que pregonaban, pero no cumplían.
Rodrigo Paz planteó una serie de cuestiones en campaña que su gobierno no está aplicando en consecuencia, y ha añadido unas cuantas que tienen que ver puramente con la ideología aunque se conviertan en un batiburrillo difícil de descifrar, desde la forma de obtener dólares y la forma de gastarlos, hasta el restablecimiento y privilegio de determinadas relaciones diplomáticas.
La ideología tiene mucho que ver con la identidad y la dignidad. Quizá ninguna de ellas llena la panza, pero desde luego, no se puede vivir sin ellas.


